En la soberbia banda sonora de la película «Érase una vez en América», una canción refleja como ninguna otra las consecuencias para la vida cotidiana de la gente de la irresponsabilidad de unos pocos: «Poverty».

Hace 79 años, como ahora, las dificultades del sistema financiero terminarán traduciéndose en más paro, menor capacidad adquisitiva de los trabajadores -en especial de determinados sectores, como los obreros débilmente cualificados o los inmigrantes-, aumento de la pobreza y la exclusión… si se permite que las políticas que han generado los problemas gestionen la solución a los mismos.

Al igual que la pobreza no es un mal eterno -sino que está directamente ligado a la existencia de modos de producción ineficaces e injustos, como el capitalismo-, tampoco está escrito que deban ser las políticas irresponsables quienes establezcan como salimos de esta crisis. Es más, nos jugamos todo en que no sea así. Primero, porque su receta es imaginable a corto plazo -salvar los muebles de los más ricos a costa de la gran mayoría-, lo que no es de recibo; segundo, porque el coste a pagar sería lisa y llanamente un bucle crítico con consecuencias imprevisibles.

La solución a la crisis debe ser global y afrontar todos los grandes retos al tiempo. Empezando por el definitorio: ¿cómo va a ser el sistema económico imperante a partir de ahora? Démosle la razón a Sarkozy: «hay que refundar el capitalismo», pero no para que nada cambie, sino para entrar en una nueva etapa en la que el neoliberalismo sea borrado del mapa y sustituido por políticas socialdemócratas y de progreso que aseguren estabilidad, reformas estructurales y equidad.

De ahí que en la Cumbre de Washington del 15 de noviembre sea esencial conseguir establecer una agenda que vaya más allá de lo financiero y de un maquillaje de Bretton Woods para entrar de lleno en el corazón del problema: que la economía de mercado, sin intervención y regulación pública, es inviable y provoca costes inasumibles para el siglo XXI.

La presencia en esa reunión de países desarrollados, emergentes o en desarrollo es ya de por sí una buena noticia que debería empujar a que la crisis financiera sea tratada como un conjunto con otros tres grandes elementos: la potenciación de la economía real -culminando para ello la Roda de Doha de la organización mundial del comercio-, la lucha contra el cambio climático -hacia un Kyoto-2 eficaz y universal- y, sobre todo, el cumplimiento de los Objetivos del Milenio de la ONU de reducción de la pobreza en el Mundo.

Es esencial que de Washington no salga un mensaje de más de lo mismo, sino un compromiso para establecer reglas, compromisos y mecanismos institucionales para aplicarlas y alcanzarlos, respectivamente. Un mensaje que pase por poner el bienestar de la gente por encima de cualquier otra consideración. Como han pedido todos los que han celebrado en medio de la crisis de la Jornada Mundial contra la Pobreza.