El linchamiento mediático que ha sufrido Jeremy Corbyn desde el minuto uno de su elección como nuevo líder laborista en el Reino Unido no tiene precedentes. Semanas antes de las primarias que se resolvieron con el triunfo histórico de este veterano profesor izquierdista, Blair y sus partidarios social-liberales ya vaticinaban “décadas de oposición para el laborismo”. Al día siguiente de la elección, en un ejercicio insólito de descortesía hacia el adversario recién nombrado, el Primer Ministro Cameron tachó a Corbyn nada menos que como “una amenaza para la economía y para nuestras familias”. Desde entonces, su estigmatización como “antisistema”, sin mayores argumentos, corrió como la pólvora en los medios de comunicación del establishment europeo.

Corbyn merece el respeto debido a un dirigente elegido mediante un procedimiento estrictamente democrático y muy participado. Más de medio millón de británicos depositaron su voto en un proceso abierto, libre y costeado por su propio bolsillo: los militantes con sus cuotas y los simpatizantes con una aportación específica de casi cuatro euros. Corbyn ganó entre los militantes y entre los simpatizantes, con más de un 60% de los sufragios. Y no era la primera vez que recibía la confianza de las urnas. De hecho, lleva 32 años siendo diputado electo gracias al apoyo reiterado de quienes mejor le conocen, los votantes de su distrito.

¿Tony Blair le descalifica? Es lógico. Corbyn muestra respeto por principios y valores de la izquierda que Blair siempre despreció, en su discurso y en sus hechos. ¿Cameron le ataca? También es normal. Se trata de su adversario directo. Ahora bien, la prisa y la beligerancia con que lo ha hecho pueden mostrar tanto el desprecio como el miedo a un contrincante potencialmente temible por su audacia.

¿Por qué asusta Corbyn? Aún le conocemos poco, pero las líneas principales de su discurso no debieran generar temor, sino expectación y análisis en un contexto ideológico y político muy necesitado de ideas nuevas para atender los desafíos de nuestro tiempo. Corbyn se muestra muy crítico con las recetas de la austeridad, con las consecuencias de los recortes sociales y la “ética del beneficio”, como responsables directos de la pérdida de derechos sociales y la desigualdad creciente. ¿Acaso es el único? ¿Acaso no tiene razones para denunciar el fracaso del “capitalismo de casino” que tiene en la city londinense uno de sus principales lugares de culto?

El nuevo líder laborista se muestra partidario de revertir las privatizaciones de infraestructuras y servicios públicos llevadas a cabo por Margaret Thatcher. ¿No demuestran los datos que tales privatizaciones se han saldado con menos calidad en los servicios, más inseguridad en su funcionamiento y graves desigualdades?

Corbyn se atreve también a romper el tabú de la alianza militar con los Estados Unidos. Cuestiona la participación británica en la guerra de Irak, afirma que bombardeando a la población siria no se resuelve ninguna crisis, y rechaza invertir cientos de miles de millones de libras en la renovación del arsenal nuclear submarino mientras existan tantas necesidades sociales por atender. Incluso pide menos atención a la OTAN y más autoridad para la ONU en la solución de los conflictos internacionales. Todo esto puede ser cuestionable, incluso “peligroso” para determinados intereses. Pero no parece contrario al interés de la mayoría, ni a su opinión, cuando alguien le pregunta.

Se le acusa de euro-escéptico, pero solo le hemos escuchado críticas fundadas a la política económica imperante en Europa. Sin embargo, mantiene el compromiso tradicional del laborismo con la integración británica en la Unión Europea. Ha sido precisamente el Primer Ministro Cameron, presionado por el lobby antieuropeo del partido conservador en el Gobierno, quien ha puesto en crisis la pertenencia del Reino Unido a la UE convocando un referéndum con resultado incierto. Pero ninguna cabecera europea ha tachado aún a Cameron como “peligro” para el sistema.

Faltos de argumentos de fondo, los más críticos con Corbyn se han centrado en sus primeros “gestos”. Parece que el nuevo dirigente laborista no vocalizó con la suficiente vehemencia patriótica el “God save the Queen” en una efeméride bélica, y que incluso se atrevió a desabrocharse el último botón de la camisa. Y puede que Corbyn pertenezca a esa categoría de dirigentes que valore el patriotismo en la atención a los compatriotas que sufren antes que en los himnos a la reina. Y puede que quienes le han votado hasta ahora no se lo reprochen.

Hubo quienes pronosticaron una sonora pitada y un gran fracaso de Corbyn en la convención anual laborista de Brighton, pero todas las crónicas hablan de más aplausos que pitos, y de unos discursos en línea con la mayoría social de la Gran Bretaña.

Hay muchas incógnitas aún sobre el pensamiento y los planes de Corbyn, así como sobre su influencia en la izquierda europea. Se entiende mal, por ejemplo, su insistencia en subrayar las numerosas ocasiones en las que votó contra la posición de su propio grupo parlamentario en la Cámara de los Comunes. El perfil de su responsable económico es valiente por original, pero está por ver su eficacia para plantear alternativas eficaces y viables tanto a la ortodoxia liberal como a la tercera vía colaboracionista de Blair y sus seguidores.

La izquierda socialdemócrata y reformista se diferencia del simple populismo en que no aspira a quedarse en la protesta tan digna y coherente como minoritaria y condenada a la oposición. La izquierda de gobierno pretende aglutinar mayorías para transformar la realidad desde los gobiernos. ¿Está Corbyn en esta línea? Veámoslo durante los próximos meses. Mientras tanto, al menos, merece que se le escuche sin descalificaciones precipitadas e injustas.