El cambio del modelo productivo, la mejora de la productividad y la competitividad de nuestras empresas, la apuesta decidida por el conocimiento y la I+D+i, el recelo ante el monocultivo del ladrillo, son recetas que antes se reservaban para los discursos y que ahora todos se apresuran a llevar a la práctica. O al menos a intentarlo. El ahorro y la eficiencia energética constituye uno de estos eslóganes que antes solía adornar cualquier retórica políticamente correcta, y que hoy se nos presenta como una necesidad perentoria.

La crisis económica en marcha tiene una naturaleza poliédrica, y la crisis energética supone una de sus caras más evidentes. Crisis de oferta y crisis de demanda. De pronto nos hemos dado cuenta de que la factura energética es tremenda, y que cualquier fluctuación en el mercado especulativo del crudo puede provocar un fuerte mordisco en nuestra renta nacional. De repente nos hemos topado con la realidad de que gastamos bastante más energía de la que necesitamos, y que este despilfarro puede costarnos muy caro. No solo en clave de crecimiento económico, de paro y de déficit exterior, sino también en términos de deterioro ambiental y de cambio climático. Hasta hemos constatado que en este mundo se declaran guerras y se sostienen dictaduras por el afán de controlar las fuentes de la energía.

El Gobierno ha aprobado un Plan de Ahorro y Eficiencia Energética para el periodo 2008-2011, con una previsión de ahorro de 4.140 millones de euros en la factura petrolífera. Hay quienes lo han tachado de ocurrencia, de ingenuidad y de inoperancia. Y puede que sus autores pequen de un optimismo infundado, y es cierto que buena parte de las medidas planteadas requieren de la improbable complicidad de otras administraciones, de las empresas y del conjunto de la ciudadanía. Pero no es menos cierto que hace falta un plan de ahorro y eficiencia energética, y que los contenidos del plan gubernativo son del todo razonables. Ahora depende de todos nosotros que surta efecto o que quede en papel mojado.

Apostar por las fuentes energéticas renovables y los automóviles eléctricos puede parecer ingenuo para unos, y contraproducente para otros. Sobre todo para los que disfrutan los grandes beneficios de la industria petrolífera. Pero de aplicarse causaría un beneficio general indiscutible. Impulsar el uso del transporte público, generalizar los carriles bus-vao o rebajar un 20% el límite de velocidad en los accesos a las grandes ciudades puede resultar de difícil aplicación. Sobre todo para los que tienen primos que desprecian el riesgo del cambio climático. Pero para todos los demás puede resultar bastante sensato. Sustituir progresivamente las bombillas incandescentes por bombillas de bajo consumo puede resultar irrisorio para alguna portavoz parlamentaria. Y bastante preocupante para quienes cuentan con activos bursátiles vinculados a las empresas eléctricas. Pero el ahorro que podría lograrse en el caso de generalizar la medida puede merecer la pena para la mayoría.

Es la hora de afrontar las dificultades económicas y el aumento del paro con rigor, y también con valentía. Seamos ortodoxos en la recuperación de la senda del crecimiento y la creación de empleo. Pero aprovechemos la ocasión para afrontar con imaginación y coraje los retos pendientes de nuestro tiempo. La consecución de un sistema energético sostenible y eficiente no es el menor de ellos. Aunque nos tachen de ingenuos. Es cuestión de luces.