Corea del Norte es un país aislado, anacrónico, pobre y empobrecido, dirigido por una casta neurótica e irracional. Se ha entregado a una dinámica paradójica de generación de poder nuclear. Paradójico porque la supuesta motivación de supervivencia cotidiana (energía para no incrementar la dependencia) y existencial (defensa frente a una agresión fatal del enemigo o de los enemigos exteriores) se ha convertido en su principal factor de inseguridad.

La dinastía Kim, como casi todas las sagas familiares gobernantes, se agota a medida que se prolonga. Cada miembro recibe un legado menos sólido que su antecesor. El hasta ahora último de la serie evidencia una debilidad propia y heredada, a la vez. Los intentos de reforma –si es que existen en realidad- se ven sometidos por los imperativos de la propia lógica dinástica. El mantenimiento del régimen está ligado a la de la dinastía, porque uno y otra se han confundido con la viabilidad del país. De ahí que no haya elementos reales de rectificación. Ni el fondo ni en la forma. Peor aún: la forma toma el mando frente a la vacuidad de un proyecto auténtico de país.

La forma en Corea del Norte es la propaganda. Es el mayor ejemplo real de la alegoría ‘orwelliana’. Una realidad fabricada se construye en paralelo o en superposición a la vida real. No es sólo una clásica estrategia de diversión o mixtificación del poder. Es una necesidad existencial. Hay sistemas autoritarios que pueden existir con dosis medias de propaganda, porque disponen de fortalezas reales como cierta prosperidad económica, factores de cohesión social o agentes activos de arraigo social. No es el caso de Corea del Norte. La propaganda como expresión superpuesta de esa vida vacía se ha convertido en el único sustento real del sistema político. Un reciente artículo en el diario EL PAIS sobre la vida cotidiana en Corea de Norte acreditan estas reflexiones.

Sólo así se explica lo ocurrido estas últimas semanas: la escalada (verbal) de amenazas y riesgos de guerra. Kim Jong-Un ha subido una raya en las provocaciones y el lenguaje altisonante. No porque disponga de más recursos que sus antecesores o porque tenga un mayor conocimiento del dominio militar, sino por todo lo contrario. El más joven de los Kim es el que menos formación ha tenido en este campo, el más dependiente de tutelas familiares, el que menos se había preparado para liderar, porque la desaparición de su padre llegó antes de lo previsto, y seguramente el que menos apetito ha tenido de actuar como un “comandante en jefe”. A falta de realidad, refuerza la propaganda, la realidad paralela. Tiene que hacer más ruidosa la amenaza de guerra para parecer más creíble.

LA CONTRADICCIÓN CHINA

El profesor Bruce Cummings (Universidad de Chicago) analiza la evolución del comportamiento norcoreano y esa translación de la propaganda interna al dominio exterior. De la misma forma que sabe que las masas no se creen el cuento oficial (por eso el dispositivo asfixiante de vigilancia y represión), el régimen también “cuenta con el buen sentido de sus adversarios de no tomarse sus incesantes apelaciones bélicas en serio”.

¿Qué sentido tiene entonces toda esta retórica guerrera? Supuestamente, se persiguen tres objetivos: primero, obligar a la nueva presidente surcoreana Park a elegir entre seguir con la línea dura o volver a comprometerse en negociaciones de convivencia que estabilicen el régimen de Pyongyang; segundo, testar la “paciencia estratégica” de Obama, que contemplado desde 2009 tres pruebas de misiles de largo alcance y dos ensayos nucleares; y tercero, advertir a China de que, para evitar el riesgo de que las cosas se salgan de control, es preferible seguir tolerando las violaciones de las sanciones que alinearse con Occidente en la aplicación de las mismas.

La evolución de China, efectivamente, es un factor muy interesante del análisis. Pekín ha sacado partido de su protegido norcoreano, pero ahora tiene intereses superiores; en particular, que las bravuconadas de Pyongyang no justifiquen un refuerzo militar de Estados Unidos en la zona, ya de por si impulsado por la nueva prioridad estratégica norteamericana concedida a Asia (la famosa «pivotación estratégica» de la nueva doctrina Obama). La aceleración del sistema de intercepción de misiles decidida por el Presidente, a requerimiento del Pentágono, (mil millones de dólares de coste) no sólo atenta contra la capacidad de Corea del Norte, sino también de China.

EL RIESGO DE ESCALADA

Los profesores Lieber (Georgetown) y Press (Darmouth College) sostienen que la situación en Corea es un ejemplo clásico de la estrategia de la guerra fría, en la que se contemplaba el recurso nuclear como respuesta a una escalada no evitable de la guerra convencional. Pero en este caso, esa ‘evitabilidad’ es muy reducida debido a las nuevas doctrinas de combate norteamericanas que, en caso de conflicto, no buscan ganar territorio enemigo sino incapacitarlo mediante la inhabilitación de su “sistema nervioso central” (es decir, la destrucción de sus sistema de control, mando y comunicaciones). Lo cual empuja a un adversario dotado con armas nucleares a escalar el conflicto.

No obstante, la buena noticia en este caso, sostienen Lieber y Press, es que Corea del Norte no parece disponer de la tecnología suficiente para sostener una escalada en el estadio nuclear. Es altamente improbable que pueda aún dotar a sus miles de cabezas nucleares ni disponga de otros recursos de destrucción atómica. En todo caso, y mientras se tenga ese margen, recomiendan ambos expertos que Washington y Seúl “desarrollen opciones militares convencionales verdaderamente limitadas” que prevengan la escalada nuclear.

De forma complementaria, los profesores sugieren que se trabaje con Pekín la creación de “paraguas dorados para los jerifaltes del régimen”, por una sencilla razón: mientras éstos sepan que existe futuro viable para ellos y sus familias, tendrán menos estímulos para embarcarse en opciones suicidas.