Los críticos con la burbuja inmobiliaria éramos tildados de agoreros y aguafiestas. Los precios de los patatales se multiplicaban como por arte de magia de un mes a otro. Los pisos se vendían antes de escriturarse, antes de construirse y casi antes de planificarse, con grandes plusvalías. Los bancos daban créditos a granel, los ayuntamientos cobraban licencias millonarias, el Estado cobraba impuestos, el PIB crecía, había trabajo… ¿Por qué no pensar en que la fiesta iba a durar siempre?

Pero las fiestas de la irracionalidad y el derroche no duran siempre. La burbuja estalló en plena crisis financiera global, y los españoles sufrimos un castigo terrible en términos de deterioro económico, de paro y de retroceso social a cuenta de aquellas alegrías. Un millón de viviendas sin vender, millones de hectáreas calificadas sin desarrollar, 180.000 millones de euros en activos financieros “contaminados”, millones de jóvenes sin estudios y sin trabajo, índices de paro en niveles de récord, ayuntamientos quebrados, servicios públicos sin financiación, quebranto ambiental…

Ahora bien, no todos los personajes de esta historia han acabado mal. Ni muchísimo menos. Unos cuantos han acumulado fortunas extraordinarias a cuenta de la burbuja ladrillera. Supieron jugar las bazas de la codicia, la falta de escrúpulos y la “ayuda” imprescindible de los amigos en el poder, casi nunca desinteresada. El PP se ha encargado de que puedan disfrutar de sus millones en dinero negro al módico precio del 10%, gracias a ese monumento a la inmoralidad que han llamado amnistía fiscal.

Con la nacionalización de Bankia cierran el círculo del ladrillazo. Porque Bankia es el resultado de la fusión de algunas de las entidades financieras con mayor complicidad en las estrategias de la especulación inmobiliaria, desde Caja Madrid a Bancaja, siempre bajo control político de la derecha. Y Bankia está preñada de todas las barbaridades que se cometieron en el urbanismo madrileño y levantino, sobre todo. A esas barbaridades las llaman eufemísticamente “activos tóxicos”. La quiebra evidente se disfraza de “exposición inadecuada”. Y sus responsables se van de rositas con pensiones millonarias a cargo de los impuestos que pagan sus víctimas.

El PP alentó este círculo vicioso con las leyes del urbanismo liberalizador en 1998. El PP promovió la burbuja desde las instituciones donde gobernaba, en Madrid y en la Comunidad Valenciana, especialmente. Los amigos del PP se hicieron millonarios mientras firmaban la condena inexorable de la sociedad española a la depresión y el paro. El PP lavó su dinero sucio mediante la amnistía fiscal. Y ahora el PP cubre el agujero negro de Bankia con los recursos de todos los españoles.

Y todo esto sin querer acordarnos de que aquellos beneficios sirvieron incluso para comprar un Gobierno en la Comunidad de Madrid…