Como siempre, pero de forma creciente, sigue invadiéndonos el miedo al terrorismo internacional. Tenemos sobrados motivos para sentir pánico desde el 11 de septiembre (Torres Gemelas) o el 11 de marzo (metro de Madrid). Pero si ha habido una cara con la que hemos empezado el año: ha sido la cara del miedo.

Atentados frustrados en aviones, trucos para supervisar la seguridad internacional, espías y contraespías que ponen en cuestión la defensa de la gran potencia EEUU, y, siguen las guerras de Irak y Afganistán, siguen las masacres y atentados, siguen las muertes por terror, odio y fanatismo.

Cierto es que los gobiernos tienen la obligación de poner todas las medidas y medios para proteger a sus ciudadanos de posibles atentados, y que los ciudadanos hemos de colaborar con paciencia y humor, pero la locura en la que estamos inmersos no nos protegerá lamentablemente del fanatismo de quienes están dispuestos a matar muriendo. Estas situaciones sólo favorecen los fanatismos extremos que, en nombre de Dios o de Alá, están dispuestos a llevarnos a la muerte.

Que la guerra de Irak fue un error de consecuencias imperdonables ya lo hemos descubierto todos, el mayor problema es que siguen muriendo todos los días personas inocentes y no sabemos aún cómo parar la sangría. Tenemos pendiente resolver el conflicto de Afganistán que no es una cuestión de mandar efectivos militares sin parar.

El mayor terrorismo internacional no son las bombas o los atentados, es la incomprensión, el fanatismo y el odio que va germinando como una mala semilla. En los países europeos tenemos cada vez más entre nuestra población inmigrantes a hombres y mujeres musulmanes. El desencuentro y el choque de culturas es cada vez más profundo. Si no existiera la amenaza violenta, el miedo al diferente, y las venganzas de “ojo por ojo, diente por diente”, podríamos establecer un diálogo entre las partes razonables sobre la razón de cada cultura, pero, cada día es más imposible.

Los musulmanes se sienten agredidos e incomprendidos, injustamente tratados, manipulados por sus fanáticos gobiernos, haciendo héroes a los que mueren en nombre de Alá, retrocediendo sus países en derechos y libertades, siendo cada vez más míseros y pobres, sufriendo la explotación de su religión y la explotación de nuestras guerras. Convirtiéndose en víctimas a las que es muy fácil alimentar su sed de venganza.

Los europeos nos vemos invadidos, agredidos en nuestra paz y bienestar, incapaces de entender por qué nos odian, sin comprender por qué hacemos guerras pero justificándolas en nombre de la democracia internacional, guardando nuestros derechos como esencias, y cayendo en una locura colectiva e irracional. Somos víctimas del fanatismo de los que cada vez tienen menos motivos por los que vivir.

No existe una burbuja de cristal tan grande que nos proteja de que cualquier loco con explosivos en el cuerpo esté dispuesto a escribir su nombre en el cielo.