Aparentemente, puede interpretarse el voto negativo de la Cámara de Representantes al plan de rescate presentado por la administración como una prueba de la salud democrática del país. En Europa puede sorprender que sean los propios republicanos los que rechazaran la iniciativa gubernamental. ¡Qué saludable resulta la ausencia de disciplina de partido! ¡Los representantes del pueblo no se dejan amedrentar –ni siquiera impresionar- por un gobierno poderoso que no ha sabido –o no ha querido- prevenir los efectos de la incompetencia y la codicia de los intereses privados sobre las finanzas públicas!

Esta interpretación es tentadora, sobre todo para estas latitudes políticas, en las que resulta inimaginable el ejercicio de humillación política sufrida por un presidente en ejercicio, en gran parte desde sus propias filas.

Un análisis más detenido del voto en la Cámara Baja permite esclarecer las contradicciones de la clase política norteamericana. El plan Paulson fue rechazado desde la derecha y desde la izquierda, por los ultraliberales doctrinarios que resisten a aceptar el fracaso de la estrategia desreguladora a ultranza y por los “liberales” (en la acepción norteamericana del término: los partidarios de la presencia del Estado en la economía) que se sienten escandalizados por la desfachatez con la que se propone drenar dinero público sin las suficientes garantías. Pero también se pueden identificar demócratas centristas, partidarios de la disciplina fiscal y el control presupuestario, que atisban en el plan de rescate riesgos poco controlados. Finalmente, entre los representantes “rebeldes” se encuentran otros muchos que probablemente han votado pensando tanto en lo que le interesa al país cuanto en sus posibilidades de supervivencia política. Toda la Cámara se somete en noviembre al veredicto de las urnas y el clima de indignación pública es incompatible con una actitud demasiado complaciente con los apuros de la administración.

La posición favorable del Senado no cambia las cosas. O más bien las confirma. Que sólo un tercio de los senadores tenga que someterse a las urnas explica en parte su conformidad matizada con el Plan de rescate. No obstante, se ha aprovechado el descrédito de la administración para introducir algunas medidas no directamente relacionadas con las causas y consecuencias de la crisis. Por ejemplo, la reducción de impuestos a las clases medias. Alguna es incluso chocante: que se obligue a las empresas aseguradoras a atender los casos de enfermedad mental como se hace con otros problemas de salud general. Como me comentaba estos días, con ironía, un investigador político: ¡A lo peor es que los legisladores temen que esta crisis termine afectando su salud mental y la de los ciudadanos de a pie!

Suavizado y edulcorado el plan, los representantes encontrarán manera de vender a sus electores su conformidad. Pero el asunto de fondo -la perversión resultante de eliminar los controles públicos para favorecer la codicia de los poderosos- ha quedado desplazado.

El presidente Bush ha sido reducido a la irrelevancia política. Generalmente, los últimos meses de un presidente saliente sin opción a repetir en el cargo suponen un mal trago. Pero sólo en algunos casos están dominados por la amargura. Le ocurrió a Nixon y le está ocurriendo a Bush. Por motivos aparentemente diferentes, pero con un punto de coincidencia: la quiebra de confianza básica.

Llegados a este punto, ¿qué pasará después de noviembre?

Los candidatos saben que es estrategia ganadora desmarcarse o incluso criticar con dureza los desatinos, por acción o por omisión, de los años Bush (W). A Obama le esta resultando más fácil, porque lleva dos años señalando los riesgos de una política fallida. Pero la tibieza con la que expone sus recetas alternativas exaspera a muchos de los que piensan votarle. McCain ha pretendido tapar con un discurso moral sus fundamentos cómplices con la situación actual. Los sondeos indican que no ha logrado el objetivo de salir indemne.

Unas palabras sobre los debates. No han resultado determinantes en la evolución de la campaña, en la clarificación del voto o en la decantación de los indecisos. Pero han perfilado un poco más las opciones. McCain no consiguió desacreditar la capacidad de Obama como comandante en jefe. Sarah Pallin fue claramente superada por Biden, pero salió airosa de la prueba, lo que no es poco después de sus desafortunadas comparecencias televisivas anteriores. El problema es que sólo con un populismo endeble y un inverosímil discurso antiestablishment resulta difícil transmitir responsabilidad, competencia y coherencia. Obama y Biden han demostrado estar más preparados para el cargo y ser más creíbles. De ahí que el ticket republicano siga por detrás en la apreciación pública. Y mientras la tempestad siga instalada entre Wall Street y Washington no es previsible un cambio de tendencia.