Puede parecer pretenciosa y contundente, pero una pincelada de trazos fuertes sobre Chejov es la siguiente: estamos ante uno de los grandes maestros del relato corto, un maestro por el que sintieron admiración Tolstoi y Gorki, y que dejó su impronta en autores como Tennessee Willians, Katherine Mansfield, Raymond Carver o Arthur Miller. No resulta arriesgado decir que la forma y el estilo con que dibuja sus personajes, siempre rebosantes de humanidad, de pasión, de dolor y de frustración, y –mágicamente- de esperanza, sus giros reveladores y marcados por la sorpresa, y ese ambiente a veces indescriptible que palpita en cada una de sus historias hacen de este fotógrafo de lo cotidiano algo único.

“Cinco novelas cortas” es una de las últimas obras de este artesano de la palabra que llegó a decir que “la medicina era su esposa legal, y la literatura sólo su amante”. Escrita al final de su vida, en ella confluyen todas las preguntas que un escritor de su calado se plantea cuando alcanza, como los buenos vinos, la madurez de su propio devenir temporal, de su historia. Unos interrogantes que, de alguna forma, ya habían emergido en obras como “La Gaviota”, en la que puede detectarse una fuerte relación con el “Hamlet” de Shakespeare, “El jardín de los cerezos”, en la que muestra que la existencia es un discurrir por situaciones que sólo aparentemente son vulgares, o “El Tío Vania”, donde nos presenta una interesante introspección sobre las miserias humanas.

“Cinco novelas cortas” son cinco historias de frustración, mejor aún, de naufragios. Todas poseen un mismo denominador común, un denominador que, en buena medida, está presente en todo aquel al que se puede aplicar el calificativo de humano: el protagonista en algún momento de su existencia cometió un gran error, y es consciente de que debe hacer algo para recuperar el camino y el tiempo perdido.

Un viejo y sabio profesor universitario, y su hija adoptiva; una pareja adúltera que se ha dejado arrastrar por la pasión; un médico que ha dado lo mejor de sí y que se siente defraudado con su profesión, y su amigo loco que no está tan loco; un activista político emborrachado de lejanas utopías que se enamora de la mujer del que debe ser su próxima víctima; un matrimonio de conveniencia que ha hecho de las apariencias su auténtica razón de ser…Estos son los escenarios, las situaciones y los personajes de los que los protagonistas tienen que liberarse.

Cada uno de estos robinsones encuentra a su Viernes, ese alguien que puede constituir su tabla de salvación, que tiene la posibilidad de tenderle la mano en el momento fatídico. Y así, con los tintes de lo inesperado, de lo conmovedor, de lo emocionante, cada protagonista va desnudando una manera de reconstruir su vida, de reinventarse, de redescubrir a su triste compañero de viaje, de reconciliarse consigo mismo.

Una advertencia para todos aquellos que se acerquen a estas historias de redención: no van a encontrar un final feliz de cartón piedra, ese final que todos esperamos en la clásica comedia lúdico-festiva que estrenan por Navidad. En ocasiones nuestros náufragos no terminan de dar el último paso, no cruzan ese corto pero difícil Rubicón que separa el deseo del inicio de una nueva lucha, o la historia sigue abierta a los avatares del propio devenir, o la posible felicidad encontrada es ambigua, hasta el punto de que se confunde con el estoicismo, la resignación o el conformismo.

Sin embargo, hay un telón de fondo en todo lo que acontece. Se respira una esperanza que, lejos del moralismo y de la intencionalidad pedagógica que impregna a los autores de su época, hace de esos finales grises –pero no por ello menos auténticos- el punto de partida sólido para conseguir salvar esas historias.