Pues bien, el pueblo tunecino, durante tantos años reprimido y privado de su capacidad de decisión, se ha erigido en el primer actor de la crisis del régimen. Con la urgencia a la que obliga la precipitación de los acontecimientos y lo incierto de su resultado en esta fase que vivimos, parece claro que sin la presión popular Ben Alí seguiría «reinando» a su antojo en Túnez. Ésta es la primera consideración. Por primera vez en la historia de los países magrebíes, el factor más determinante de un proceso político es la ciudadanía, no las castas oligárquicas, los aparatos burocráticos o las élites intelectuales.

El segundo factor mencionado en el artículo. Nos preguntábamos por la improbable capacidad de la oposición para encauzar la revuelta. Las dudas persisten. De momento, como ocurriera en la Rumania de Ceaucescu durante los últimos días de 1989, el pulso se libra entre diversas instancias del régimen, unas irredentas (la pretoriana Guardia Presidencial), otras adaptadas a la nueva situación (el grueso del Ejército). La inmadurez de las fuerzas políticas tunecinas aconseja prudencia. Ni siquiera los islamitas, elemento político referencial en otros países vecinos, están en condiciones de liderar intelectual o tácticamente la revolución.

La presión internacional era el tercer factor que se mencionaba en el análisis de primera hora. El comportamiento de las grandes potencias europeas en la crisis ha adolecido del mismo oportunismo con el que han actuado durante décadas. Sólo ya parecía claro que el dictador se había convertido no sólo en inservible, sino, por el contrario, en un estorbo, en un incómodo sirviente en demanda de pensiones, las cancillerías europeas le volvieron la espalda y abandonaron a su suerte. En todos los aspectos. No es la primera vez que ocurre, y hay muchos ejemplos históricos al alcance de la memoria.

La gran cuestión ahora es cómo se diseña la transición, cómo se ordena, cómo se la apoya. Hasta ahora, los llamados a ser protagonistas han demostrado una prudencia y una sensatez alentadoras. Las revoluciones suelen malograrse. Pero no contribuyamos a ello con un pesimismo prematuro y estéril.

El otro debate del momento es el llamado efecto contagio: la esperanza para unos, el riesgo para otros, de que el estallido democrático de Túnez se extienda a los otros países de la zona, corroídos por repúblicas hereditarias o por monarquías cuasi absolutistas, por aparatos ineficaces y corruptos, por autoritarismos despiadados, por cínicas manipulaciones de amenazas fantasmas. Habrá tiempo en los próximos días de analizar este apasionante asunto de ciudadanía. Y de vecindad, en nuestro caso, no lo olvidemos. De momento, un apunte previo. Sólo mirando el mapa, sin atender otras consideraciones tanto o más importantes, es obvio que Túnez no es Marruecos, que Túnez no es Egipto. La revolución tunecina tiene un potencial enorme de cambio. Pero no se expresará de forma inmediata, ni, en el caso de que se produzcan réplicas, serán tan fluidas ni tan pacíficas.