Las preguntas planteadas a Zapatero pusieron en evidencia, más allá de los debates artificiosos que entretienen nuestra atención en demasía, por dónde van las auténticas preocupaciones de la gente ante la que hemos de rendir cuentas: el expediente de regulación de empleo en la factoría de Teruel, la falta de trabajo para el autónomo de la construcción en Baleares, el despido del pintor de Huelva, la dificultad para pagar la hipoteca del parado de Madrid, el incumplimiento de la reserva legal de empleos para discapacitados, el fracaso escolar del instituto de Cádiz, el impacto del plan Bolonia sobre la calidad de la educación universitaria, el drama real y legal del aborto, la esperanza de la eutanasia, nuestra responsabilidad en la venta de armas a ejércitos sin escrúpulos…

Existe un desequilibrio de base que imposibilita la obtención de conclusiones prácticas en este tipo de encuentros. Las preguntas de la gente de la calle son necesaria y lógicamente de una concreción máxima. Y las respuestas del Presidente del Gobierno han de ser, por pura lógica también, muy generales. La señora de Teruel quería una contestación sobre el futuro a corto plazo de los empleos en la industria de la iluminación de emergencia de su comarca. El pequeño empresario de la construcción balear quería saber si los programas de inversión pública anunciados servirían para reflotar su negocio. Pero Zapatero solo podía contestar aludiendo a las grandes líneas de su Plan E para ayudar al conjunto de la economía española a salir de la crisis. En consecuencia, el riesgo de frustración era alto.

Hay que reconocer, por tanto, una dosis considerable de valentía al Presidente Zapatero. Si este formato es complejo en términos habituales, en un contexto de recesión económica y crecimiento acelerado del paro constituye un riesgo evidente. Hace falta tener mucha seguridad en la pertinencia de lo que se está haciendo, y mucha confianza en las capacidades propias de comunicación para someterse a esta prueba ante seis millones y medio de españoles.

Precisamente ahí estuvo el acierto del interpelado. Demostró voluntad para dar la cara ante los problemas, evidenció un conocimiento profundo sobre las claves de lo que está pasando, y convenció a la mayoría de que tiene una estrategia para salir del túnel. Confianza en las posibilidades de la sociedad española, solidaridad con los que sufren las peores consecuencias de la crisis, y estímulo público para la demanda de actividad económica. Estas fueron las recetas más repetidas por Zapatero, junto a una llamada reiterada al optimismo. Seguro que pueden encontrarse muchos matices a su actuación, pero en general hay que reconocerle coherencia en el contenido y eficacia en la forma.

También cumplieron con su papel los interpelantes. Los reproches a la falta de previsión del Gobierno en la crisis, las “ayudas” sin reciprocidad evidente a los banqueros, las dudas sobre la factibilidad del “consumo patriótico”, la reclamación de autonomía ante los obispos, lo absurdo del régimen diverso de vacunación de niños por autonomías… Son planteamientos que están al cabo de la calle, y que el Presidente recibió en vivo y en directo, superando el círculo de asentimiento acrítico y estéril que suele rodear al poder.

¿Logró Zapatero ofrecer satisfacción a cuantos le preguntaron en el plató y a quienes le escuchaban en casa? Posiblemente no rindió a todos con sus argumentos y su elocuencia, pero el programa contribuyó a que muchos políticos aterrizaran en las preocupaciones reales de la gente, y a que mucha gente se viera representada en sus reivindicaciones ante los políticos que dan la cara.