China acaba de adoptar una medida novedosa y en cierto modo rompedora con su cultura política y militar: ha hecho pública su estrategia de expansión naval, tras años y años de escamoteos y secretismo (cuya eficacia, ciertamente, ha sido escasa).

Washington llevaba años demandando transparencia a Pekín. Algo que puede parecer extravagante, si tenemos en cuenta la naturaleza del sistema político chino y el asunto en cuestión, de por sí sometido a escasos escrutinios públicos, incluso en los países occidentales que pasan por ser más abiertos.

La estrategia naval ha impactado a los expertos y analistas occidentales, no porque haya sorprendido sino por la determinación con que los dirigentes chinos manifiestan su voluntad de alcanzar el estatus de superpotencia regional e incluso de potencia global.

`REJUVENIZACIÓN NACIONAL’

Este concepto resume el pensamiento estratégico chino. Sin complejos, China manifiesta que desea convertirse en un poder marítimo capaz de garantizar la defensa de sus costas, pero también de asegurar la proyección de su expansión comercial en ultramar frente a las amenazas inevitables.

El lenguaje del “Libro Blanco” (1) en el que se codifica la estrategia militar no es agresivo. Parte de la consideración inicial de un entorno actual “pacífico”, asentado en el “desarrollo y la cooperación” y estima, incluso, que la guerra es “improbable”… a corto plazo.

El documento advierte que China no puede ignorar las “nuevas amenazas” derivadas del “hegemonismo”, “el juego de poder” y el “neointervencionismo”. Estos términos apuntan inequívocamente a las potencias vecinas con las que mantiene contenciosos territoriales: Japón (islas Sensaku/Diakou), Filipinas y Vietnam (archipiélago de las Spratley y Paracelso). Pero la auténtica preocupación de los actuales mandarines es Estados Unidos, por ser el garante de la seguridad de sus rivales regionales, al menos teóricamente.

Esta revisión doctrinal no es completamente rompedora. Parte del viejo concepto maoísta de la “defensa activa”, basada en el principio de que China nunca debe dar el primer golpe, pero sí “los cuatro siguientes”. Lo novedoso es el desplazamiento del esfuerzo militar, de las fuerzas de tierra a las marítimas y, complementariamente, las aéreas. Las amenazas ya no se perciben desde el norte y del oeste, donde se extiende el vasto continente asiático, sino desde el este y del sur, desde el mar, cercano, vía de rapiña de los potenciales enemigos, pero también lejano, la avenida de la nueva prosperidad nacional.

Estos horizontes marítimos de la nueva China, rejuvenecida, próspera y orgullosa constituyen, por tanto, la clave del esfuerzo militar futuro. En la actualidad, sólo el 10% de los efectivos militares pertenecen a la Marina y el 17% a la Aviación El glorioso ejército de tierra sigue concentrando casi las tres cuartas partes. Esto va a cambiar. Ya está cambiando.

Pero la clave, naturalmente, no va a estar en la reasignación de los recursos humanos. La gran transformación del aparato militar chino se está produciendo en el armamento. La Marina está experimentando una modernización notoria desde hace dos décadas, pero de forma muy especial desde 2005. El actual Presidente, Xi Jing Ping, es el dirigente chino más afecto al aparato militar desde Deng Xiao Ping. Sus privilegiadas relaciones con el estamento armado, debido a la figura de su padre, es conocida y resultó clave en su ascenso al poder.

UN ESFUERZO MILITAR IMPRESIONANTE

En los últimos tres años, Pekín ha incrementado las patrulleras que navegan por el Mar del Sur de China en un 25%. El año pasado se inició la construcción de 60 buques de guerra, dotación que se duplicará a lo largo del presente ejercicio. China sólo dispone hasta la fecha de un portaaviones, pero ya se anuncia un incremento para los próximos años. En este esfuerzo se incluyen submarinos, destructores, fragatas, barcos anfibios, misiles de nueva generación -como el YJ-18- del tipo Crucero, ya operativos y desplegados en las zonas marítimas de mayor tensión con Japón y Estados Unidos (2).

