De los resultados obtenidos se desprende la muy diferente percepción que a un lado y otro del Atlántico se tiene de determinadas instituciones. Por ejemplo, allí la que inspira más confianza es la Iglesia, en tanto que en España ocupa el antepenúltimo lugar. Por el contrario, entre nosotros la Policía y las Fuerzas Armadas se sitúan en primer y segundo lugar, bastante destacadas respecto de las demás. En Latinoamérica el recelo hacia la policía es notorio, en tanto que las Fuerzas Armadas inspiran algo más de confianza.

En lo que existe una coincidencia plena entre ellos y nosotros es en la penosa imagen de los Partidos Políticos. Ocupan el último lugar, a notable distancia de los penúltimos, que en América Latina son los Sindicatos y en España los Bancos. En nuestro caso los sindicatos están en decimosegundo lugar. Queda también en mal lugar el Poder Judicial, tanto en América Latina como en España.

No es fácil determinar las causas por las que los ciudadanos de una y otra parte del Atlántico tienen opiniones en unos casos tan distintas y en otros tan similares sobre las mismas instituciones. Se puede tener una idea aproximada conociendo la situación en uno y otro lugar. Por ejemplo, el grado de religiosidad de aquellos pueblos respecto del nuestro y su relación con la imagen de la Iglesia. Pero puede existir cierto apriorismo o superficialidad en otras apreciaciones. En todo caso, entre la izquierda política está extendida la idea de que los medios de comunicación y los poderes económicos y financieros que están a su sombra, generalmente proclives a la derecha, tienen una enorme capacidad de conformar la opinión de la gente. Esto es cierto, pero no está nada claro en qué medida lo consiguen. Porque de ser esa capacidad tan fuerte como a veces se piensa no se entendería, por ejemplo, la mala imagen que entre nosotros tienen los bancos, o que los partidos de la derecha provoquen en los ciudadanos tan poca confianza como los demás.

Resumiendo, sin negar en absoluto que hay poderes interesados en desprestigiar a unas u otras instituciones, todo apunta a que buena parte de la responsabilidad en el nivel de desconfianza que inspiran una serie de ellas obedece a causas propias. Como en las encuestas suele preguntarse qué se opina, pero no por qué se opina de esa manera, sería saludable que en un ejercicio de sana autocrítica las instituciones afectadas intentaran averiguarlo y tomaran las medidas correctoras que correspondieran. Porque, bancos aparte, algunas de ellas son referencias clave de la democracia y pilares esenciales del entramado institucional en que se asienta. Y aunque no sería correcto trasladar su imagen a la de la propia democracia, está claro que la perjudican.