Es cierto que todavía no hay decisión oficial, a la espera de que el Presidente Obama concrete sus demandas en la cumbre aliada que se celebrará a primeros de abril. Pero distintas informaciones que citan fuentes de Moncloa, Exteriores y Defensa anticipan esta predisposición favorable. La propia ministra Chacón ha defendido públicamente esta opción, pero sin concretar. Lo que contrasta con las palabras del propio Presidente Zapatero el pasado mes de diciembre: «la posición del Gobierno no es favorable al incremento de las tropas españolas en Afganistán». Después de lo ocurrido estos días, ¿qué respuesta dará España al presidente norteamericano?

La misión de la OTAN en Afganistán está sometida a intenso debate. El contingente militar aliado (ISAF) se eleva a 50.000 soldados, pertenecientes a 41 países. Su misión consiste en “proporcionar seguridad y estabilidad y crear las condiciones para la reconstrucción y el desarrollo”.

Curiosamente, la ISAF ha sido criticada con cierta severidad por sectores duros del establishment norteamericano, supuestamente por su débil cohesión, escasa funcionalidad del cuartel general, fracaso en la persecución del narcotráfico (base de la financiación talibán), etc. Un reciente artículo colectivo, liderado por el articulista de SLATE Fred Kagan, abundaba en estos y otros argumentos. Estos halcones no menosprecian el refuerzo que puedan aportar los aliados de Estados Unidos, pero lo consideran secundario o complementario.

Desde latitudes conservadoras personalidades como el derrotado candidato republicano McCain, el inefable Kissinger, el neocon Instituto de Empresa Americano o el citado Kagan, se presiona a Obama con recomendaciones claramente opuestas: más tropas y más confianza en una solución de fuerza.

Se sienten avalados por la evolución en Irak. Se ha instalado la idea de que sólo después del refuerzo militar (surge), se ha podido encauzar la guerra y avistar una derrota definitiva de la insurgencia. Es posible, pero ciertas inconsistencias y las promesas incumplidas a antiguos combatientes sunníes (reconvertidos a base de dólares en aliados de ocasión) están abonando dudas sobre la sostenibilidad de esa estrategia.

Obama anunció hace unas semanas el envío de 17.000 soldados adicionales, antes de presentar la revisión estratégica de su equipo, que avalaría un refuerzo militar adicional más numeroso. Pero este fin de semana, el Presidente norteamericano admitió que el conflicto de Afganistán no tenía exclusivamente una solución militar y defendió la imperiosa necesidad de una “estrategia de salida”. Y es que la escalada en Afganistán no concita consenso en Estados Unidos, ni siquiera en el Partido Demócrata o incluso en la propia administración.

Los partidarios de la estrategia denominada COIN (Contrainsurgencia), decidido a combatir y derrotar a los talibanes, están liderados por el embajador para Afganistán y Pakistán, Richard Holbrooke, y el Jefe del Comando Central (que cubre toda la zona de Oriente Medio), el carismático general Petreus. Los que defienden una estrategia minimalista, o CT (Contraterrorista) como el propio Vicepresidente Biden, limitan sus objetivos a los jihadistas de Al Qaeda aún activos en Afganistán.

Congresistas de la izquierda del Partido Demócrata, como el Caucus progresista, e intelectuales críticos han puesto seriamente en duda la conveniencia de incrementar la presencia militar en el país. En un artículo citado por la editora de THE NATION, la Fundación Carnegie Endowment ha concluido que “la única forma significativa de detener el auge de la insurgencia es comenzar a retirar las tropas, por cuanto su presencia sólo ha ayudado, hasta ahora, al reforzamiento de los talibán”.

Leslie Gelb, presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores y autor de un reciente libro sobre la conveniencia de que Estados Unidos recupere la sensatez en su política exterior, ha recomendado abiertamente también la retirada militar.

Argumenta Gelb que los talibanes han demostrado en estos siete años de guerra que no son derrotables en combate, y además cuentan con el santuario, hoy por hoy indestructible, en las zonas fronterizas pastunes de Pakistán. Hay otros medios militares menos arriesgados que el refuerzo de tropas de tierra, como los ataques aéreos no pilotados, que han conseguido diezmar el liderazgo talibán dentro y fuera del país.

Otras vías de debilitamiento de los extremistas islámicos pueden ser más eficaces, como el apoyo económico, el reforzamiento de las fuerzas de seguridad locales y la negociación con los elementos moderados hastiados de la alianza con Al Qaeda.

Una retirada militar gradual favorecería la viabilidad de un acuerdo con los países vecinos (China, India, Rusia y, por supuesto, Irán) tan interesados o más que Estados Unidos en impedir el regreso de los talibán al poder en Kabul.

Finalmente, los ejemplos de la historia demuestran el éxito de Estados Unidos en las estrategias de contención y disuasión y su fracaso en las de contrainsurgencia y fabricación de naciones.

Según una Encuesta de Gallup, el 42% de los norteamericanos considera erróneo enviar más tropas, doce puntos más que a comienzos de año. En otra encuesta conjunta de CBS y el New York Times se confirma esta reticencia. Sin duda, la crisis económica no ayuda a comprender a los norteamericanos que se gaste dinero público en confusas cruzadas antiterroristas que han dado tan pocos resultados.

Esperemos que el Gobierno español se aplique en la prudencia y no se sienta ahora obligado a adoptar decisiones precipitadas simplemente para satisfacer a Washington o para compensar el desagrado por la anunciada retirada militar de la misión en Kosovo.