Actualmente, la inmensa mayoría de los españoles -al margen de sus orientaciones políticas- no confía en la solvencia del sistema financiero, ni en la capacidad del actual Gobierno para alcanzar una solución adecuada a la situación económica. Sobre todo, después del lamentable espectáculo del famoso “rescate”, “rescatillo”, o “crédito” europeo de los cien mil millones de euros. La manera fanfarrona y engañosa de plantear, gestionar y comunicar tal operación no ha podido resultar peor. Al igual que gran parte de las gestiones ante Europa de las últimas semanas. Las durísimas descalificaciones del Presidente del Banco Mundial y del Presidente del Banco Central Europeo (“El Gobierno de España no ha podido hacerlo peor” –dijo con rotundidad meridiana-), revela un grave problema de gestión -y de presentación- que algunos no podemos llegar a entender cómo es posible que esté produciéndose.

Creo que aquellos que fuimos críticos con el anterior Gobierno, sobre todo en su última etapa, estamos especialmente autorizados, y legitimados, para formular ahora estas críticas y para reclamar medidas adecuadas para rectificar, antes de que la deriva de los hechos conduzca a España a una situación insostenible.

El problema de fondo es que las condiciones objetivas de España, aún con todos los problemas y errores cometidos en los últimos años -no sólo por Gobiernos del PSOE-, no era tan mala comparativamente como para llegar al punto al que se está llegando. De ahí que resulte evidente que estamos ante problemas de gestión pública. Es decir, ni se ha sabido bien qué hacer, ni se ha hecho de la manera debida. Y si no se empieza por reconocer esto, va a ser difícil que se pueda empezar a rectificar de verdad y con la suficiente credibilidad como para recuperar la confianza perdida.

¿QUÉ PODRÍA HACERSE, EN ESTOS MOMENTOS, PARA RECUPERAR LA CONFIANZA?

Desde luego, lo que ahora se haga será más difícil y costoso que lo que podía hacerse hace sólo unas pocas semanas. La confianza se pierde de manera rápida y fácil, pero cuesta recuperarla. Ahora todo va a resultar más dificultoso y lento. Por eso, el esfuerzo tendrá que ser mayor. De hecho, esta va a ser la cuestión política primordial para los próximos meses y posiblemente años, ya que el desgaste de credibilidad es considerable.

Entre las medidas que podrían tomarse para intentar recuperar la confianza entre los ciudadanos, los consumidores, los inversores, los prestamistas, etc., las dos principales -amén de la claridad y la veracidad y el necesario control de la especulación- son la articulación de un gran consenso social y político y la elaboración de un plan concreto para salir de la crisis.

La situación actual presenta perspectivas tan inquietantes que se requiere un gran consenso socio-político similar a lo que en su día fue el “consenso keynesiano”. Consenso al que se llegó después de un período terrible de confrontaciones violentas, de barbarie y destrucción, que causó enormes costes sociales, económicos y humanos. ¡Esperemos que ahora no sea necesario que las cosas se pongan tan mal como para que todos entiendan que es mucho más lo que podemos ganar con un consenso razonable e inteligente que con una confrontación destructiva y embrutecedora!

Además de un consenso general de este tipo, con su correspondiente pacto financiero internacional entre los países vinculados a las principales monedas, en España sería preciso algo parecido a lo que fueron, en su día, los “Pactos de la Moncloa”. Y esto se necesita con urgencia.

En segundo lugar, en sociedades como las actuales, con una ciudadanía madura, bien formada y con capacidad para informarse y para contrastar criterios, es obvio que de nada valen las operaciones pseudo-mágicas ni propagandísticas. ¿Cómo es posible que el Señor Rajoy y su círculo de confianza no lo hayan entendido aún? La única manera de encarar el futuro y de generar confianza es a través de planes bien concretos y capaces de merecer credibilidad. Los más cursis, en el mejor de los casos, nos hablan de eventuales “hojas de ruta”. Pero, dejémonos de pamplinas y de artificios lingüísticos. Lo que ahora se necesita son planes económicos serios y bien estudiados.

Cuando los ciudadanos vean que las principales fuerzas políticas, sociales y económicas se han puesto de acuerdo, con las cesiones mutuas que sean necesarias, y que están todas dispuestas a empujar en la misma dirección, y cuando comprueben fehacientemente que existe un plan coherente y verosímil para salir de la crisis y recuperar el pulso del crecimiento y de una diseminación razonable de las posibilidades de bienestar, entonces y sólo entonces, empezarán a recuperar la confianza. Y, por lo tanto, comenzarán a poner su esfuerzo, sus recursos y su capacidad de emprendimiento, al servicio de todo aquello que pueda preverse y programarse en el marco de dicho plan de recuperación e impulso económico y social.

Mientras esto no ocurra -junto con otras iniciativas posibles-, lo que predominará será la desconfianza, el retraimiento en la inversión y en el consumo y el oportunismo y la ocultación financiera y monetaria, con sus correspondientes desinversiones y retiradas de ahorros y de capitales. Todo ello alentado -disparatada y contraproducentemente- por unas prédicas económicas que más parecen extraídas de lecturas apocalípticas, sado-inculpatorias y expiadoras de presuntos pecados consumistas y hedonistas, que de un sencillo y elemental manual de economía política moderna. ¿Cómo algunos pueden esperar que los ciudadanos tengan confianza ante tales predicadores y con prédicas de este tipo?

¿Cuáles pueden ser las consecuencias de la persistencia del actual clima político y social? ¿Cuánto tiempo se podrá “ganar” con los apaños y remiendos que algunos intentan poner en marcha a trompicones y acumulando error tras error? La realidad es que tenemos poco tiempo y que los apaños y remiendos no arreglan la situación, sino que sólo retrasan su desenlace y, por lo tanto, el momento de tomar las medidas necesarias. Lo cual es mucho peor. Habrá que hacer algo, ¿no?