También se dice que la gente «confía» sus ahorros a unos señores, a los que no conoce de nada, pero que dado que tienen un establecimiento abierto con el rótulo de «Banco», piensan que es el mejor sitio donde guardar esos ahorros. Y así es posible disponer de capital en estos sitios para la promoción de empresas y empleos.

Incluso los hay que extienden su confianza hasta confines más alejados: son los que invierten esos ahorros en empresas que cotizan en Bolsa o, más allá, los que lo hacen en cosas tan abstractas como depósitos estructurados, derivados, “hedge funds”, etc.

Esta confianza se apoya en otra: la que se deposita en instituciones dignas de todo crédito y que tienen como función velar porque todo lo anterior funcione. Son los Bancos Centrales, que controlan a los Bancos, los reguladores del mercado, que vigilan las actuaciones de los operadores, las agencias de valoración, que puntúan la solvencia de las instituciones, las empresas de tasación, que objetivan el valor de los activos de los Bancos, etc.

El funcionamiento de las democracias se basa también en la confianza: la que tienen los electores en que sus elegidos van a administrar los recursos del Estado en forma tal que se garantice todo ese sistema de confianzas mutuas, esencial para el desarrollo de una economía en la que puedan mantenerse los empleos de esos jóvenes del principio de esta reflexión.

Ahora, lo que parece estar en crisis es ese sistema de confianzas mutuas: da la impresión de que ya nadie se fía de nadie, por lo que muchas transacciones económicas se están dejando de hacer. No por falta de dinero (el PIB del mundo ha crecido ene l último año), sino por falta de confianza.

Cuando se recupere esa confianza, muy posiblemente pueda vaticinarse el final de la crisis. El problema es como hacerlo y cuanto tiempo tarde en ocurrir.