El Presidente ha confirmado su planteamiento netamente socialdemócrata para anticipar la salida de la crisis: regulación del sistema financiero para recuperar liquidez crediticia, impulso a la demanda mediante estímulos fiscales junto a una fuerte inversión pública, y consolidación de la protección social. De ahí las medidas que rebajan temporalmente impuestos a autónomos y pymes, y de ahí las nuevas ayudas sociales a los parados.

El discurso del Gobierno ha enfatizado la referencia al cambio de patrón de crecimiento que necesita el país para acelerar la recuperación económica y prevenir futuras crisis. Zapatero ha hablado de un modelo «sostenible» en lo económico (más competitivo), en lo social (más justo) y en lo ambiental (más «verde»). La expresión que resume este objetivo es «menos ladrillo y más ordenadores».

En esta clave deben interpretarse la mayor parte de las importantes reformas anunciadas: la supresión de las deducciones fiscales a las rentas altas para la adquisición de vivienda, con objeto de prevenir nuevas burbujas inmobiliarias y conducir las inversiones a sectores más productivos; un pacto educativo que combate el fracaso, actualiza la FP e introduce la «escuela 2.0»; el impulso a la I+d+i con el nuevo plan Avanza; el apoyo a las industrias más competitivas, como el plan «renove» en el turismo o la nueva ayuda directa para la compra de automóviles; la apuesta por las energías renovables; la nueva ley de economía sostenible, con nuevos fondos de inversión local…

Zapatero se ha negado a responsabilizar al mercado laboral de los problemas de productividad y de la elevada tasa de temporalidad en el empleo. El paro y la precariedad en el trabajo son el efecto y no la causa de las debilidades de nuestro modelo productivo y su dependencia del «ladrillo». En coherencia, ha rechazado la reforma flexibilizadora y de abaratamiento del despido reclamada desde la derecha.

Rajoy tiene un modelo distinto. No ha querido exponerlo claramente. De hecho, ha malgastado este magnífico escaparate ante la opinión pública recreándose en los datos negativos de la economía española, dando por bueno el reproche del Presidente («Ustedes jalean la crisis para desgastar al Gobierno»). Pero de su discurso, de lo explícito y de lo ímplícito, se deduce un planteamiento radicalmente diferente.

Hubiera resultado interesante y esclarecedor un debate más claro al respecto, pero al líder del PP le ha sobrado cálculo electoral y le ha faltado coraje. Es evidente que no defiende la inversión pública para tirar de la demanda, porque reclama grandes rebajas fiscales y condena el crecimiento de la deuda. Está claro que prefiere mantener la preeminencia de la construcción residencial porque se opone a las reformas del Gobierno. Desecha la protección de los sectores sociales más débiles porque tacha de «despilfarro» el gasto social del ejecutivo. Y podemos entender que comparte las exigencias de la patronal para abaratar el despido, porque repite sin más concreción la letanía de «la reforma laboral pendiente».

No le faltan razones a Rajoy para esconder su programa tras la crítica acerba y el discurso pesimista. El modelo que fundamenta ese programa, y que Aznar dicta en sus libros, es precisamente el modelo que nos ha llevado a la crisis, el modelo que ya no defiende ni Bush, ni Sarkozy, ni Merkel, ni Berlusconi…

Debate ilustrativo, pero podría haberlo sido más…