En la lucha por la vida, la naturaleza aplica la ley del más fuerte, lo que no quiere decir del más brutal, sino del que mejor se adapta, mejor «evoluciona». La polémica desatada entonces no se ha cerrado aún y si las fuerzas retrogradas se empeñan en calumniar su memoria nos podemos permitir, sin abusar, utilizar este bicentenario para reflexionar sobre evolución y política. No es difícil desde la afirmación de la soberana evolución dar el salto hasta el «laissez-faire» del liberalismo, la ley del mercado o, al contrario, justificar el intervencionismo económico y político para corregir y suprimir las injusticias y ayudar al débil, no por la caridad sino por el cambio en la sociedad, forzando y permitiendo la adaptación.

La evolución resulta desde entonces ser una de las más importantes características de la sociedad humana. El hombre en su eterna ambición de rebelarse contra los dictados de la naturaleza o de la sociedad imperante gusta de vez en cuando acelerar esa evolución con una Revolución. El socialismo tuvo antaño tal seña de identidad. A la vez que propugnaba cambiar la sociedad defendía el individuo frente al poderío económico o político de su semejante. Asociado en una misma lucha por los derechos del Hombre y del Ciudadano con otras corrientes de pensamiento surgidas en el siglo XVIII y que culminaron con la Revolución Francesa, puede sentirse orgulloso de los objetivos conseguidos aunque debe también reconocer que la sociedad actual dista bastante de lo que soñaron sus primeros teóricos. Basta con recorrer las proposiciones del programa máximo que a finales del siglo XIX enarboló el PSOE de Pablo Iglesias para no necesitar más demostración. Pero no se debe olvidar que Pablo Iglesias diseñó también un programa mínimo, poco conocido, que con excepción de la escuela única, se ha cumplido. La sociedad ha conocido en el pasado siglo una evolución globalmente positiva pero acompañada de atroces tormentas, guerras, genocidios y barbarie en otras épocas desconocidos. Frente a los cambios surgidos del capitalismo, del fracaso de una aplicación absurda e inhumana del comunismo, los Partidos socialistas se han adaptado más o menos, siguiendo cada cual su ruta, sin coordinación en su renovación ideológica o pragmática. Así la social-democracia se impuso al marxismo y la Revolución pasó al olvido, como palabra peligrosa, cuando tanto el capitalismo y la ciencia la materializaban sin descuido ni remordimiento: revolución industrial, revolución urbana, revolución informática… El egocentrismo socialista nacional, un tiempo justificado por las fronteras que condicionaban su acción, no ha menguado cuando la formación de la Unión Europea ensanchaba el terreno de las luchas y abría nuevas perspectivas de desarrollo al capitalismo. Se llegó a conocer en una Europa de quince países trece gobiernos socialistas sin que su, a priori, común ideal dejase la más mínima traza en la política del Continente. Los Partidos socialistas no habían sabido evolucionar para adaptarse a la nueva situación. Menos aún lo hicieron cuando la mundialización de la economía rompió todos los esquemas clásicos llevando al conjunto del Planeta la materialización de los problemas sociales.

Desde entonces los partidos socialistas tienen una asignatura pendiente y fundamental. No pueden olvidarse de uno de sus principios básicos, la solidaridad internacional, como lo proclama el himno histórico. En un momento en el cual el capitalismo exhibe sus defectos con tal violencia que los más liberales de sus gobernantes no vacilan en pronunciar palabras sacrilegias cómo » nacionalización de los bancos, reparto equilibrado de los provechos, regulación de los mercados, protección del empleo, preeminencia del Estado», los partidos socialistas no encuentran pauta común ¿dónde está la Internacional Socialista, dónde está el Partido Socialista Europeo?

Es evidente que no es en un momento de crisis aguda que cuando se pueden encontrar las soluciones de porvenir. Como ocurre en medicina, la reanimación no es en sí un tratamiento definitivo, sino que salvando al enfermo se consigue la instauración de una terapia definitiva. Pero al menos se podría exigir un consenso en las soluciones inmediatas y una reflexión para el futuro. A quienes sólo afirman la necesidad de regular más, apretar más las normas del mercado y del capitalismo conviene recomendarles la lectura de un largo texto de Kenneth Galbraith de finales de los años 50 sobre la crisis de 1929, texto que concluía afirmando que “¡no podría reproducirse la crisis porque todos, gobiernos y capitalismo habían aprendido mucho!”. Es evidente que entre los socialistas hay tales diferencias en las teorías y las prácticas económicas, que es iluso pensar que puedan establecer una teoría común. Pero es innegable que, después del periodo de afirmación marxista y de su relevo por la socialdemocracia, algo nuevo y que aporte esperanzas e ilusión debe construirse. Podría ser de acuerdo a postulados éticos y sociales, a la modernización de la democracia política. Algo como una nueva redacción de los Derechos del Hombre y del Ciudadano vistos desde una opción socialista.