En 1992 se inauguró en España el primer tramo del AVE, después de tres años y medio de obras y de pruebas concienzudas. En aquel momento, la opinión pública no entendía bien la justificación de aquellos gastos “fastuosos y faraónicos” –como sostenían los más críticos– y en España no se contaba con experiencias previas en alta velocidad. El objetivo era que una línea de tren moderna, cómoda y rápida enlazara Madrid con Sevilla antes de la inauguración de la Exposición Universal. El proyecto se programó y ejecutó adecuadamente y varios meses antes del arranque de la Expo ya se hacían pruebas de circulación a pleno rendimiento. En poco tiempo, la opinión pública pasó a valorar muy positivamente el AVE, todo funcionó perfectamente y los críticos enmudecieron. Los gobiernos del PSOE de la época, con Javier Sáenz Cosculluela y José Borrell al frente de Obras Públicas, se apuntaron el éxito sin hacer grandes alharacas ni celebraciones, como la cosa más natural del mundo. La sensación era que España funcionaba y las cosas se hacían bien, con afán de mejorar y de optimizar las posibilidades de la sociedad española.

Hoy, sin embargo, quince años después, aún no se ha logrado poner en funcionamiento una segunda gran línea del AVE, ¿Por qué? Por mucho que se quieran dar explicaciones, la respuesta inevitable a la que llegan los ciudadanos es que las cosas no se están haciendo bien, o al menos no tan bien como antes. Sin duda, el mayor peso de la responsabilidad cae sobre los gobiernos de José María Aznar, que en ocho años no fueron capaces de llevar a cabo lo que los gobiernos de Felipe González realizaron en tres años y medio. Pero, no puede olvidarse que José Luis Rodríguez Zapatero lleva gobernando tres años y medio y que en ese período tampoco se ha logrado culminar aun el tramo Madrid-Barcelona. De ahí la sensación que se está instalando en muchos ciudadanos de que las “cosas antes se hacían mejor”.

En las democracias avanzadas, la opinión pública –sobre todo las clases medias– tiende a valorar en alto grado la eficiencia en la gestión pública. Por ello, el riesgo es que el caldo de cultivo de algunas críticas al actual gobierno de improvisación, de no cuidar los detalles ni la eficiencia en la gestión, de no programarse adecuadamente, no comunicar bien, no dar la importancia debida al rigor, etc., acaben cristalizando, como a veces ocurre en la vida social, en una forma que quizás resulte incluso injusta y/o poco fundamentada, pero que puede tener repercusiones electorales.

Con suficiente fundamento, o sin él, una parte de la opinión pública puede llegar a la conclusión de que “las cosas no se están haciendo bien”. Y esta conclusión, a veces sorda y rumiada, puede ser más erosiva para Rodríguez Zapatero que todas las desmesuras y descalificaciones del PP.

No obstante, en justicia, creo que somos bastantes los que tenemos la impresión de que hay otras cosas en España que no están funcionando mejor que en el pasado, y no sólo en los servicios públicos, sino en el micro-campo de la vida cotidiana, en muchos establecimientos privados, en los servicios de electricidad, fontanería, reparaciones, Internet, etc.. Por lo tanto, ¡algo habrá que hacer para rectificar estas tendencias!