El plan de modernización incluye el arsenal nuclear. La prensa oficial china ha anunciado la conclusión de tres submarinos propulsados con energía atómica (tipo 093-G). Recientemente, se ha podido comprobar que China ya ha desarrollado los MIRV, los famosos misiles de cabezas múltiples, una de las armas más temidas durante la guerra fría y objeto de las negociaciones de desarme más complicadas entre las superpotencias (3). Un aspecto notable de este esfuerzo militar es que China ha decidido fabricar, no depender enteramente de los suministradores externos (singularmente Rusia, en los últimos tiempos).

El ‘Libro Blanco’ ha disparado de nuevo las alarmas sobre las motivaciones reales de China. La legión de funcionarios, analistas, expertos y lobistas de la industria de armamento (algunos de ellos pertenecientes a las tres primeras categorías) que alertan a los políticos y a la sociedad mediante su aparición en los medios proclaman la necesidad de no permanecer pasivos ante esta realidad de la emergencia militar china. El antiguo Imperio del Medio está de vuelta, vienen a decir este grupo de considerable influencia en Washington.

En realidad, hay que poner en su contexto este ‘rearme chino’. Para empezar, hay dudas razonables sobre la dimensión exacta del esfuerzo militar (4). Las cifras oficiales indican que en los últimos diez años (2005-2015) el presupuesto militar chino se ha incrementado a razón de un 9,5% de media anual. En el presente ejercicio, el incremento ya llega a los dos dígitos. China es ya el segundo país del mundo con mayor capítulo militar en sus presupuestos en términos relativos, con 145 mil millones de dólares, sólo por detrás de Estados Unidos.

Los alarmistas sostienen, sin embargo, que estas cifras son, en realidad, mayores, ya que mucho gasto militar chino figura camuflado o enmascarado en otras partidas ‘civiles’. Se basan en algunas estimaciones de solvencia, como las del SIPRI (Instituto para la Paz de Estocolmo), según las cuales entre el 35 y 50 por ciento de los gastos de defensa están fuera del capítulo militar. Los dirigentes chinos responden que el presupuesto militar ha corrido parejo al crecimiento general de la economía nacional y se ha mantenido siempre por debajo del 2% del PIB. Pero los escépticos argumentan que el PIB creció un 12,5% de media entre 1997 y 2007, los gastos militares ascendieron casi al 16% (3).

Más allá de esta polémica de cifras, lo que parece claro es que debe contarse no sólo con una China en lo más alto del poder económico mundial, sino también como potencia militar capaz de influir decisivamente en los asuntos mundiales. Esta consideración de agente global responsable es una demanda constante de Occidente desde que se confirmó su emergencia internacional. Cada día resulta más difícil discutir que el siglo XXI será el siglo de China. El desarrollo económico y el crecimiento de su potencia militar no van acompañados, de momento, de una evolución democrática deseable y conveniente para el país y para el resto del planeta. Ése debe ser ahora uno de los mayores empeños de la comunidad internacional.


 

(1) Los medios especializados se han ocupado todos de este ‘Libro Blanco’. Algunas referencias son: “China’s Military Blueprint: Bigger Naval Force, Bigger Global Role”, KEITH JOHNSON, en FOREIGN POLICY; y “China, Updating Military Strategy, Puts Focus on Projecting Naval Power”, de ANDREW JACOBS, en NUEVA YORK TIMES (ambos artículos publicados el 26 de mayo).

(2) Dos artículos recientes, también en FOREIGN POLICY y en THE NEW YORK TIMES, analizaban el impulso de la industria naval china antes de la publicación del Libro Blanco; a saber: “China is not Backing Down at the South China Sea” (18 de mayo) y “Beijing, With a Eye on the South China Sea, Adds Patrol Ships” (10 de abril).

(3) Estos misiles de cabeza múltiple se denominan Dong Feng (‘Viento del Este’). THE NEW YORK TIMES publicó en exclusiva esta información el pasado 16 de mayo.

(4) Un análisis pormenorizado de la evolución del gasto militar chino, enfoques y polémicas que arrastra, en FOREIGN AFFAIRS, “China’s Double-Digits Defense Growth”, por RICHARD A. BITZINGER, el pasado mes de marzo.