Clegg ha logrado instaurar un perfil obamiano. No debía sorprender teniendo en cuenta el entorno político en que se celebrarán estas elecciones: desgaste del partido gobernante, fragilidad de la opción y del liderazgo conservador y fuerte descrédito del sistema político por la corrupción. Nunca ser outsider ha sido tan rentable en la política británica (incluso en la europea). Ni el voto útil (prestar apoyo a los tories, para acabar con el gobierno que no supo atajar a tiempo la crisis), ni el voto del miedo (seguir apoyando a los laboristas ante el temor de que los conservadores implanten políticas neoliberales fracasadas y de gran coste social). Y apelación directa a los jóvenes para que no huyan de la política. Otra resonancia de Obama.

En el transcurso del debate, ésta ha sido la estrategia recurrente de Clegg: hacer creíble una alternativa profunda de cambio. Cuando Brown y Cameron se enzarzaban en algunas disputas sobre los servicios públicos o sobre la política a seguir en Europa, Clegg orientaba sus intervenciones a enfatizar la inutilidad de una disputa agotada. Con notable habilidad, el candidato liberal-demócrata consiguió disimular el aspecto quizás más frágil de su candidatura: la falta de definición en muchas de sus propuestas.

FORMALISMO EN POLÍTICA EXTERIOR

En política exterior, que se presentaba como asunto estelar de esta segunda cita televisiva, el debate ha sido decepcionante. Cameron articuló un discurso crítico con Bruselas, sin parecer demasiado atado a los principios tradicionales del euroescepticismo tory. Brown ha advertido contra el peligro de volver a luchar contra Europa en solitario, en referencia clara a la época thatcherista. Clegg, consciente de que el asunto no levanta pasiones y renta pocos votos, optó por el pragmatismo: había que estar en Europa porque le conviene a la economía británica (argumento muy similar al empleado por Brown). Clegg concedió que había que agilizar el funcionamiento de la Unión (acercamiento a sensibilidades tories), pero para eso había que permanecer dentro y ser activos (alejamiento de Cameron).

Pocas discrepancias en Afganistán y en la lucha internacional contra el terrorismo. En este asunto, Clegg decidió poner el énfasis en mejorar el equipamiento y los recursos destinados a las tropas británicas y en construir una estrategia que no tenga un componente exclusivamente militar. En un guiño a los que ya están cansados de aventuras bélicas, el candidato liberal-demócrata se hizo eco del pesar por la presión que supone combatir al mismo tiempo en Irak y en Afganistán. Brown ofreció una posición más elaborada que sus oponentes, a los que se notó poco motivados por este asunto: será difícil que cualquier gobierno adopte una posición alejada de las directrices de Washington. Clegg, al que habíamos escuchado alguna manifestación de autonomía al comienzo de la campaña, prefirió decir que «la relación con Estados Unidos no puede ser unidireccional».

En la cuestión del armamento nuclear, Brown puso en aprietos a Clegg al reprocharle falta de realismo por insinuar un desarme unilateral. El candidato liberal, como en otros asuntos donde teme resultar poco experimentado, se evadió del reproche señalando que lo que propone no es romanticismo sino pragmatismo: dotarse de sistemas más modernos y eficaces. Y citó de pasada a Obama para cimentar la utopía de un mundo sin armas nucleares. Cameron, más apegado a la doctrina tradicional, se limitó a defender la disuasión nuclear.

Mucha retórica en el debate sobre el cambio climático, sin apenas controversias, salvo los reproches de Cameron a la ineficacia europea o de Clegg a la posición subsidiaria y poco enérgica del laborismo en la cumbre de Copenhague. Brown ha defendido el papel británico y europeo al acercar las posiciones de Washington a Pekín y al resto de potencias emergentes.

MAS CONFRONTACIÓN EN ASUNTOS INTERNOS

El debate cobró viveza cuando se abandonaron los asuntos internacionales y se entró en las propuestas sobre la gestión de las pensiones, los servicios públicos, la fiscalidad o la inmigración. Brown adoptó una posición casi profesoral, alertando sobre el peligro de interrumpir medidas, estímulos y políticas que estaban sacando al país de la recesión. Cameron dibujó su ideas de gran sociedad frente a la supuesta opción laborista de gran gobierno. Adoptó tu tono más ofensivo cuando acusó al primer ministro de mentir sobre las intenciones conservadores, sobre todo en materia de recortes sociales. «Debería darte vergüenza decir algunas cosas», le espetó Cameron a Brown, a quien acusó abiertamente de aventar el miedo como táctica electoralista. El líder laborista no entró a ese trapo e insistió en los peligros de alejarse del buen camino. El tercer candidato asistió a estos escasos momentos de tensión con calculada distancia y sin comprometer una postura clara en el debate sobre más o menos Estado. Solventó la cuestión defendiendo la clásica respuesta de la «tercera vía»: no más ni menos, sino mejor.

En materia de inmigración. Cameron también elevó el tono para reprochar a Brown el incremento incontrolado de la inmigración. El primer ministro replicó con el catálogo de medidas que han posibilitado una reducción del tráfico ilegal de personas en los últimos años. Clegg reprochaba a sus dos adversarios falta de voluntad política para afrontar el problema y descalificaba tanto las cuotas defendidas por el líder conservador, como la política de parches del dirigente laborista. Defendió, sin gran pasión en todo caso, la regularización de los ilegales, lo que aprovechó Brown para reprocharle que estaba favoreciendo una amnistía que, a la larga traería más problemas.

Otro asunto que podía resultar espinoso era el de la corrupción política y las medidas para combatirla. Fue muy contundente Brown, quien aseguró que debía echarse de la política a los que se les pillara en falta. Cameron, con muchos casos en la gatera, quiso que el asunto pasara deprisa. Clegg lamentó que las dos grandes fuerzas políticas no hubieran sido más activas. El moderador hizo aquí su única pregunta del debate, y fue al candidato liberal, al que un diario conservador había arrojado esa misma mañana ciertas acusaciones sobre cobro en sus cuentas privadas de donaciones poco transparentes. «Es una basura sin fundamento», espetó Clegg, que despachó así el asunto para que no prendiera el daño. Horas antes del debate, los laboristas habían criticado esas imputaciones y habían atribuido su autoría intelectual a ciertos propagandistas conservadores.

Y sobre lo que constituye la gran incógnita de estas elecciones: qué fórmula de gobierno será viable a partir del 6 de mayo, el debate resultó estéril, como era de esperar. A pesar de una pregunta de un ciudadano y de la petición de concreción del moderador, los candidatos se comportaron con mucha profesionalidad y dejaron el asunto abierto. Ante la posibilidad de un parlamento «colgado» ( es decir, sin una mayoría clara), todos prefieren esperar a las cartas con las que tienen que jugar.

Las encuestas reflejan distancias mínimas y gran volatilidad. Los laboristas continúan en último lugar, pero con las opciones intactas. El sistema electoral les proporciona un plus, que podría ser decisivo el 6 de mayo. Cameron tendrá que utilizar armas más convincentes que el juego sucio de la prensa derechista para «desobamizar» las elecciones británicas.