En la Unión Europea tenemos muchas buenas costumbres, pero también alguna mala. Por ejemplo, nuestra inagotable capacidad para exagerar la nota sobre la importancia de un documento.

Quizás ha sido el caso de la Declaración de Berlín, presentada el domingo 25 de marzo en la capital alemana por quienes están al frente de las tres instituciones comunitarias básicas: la Sra. Merkel (por el Consejo), el Sr. Pöettering (por el Parlamento) y el Sr. Barroso (por la Comisión).

Durante semanas nos hemos pasado horas y horas elucubrando sobre si tal Declaración incluiría la palabra Constitución, una referencia al euro o, más metafísicamente, una mención a los valores judeocristianos. ¡Qué perdida de tiempo!

¿Alguien piensa de verdad que una Declaración va a solucionar la crisis en la que se encuentra la construcción europea o a entusiasmar a la ciudadanía?

En mi opinión, la cumbre de Berlín ha salido bien no porque se haya redactado una Declaración más o menos afortunada en sus términos, sino porque ha servido de recordatorio masivo a la opinión pública de que la existencia de la Unión Europea no ha caído del cielo, de que el camino recorrido hasta la fecha ha mejorado de verdad nuestras vidas y de que puede seguir haciéndolo todavía mejor en el futuro si se toman las decisiones apropiadas con la voluntad política necesaria para hacerlo.

Ahora nos queda comprobar si la fiesta de Berlín no va seguida de resaca. Es decir, si sacamos la conclusión adecuada y salvamos la columna vertebral de la Constitución Europea para que esté en vigor antes de las próximas elecciones al Parlamento Europeo en 2009. Sin ese instrumento, no vamos a ninguna parte porque nos quedaremos en el punto muerto.

Mucho dependerá de lo que ocurra en las presidenciales francesas, del programa del futuro Primer Ministro británico (¿Gordon Brown?) y de la fuerza que tengamos para conseguir que los gemelos de Varsovia no bloqueen los pasos a dar hacia adelante.

El Presidente español ha jugado bien en Berlín, apoyando la Constitución Europea en coincidencia con Alemania, Italia y, en general, los países más europeístas.

Por su parte, los socialistas europeos no se han quedado cortos y, en realidad, su Declaración ha sido mucho mejor que la de las instituciones comunitarias (www.pes.org).

Tuve la ocasión de participar en la reunión de líderes del Partido Socialista Europeo (PSE) y constato que esta familia política tiene las cosas cada vez más claras respecto al futuro de la UE, de su Constitución, de la Carta de Derechos Fundamentales, de la globalización, del cambio climático, de la nueva Europa social.

Lo digo porque a menudo analizamos la situación europea como lo hacía Metternich, pensando solo en el papel de los Estados, cuando transversalmente a los mismos otros factores en el nivel europeo y nacional conforman el todo (partidos políticos, sindicatos, empresarios, intelectuales, sociedad civil organizada).

De todas formas, a la vista de tantos y tantos artículos sobre el 50 aniversario, si algún continente reflexiona sobre su ser y su deber ser, ese el nuestro. No está mal, siempre y cuando no nos convirtamos en un personaje más de Singer en «Sombras sobre el Hudson» y la reflexión vaya acompañada de la acción. De lo contrario, estaremos condenados a celebrar futuros cumpleaños sumidos en la melancolía y más preocupados de la tarjeta de felicitación que de cómo estar en mejor forma en el año siguiente. Y eso no, por favor.