El debate sobre la clonación humana con fines reproductivos pudiera pensarse inicialmente que está instalado estrictamente en el campo de la ciencia, de la ética y la moral Sin embargo, se encuentra estrechamente vinculado al modelo de sociedad que construyamos para las próximas décadas, planteándose cuestiones que exigen un diálogo de alcance global, además de trabajar en la divulgación y la sensibilización social en esta materia. En ese sentido, el 9 de junio de 2009 el Comité Internacional de Bioética (CIB) de la UNESCO hizo público el “Informe sobre clonación humana y gobernanza internacional”, en donde se desarrolla una sinopsis histórica y conceptual sobre el concepto de vulnerabilidad e integridad humana y se apuesta por trabajar en favor de una gobernanza internacional de la clonación humana (Report of IBC on Human Cloning and International Governance).

La ingeniería genética, en general, y la clonación, en particular, generan inquietudes por el hecho de que las sociedades actuales sean sociedades de la incertidumbre, que perciben el riesgo y, consecuentemente, apuestan por la evaluación de estas tecnologías, dentro del marco del principio bioético de prudencia. Esta situación exige reflexión y acciones complejas en el ámbito de las políticas, puesto que rompen con sus patrones tradicionales de toma de decisiones, debido a la rapidez con la que se suceden los avances y desarrollos.

La clonación en humanos produce serias cautelas, por las reservas éticas y morales asociadas a la posible generación “en serie” de personas supuestamente idénticas, pues aunque el niño nacido tras un procedimiento de este tipo sería aparentemente igual al individuo del cual posee su carga genética, en la práctica se trataría de otra persona. Es una técnica reclamada por algunos especialistas en reproducción humana, que consideran resolvería la situación de mujeres y hombres, que habiendo acudido a otras opciones no logran tener descendencia. Pero, la clonación, podría ser utilizada con otros fines. Por ejemplo, en el supuesto de que un individuo deseara clonarse a sí mismo; “resucitar” a seres queridos fallecidos; reproducir genotipos de personas relevantes (políticos, líderes de masas, intelectuales, científicos, atletas, artistas,…); disponer de bancos de recambio de órganos o como “terapia preventiva prenatal” para evitar el nacimiento de niños con enfermedades de base genética.

A la hora de valorar su tales hipótesis es necesario considerar ocho cuestiones fundamentales. En primer lugar, partir del a priori de que el ser humano no puede en ningún caso considerarse un medio en sí mismo. En segundo lugar, entender que tenemos derecho a no ser programados tras una intervención genética y ser el resultado del azar biológico. En tercer lugar, apreciar que cada individuo es único. En cuarto lugar, tener en cuenta que las familias de los individuos clónicos quedarían afectadas desde una perspectiva sociológica, al desdibujarse las líneas paternas y maternas. En quinto lugar, contemplar que se originarían problemas psicológicos y emocionales en los así nacidos. En sexto lugar valorar que, ante la falta de experiencia suficiente en el ámbito animal, no es recomendable la clonación en la especie humana. En séptimo lugar, calibrar los problemas derivados de la inseguridad en la aplicabilidad de las técnicas, así como las dudas sobre su edad real (que no cronológica) y sobre sus procesos de envejecimiento (Dolly tuvo que ser sacrificada con tan solo seis años de edad, por sufrir una grave infección pulmonar). Finalmente, hay que considerar los usos sociales que pudieran hacerse de estas personas en contextos sociales y políticos deshumanizados.

La clonación de seres humanos es un tema muy delicado, pues aunque potencialmente es capaz de remediar problemas de salud reproductiva y de «salud genética» origina muchas dudas, abriendo abre la posibilidad de una «producción» y mercantilización de la vida humana.

En contra de estas argumentaciones hay quienes plantean que existe el derecho a clonarse, y que, como tal, debería entenderse como parte del derecho a la libertad de reproducción. Para los más entusiastas, la clonación sería positiva para la humanidad, al permitirnos controlar nuestra evolución y alcanzar la supuesta «perfección humana». En este sentido, la Academia Internacional de Humanistas, en el año 1997, hizo una declaración oficial, publicada en la revista Free Inquiry. En ella se sostenía que los temas morales planteados por la clonación no eran ni más profundos, ni de mayor envergadura que muchos a los que ya se nos habíamos enfrentado con la energía nuclear, el ADN recombinante y la encriptación de datos en los ordenadores. Se trata de cuestiones nuevas que, como tales, debían ser valoradas. Los beneficios – según planteaban – podían ser tan inmensos que sería una «tragedia» no iniciar esta línea de trabajo. Por su parte, Lee Silver, Catedrático de biología molecular de la Universidad de Princeton y autor del conocido libro “Vuelta al edén”, tiene posiciones más matizadas. Plantea que la clonación es un procedimiento más seguro que la reproducción sexual y, en consecuencia, estamos ante una cuestión de salud genética, puesto que podrían eliminarse buena parte de las alteraciones cromosómicas que dan lugar a enfermedades genéticas de alta incidencia.

En cualquier caso, la clonación ha abierto un horizonte complejo de posibilidades terapéuticas (una de las claves está en determinar qué se entiende por terapéutico y dónde poner los límites). Pero muchos son los interrogantes suscitados, por lo que existe un consenso internacional en prorrogar su moratoria. La mayoría de los organismos internacionales han mostrado su disconformidad con la clonación reproductiva y las legislaciones nacionales, incluida la española, son firmes en su prohibición.

Por el momento, la clonación se sitúa más en el plano probabilístico que en el de la realidad más inmediata, pero ¿de qué dependerá que se materialice o no?. En buena medida, de nuestra responsabilidad como sujetos políticos. Si aspiramos a que las sociedades del futuro se construyan bajo criterios de respeto, justicia y transparencia, la perspectiva de “Un mundo feliz” de Huxley, y de una humanidad clonada biológicamente pierden fuerza. Si se nos impone un modelo de sociedad orweliana, que anule a sus ciudadanos y los mantenga bajo un estricto control social y biológico, la contrautopía del “mundo feliz” puede estar a la vuelta de la esquina. Esperemos que no sea así…