Se trata de una metáfora brutal sobre el tiempo que vivimos en este final de 2010. Que puede tener al menos dos lecturas.

La primera es clásica: el dinero manda. Ya lo escribió Quevedo hace cuatro siglos: “Madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado, poderoso caballero es don dinero”. El dinero pone y quita canales. El dinero establece cuánta y qué información recibimos. El dinero escribe la agenda sobre lo que se informa y sobre lo que se opina. El dinero determina qué debates se escuchan y qué debates se callan. Jamás el ser humano dispuso al mismo tiempo de tanta información y de tanta desinformación. Es la paradoja de nuestro tiempo: a mayor información, menos conocimiento.

La segunda lectura tampoco es muy alentadora: el dinero acude donde lo lleva la gente. La publicidad no financiaba la información porque muy pocos la consumían. Y la publicidad financiará el cotilleo porque muchos lo consumirán. El mercado televisivo puede resultarnos deleznable en su rentabilidad social, pero nadie duda de la rentabilidad económica que presta a sus accionistas. Es decir, si los dueños del canal suprimen CNN+ para emitir Gran Hermano 24h es porque los telespectadores prefieren este último producto. Lo cual dice mucho sobre los valores cívicos predominantes.

Ahora bien, en estos días de buenos propósitos para el tiempo nuevo quizás podamos interpretar este hecho como una gran provocación. Propongámonos para el año 2011 estos dos objetivos sencillos. Que el dinero mande menos. Y que los valores cívicos predominantes estén más cerca de la búsqueda del saber que de la mera contemplación hedonista de la holgazanería.

Puede que este sea un buen camino para orillar la vergüenza que muchos padres como yo pasamos en estos días, intentando explicar a nuestros hijos adolescentes por qué la sociedad española desprecia el conocimiento y abraza el cotilleo ruin.