Después de los primeros años del postfranquismo el desplome del centro y la recuperación de una derecha pura y dura devolvió a nuestro país algo que desgraciadamente habíamos sufrido durante casi dos siglos: la existencia de las dos Españas. La del conservadurismo más radical y retrograda, con brotes extremos como fue el Franquismo y la de una con gran ansia de progreso con las eternas y dañosas impaciencias y divisiones acentuadas por la debilidad de un sentimiento nacional que atenúe las divergencias de todo tipo, ideológico o territorial.

Esa petrificación de la opinión pública que la Transición parecía haber hundido en la más profunda sepultura y que renace con insistencia, ese quiebro del espíritu de consenso cívico que tanto inquietaba a nuestro querido Gregorio Peces Barba, debe tener explicación y fundamento. Podría adelantar uno la influencia de la Iglesia que acentúa la confrontación. Estoy hablando de la Iglesia como “aparato” y Poder, y no de los católicos y menos aún de su Fe.

Nuestra Constitución reconoce la posición particular de la Iglesia Católica y son muchos los que sinceramente estiman que ha contribuido a construir nuestra Nación y nuestros valores. En un libro reciente e interesantísimo sobre el Imperio greco-romano, Paul Veyne lo desmiente escribiendo lo siguiente: «Resulta vano pretender que el cristianismo es la base de nuestra civilización y el fundamento de nuestra moral…Tales afirmaciones tienen históricamente poco sentido: una doctrina no atraviesa los siglos sin cambiar, las supuestas fundaciones se transforman, una religión se metamorfosea al correr de los milenios guardando el mismo nombre y los mismos libros santos, lo que hace creer que su identidad se mantiene. Y lejos de haber modelado el porvenir se modela sin saberlo sobre las diferentes épocas que atraviesa; los católicos liberales de tiempos de Lammenais han encontrado, con plena buena fe, sus modernas convicciones en la religión que les era grata. Lejos de fundarnos el cristianismo tal y como lo entendemos y lo queremos es hijo del siglo XIX”. Si esto es exacto, y lo parece, entonces podemos explicarnos el anacronismo de nuestra Iglesia, salvo si justificamos los integrismos.

Nuestra Iglesia se define, a diferencia de otras, la francesa muy particularmente, como impregnada de una voluntad de mandar en la sociedad más que de predicar en ella. No en balde existió durante casi cuarenta años el Nacional catolicismo del cual nunca se arrepintió la Iglesia actual. Paul Veyne, escribe también que los Bárbaros que sucedieron al Imperio romano de Occidente “adoptaron también el principio cristiano de devolver a Cesar lo que es de Cesar y de no confundir Iglesia y Estado. Es la gran diferencia con lo que ocurrió al Sur del Mediterráneo, donde los Árabes que sometieron las provincias meridionales del Imperio han borrado las instituciones romanas y la lengua latina e identificaron ley humana y ley divina”. Estas palabras, que abren la puerta a muchas reflexiones sobre la historia europea de poderes separados, Iglesia y Estado, con sus conflictos, y sobre la tradición islamista de Estados confesionales, pueden explicar nuestra peculiaridad eclesiástica. Más aún si recordamos el Arrianismo de los reyes visigodos. Nuestra Iglesia construida históricamente en una lucha de reconquista de siete siglos contra el Arrianismo y luego el Islam, lucha a la vez religiosa y civil, guardó la característica del espíritu religioso totalitario del Sur del Mediterráneo y no del resto de Europa. Ha impregnado nuestra sociedad de un particularísimo religioso y político, muchas veces confundidos, que nos diferencia de otros países europeos. La rigidez, la solidez del bloque de las Derechas españolas encontró en ella un cimiento continuo a lo largo de la Historia, como hoy. Nuestra Iglesia no ha conocido las transformaciones del siglo XIX aludidas por Paul Veyne. Nunca conoció un Lammenais. Luchar contra esa usurpación de poder no es luchar contra la fe católica, muchos progresistas lo han entendido así y lo siguen afirmando desde su doble convicción cristiana y socialista. Es solo progresar hacia un necesario laicismo, no solo para garantizar la libertad de conciencia, sino también para profundizar en una fe sincera. Lejos de especulaciones históricas, hoy, la realidad de la influencia de la Iglesia en el Gobierno del PP, sea en Educación, Justicia, e incluso en Economía impone confrontarse a ella. No es anticlericalismo, es sencillamente lucha por el progreso. Los aspectos de la política que derivan, unos de una concepción progresista y otros de una voluntad tradicionalista religiosa, cuando son sometidos a la apreciación de la sociedad dan una clara ventaja a los primeros. Es lícito, nada ideológico y partidario, llevar la batalla a este terreno. Pero sin inocencia. De nada sirve vencer en la opinión pública como se consiguió durante treinta años para dejar en manos de la Iglesia un poder económico y político que le permite llevar adelante su Contra-reforma cuando el momento le es propicio. En ello tiene experiencia secular.