Uno de los hechos que llama la atención es el desprecio con que han acogido la presencia de Mario Monti en la reunión. En lugar de agradecerle los servicios prestados a la causa de la austeridad se han permitido decir que “Mario es el pasado” y que cometió un error al presentarse a las elecciones. El CDU alemán lo remachó afirmando que “ha sido un buen jefe de gobierno pero un mal candidato”. Sin duda los insultos tienen que ver con haber enseñado tan gráficamente las vergüenzas de los populares europeos. De ahí que tenga su lógica el desdén de sus correligionarios, pues hay que estar en la inopia para no entender que a cualquier ciudadano con un mínimo de sentido común y talante democrático debe resultarle vomitivo votar a alguien parachutado dictatorialmente para recortarle derechos, prestaciones sociales e ingresos. Ese humillante diez por ciento de votos obtenidos por Monti evidencia la magnitud de la opinión contraria a lo que vienen aplicando, tanto o más que las derechas europeas, los bancos alemanes.

Es patente que la democracia no funciona en Europa si por ella entendemos que es el gobierno del pueblo para el pueblo. Y como esa reaccionaria derecha que controla el noventa por ciento de los gobiernos de la UE no parece dispuesta a enfrentar, mancomunadamente, las causas del desapego ciudadano no sólo a la deriva de Europa sino a los partidos y a la propia política, han pensado que para no “desestabilizar” –a ellos, claro- correspondería que en Italia se formara una gran coalición con los socialistas.

Lo de las coaliciones con los socialistas no es ninguna novedad. Es, por ejemplo, lo que después de dejarla moribunda económica y socialmente se le ha aplicado a Grecia. También en esto se nota la influencia alemana, donde la práctica de las grandes coaliciones tiene más tradición y siempre se han saldado con el desteñido de los colores de la izquierda. Quizá Ángela Merkel la haya recomendado pensando también en otros países como, por ejemplo, España. Me explico.

Aquí hace ya tiempo que se viene escuchando alguna voz demandando un Gobierno de coalición entre el PP y el PSOE. Los argumentos han sido variopintos, primando los relacionados con los grandes retos que comportaban las crisis económicas y el desempleo, pero, sobre todo, para sacudirse las dependencias y servidumbres respecto de los partidos nacionalistas. El que se reclame ese modelo para Italia tiene sus propias variantes, pero es trasladable a nuestro país. En concreto, pensando que ante un posible advenimiento de formaciones políticas más o menos equivalentes al Syriza griego o a la de las huestes italianas de Beppe Grillo los partidos “clásicos” puedan seguir monopolizando el poder en España sumando sus fuerzas, cada vez más mermadas. Efectivamente, aunque no es prudente aventurar qué va a pasar electoralmente en el próximo futuro, todo apunta a que tanto el PP como el PSOE van a retroceder de forma notable y que lo del bipartidismo corregido que viene funcionando desde el inicio de la Transición puede pasar a mejor vida.

El que se pueda abrir más el espectro político y el que la dispersión del voto coloque en el terreno de las grandes incertidumbres la configuración de los próximos gobiernos es algo que debe estar produciendo vértigos. ¿Se entiende así mejor por qué al Partido Popular Europeo, con Rajoy asintiendo, le viene bien que cunda el ejemplo de esas grandes coaliciones? No sólo les permitiría seguir gobernando pese a las fechorías que vienen cometiendo. Es que, además, seguirían desdibujando el ya desvaído perfil de la izquierda socialdemócrata.

No hace falta añadir que un Gobierno de coalición entre el PP y el PSOE sería una desgracia, por no decir un desastre. Porque en la estrategia de la izquierda debería situarse en un primer plano cómo, ejerciendo las libertades que protege la Constitución, se echa del poder a la derecha. Es una cuestión de supervivencia para los derechos y conquistas sociales y un imprescindible ejercicio de higiene democrática.