Durante este periodo, Iraq se ha convertido en un país arrasado, donde la vida vale muy poco, los derechos humanos no se respetan, predomina un clima de impunidad, la economía es un desastre y las cifras de muertos, mutilados y refugiados no paran de crecer. Amnistía Internacional ha elaborado un nuevo informe para valorar las consecuencias de estos cinco años guerra y ocupación en Iraq en el que se asegura que desde el inicio de 2006 la violencia se ha intensificado y se ha vuelto más sectaria, con continuos enfrentamientos entre grupos armados de sunníes y chiíes, “que atacan a seguidores de otros credos y obligan a abandonar su casa a comunidades entras de barrios de población mixta”. En el informe, titulado “Iraq: cinco años de matanza y desesperación”, se proporciona la estimación de que más de cuatro millones de personas se han visto obligadas a desplazarse, y que dos millones de ellas están ahora en Siria y Jordania en calidad de población refugiada.

La pérdida de vidas humanas en Iraq es escalofriante. Según Amnistía, un estudio realizado en enero de 2008 por la Organización Mundial de la Salud y el Ministerio de Salud iraquí, contabilizaba 151.000 personas fallecidas de forma violenta entre marzo de 2003 y junio de 2006, aunque otros informes, como el realizado por la revista médica británica The Lancet en colaboración con la Escuela de Salud Pública de la Universidad Jonh Hopkins y médicos iraquíes de la Universidad Mustansiriya de Bagdad daban la cifra de 655.000 durante ese mismo período. Otros estudios de organizaciones iraquíes independientes hablan de que se ha superado el millón de muertos. Del lado de los ocupantes, en Estados Unidos se baraja la cifra de 4.000 soldados muertos en Iraq y miles de heridos y mutilados de guerra. Las condiciones de vida de la población iraquí se han vuelto particularmente complicadas como consecuencia de la ocupación. El 70% de los ciudadanos no tiene acceso al agua potable segura y el 43 % sobrevive con el equivalente de menos de un dólar al día. El índice de desnutrición infantil ha pasado del 19% (al que se llegó durante el periodo 1991-2003 en el que Iraq sufría las sanciones internacionales que se impusieron al régimen de Sadam Husein) al 28%, según datos ofrecidos por Intermon Oxfam en julio de 2007. Igualmente, la vida de las mujeres iraquíes han empeorado notablemente, como consecuencia del auge de los grupos religiosos fundamentalistas. Muchas de ellas han sufrido secuestros, violaciones o han sido asesinadas, además de ser obligadas a vestir indumentaria islámica. La Organización Mundial de la Salud estima que entre 2006 y 2007 el 21,2% de las mujeres iraquíes había sido objeto de alguna forma de violencia física.

Este rosario de desgracias interminables parece no tener fin, porque a todo esto hay que añadir las denuncias continuas de violaciones de los derechos humanos, la crueldad y la impunidad como práctica habitual de todo aquél que puede ejercerla, ya sean miembros de las fuerzas militares ocupantes -con los programas de detención secreta de la CIA, por los que se encarcela ilegalmente a personas, se las tortura con impunidad en prisiones como Abu Ghraib o se las traslada a cárceles secretas situadas en Afganistán o donde sea (sólo hay que recordar los tristes informes del Parlamento Europeo sobre los vuelos secretos de la CIA) y todas las atrocidades que se han cometido en nombre de la lucha contra el terrorismo global, que fue una de las excusas para iniciar esta guerra- o de los grupos de fanáticos armados, las milicias fundamentalistas o las mafias organizadas que proliferan en este país en el que la mano del Estado únicamente se hace notar en el llamada “ciudad esmeralda” –el cordón verde superprotegido del centro administrativo de Bagdad, donde están ubicadas las embajadas y las sedes ministeriales y de empresas, etc-.

Esta realidad descrita contrasta con las opiniones de algunas de las personas que impulsaron la guerra. George Bush, presidente de Estados Unidos y José María Aznar, ex presidente de España, continúan apoyando la “necesidad” de esta guerra, en un acto incomprensible de empecinamiento en el error. Aznar ha llegado a firmar que “volvería a actuar de igual modo” y que se “tomó la decisión correcta”. También ha dicho que “La gente puede participar en elecciones, hablar libremente. Hay libertad en el país y existe la posibilidad de establecer una democracia”. Es asombroso que se puedan decir estas cosas, cuando la tozuda realidad de sangre, enfrentamientos y muerte que cada día sacude Iraq desmienten estas afirmaciones. No hace falta recordar que ni siquiera el principal “motivo” que alegaron estos dirigentes políticos para ir a la guerra -la existencia de armas de destrucción masiva- se han podido confirmar. Pero además, las cosas se han hecho tan mal a que a día de hoy -27 de marzo- en Iraq se matan todos contra todos. Cuando escribo estas líneas van ya más de cien muertos y centenares de heridos en los enfrentamientos entre militares iraquíes, apoyados por fuerzas estadounidenses, contra las milicias chíies de Múqtada Al Sáder que se han hecho fuertes en la ciudad de Basora, centro petrolero por excelencia donde se produce más del 70% del crudo de Iraq. El Gobierno iraquí está presidido por un chií -Al Maliki- y este pulso se lo está echando otro chií -Al Sáder-, cuya milicia ha reclutado a más de 60.000 combatientes. Esto significa que los enfrentamientos armados en Iraq tienen muchas facciones, que ya no sólo confrontan unos grupos religiosos o étnicos contra otros, sino que dentro de un mismo grupo hay enfrentamientos, como sucede ahora entre los propios chiíes. Por si eran pocas las desgracias, la guerra civil está servida. ¿Cómo salir de atolladero iraquí?