Las elecciones en Francia, parciales -solo votaba la mitad de los cantones-, han dado dos resultados aparentemente espectaculares. La abstención del 56% es un récord en este tipo de elecciones. Sí, pero es la primera vez que se convocaban de manera aislada. En otras elecciones estaban asociadas a otras, por ejemplo a municipales, lo que evidentemente motiva más a los electores. Además, esta cifra se dio también en las elecciones europeas pasadas. Por lo tanto, la desafección del electorado francés como de otros países no es de hoy. Es igualmente cierto que desde el Gobierno se ha restado sistemáticamente importancia a esta convocatoria y que las campañas electorales, muy pobremente concurridas, han sido exclusivamente locales aunque se desplazasen los líderes de los partidos. Con ello no quiero ignorar los profundos motivos de descontento, de desinterés que la puedan justificar. Ahora bien, también figura entre ellos una falta evidente y fácilmente verificable de ciudadanía en el país. Más grave es la abstención en los barrios «calientes», donde el paro roza el 40%. ¡En esos lugares la abstención llega a alcanzar el 80%! Es indiscutible que en una democracia tan asentada como la francesa el primer resultado político es la abstención, es decir, el rechazo a definirse políticamente. ¡Y no es que falten opciones! Además de responsabilizar a los políticos de esta abstención, también debe tenerse en cuenta una actitud de los ciudadanos que de ampliarse supondría el fin de la democracia.

La segunda consecuencia de las elecciones ha sido el auge del Frente Nacional. Muchos comentaristas lo han magnificado y, con toda la razón, han señalado que esta irrupción, que no es nueva, modifica el panorama político. El 15% conseguido por la extrema derecha en unas elecciones como las locales donde la personalidad local del candidato cuenta mucho -el 55% de encuestados decían definirse en función de consideraciones locales- representan un indiscutible éxito. Pero, porque hay que poner algunas reservas al análisis, la abstención aumenta el porcentaje de los votos emitidos. Por ejemplo, el Frente Nacional ha obtenido aproximadamente los mismos votos que en 2004, cuando la abstención era menor y, por lo tanto, el porcentaje inferior. El 15% en unas elecciones con un 56% de abstenciones no equivale a los 20 o 21% anunciados en las encuestas para las presidenciales de 2012. Se debe recordar además que, con altos y bajos, la extrema derecha es una constante en la política francesa desde hace un siglo, con la excepción de los primeros años de la Cuarta República. Desde Maurras, hasta Marine Le Pen, pasando por Laval, Poujade… es una corriente de nacionalismo, creada en la misma época en que amanecía el fascismo y poco después el nazismo. Lo que ocurre es que de vez en cuando se mezcla, se esconde, diríamos en España, entre la derecha cuando esta utiliza sus ideas. ¿No es cierto señor Rajoy? Bastantes amarguras le da esta ambigüedad al líder popular, aunque de momento saque mucho beneficio de ello. Pero la inteligencia de Marine Le Pen ha sido la de añadir al mensaje del miedo y de la xenofobia un eslogan económico, que será poco a poco un peligroso programa de proteccionismo social. Su padre proclamaba que el trabajo debía ir primero. La hija, más astuta, utiliza el miedo al extraño, a la mundialización, a la realidad de las deslocalizaciones para pedir una actitud proteccionista que mantenga en Francia los puestos de trabajo. Para ser justo conviene señalar que si se debe corregir el éxito de la extrema derecha por la abstención, esto supone también que la victoria de los socialistas no es tan contundente como parece y que la derrota de la mayoría de Sarkozy es un verdadero cataclismo. Y esto se explica únicamente porque parte de sus electores han vuelto al Frente Nacional de donde venían y otros no han ido a votar. Esto puede ocurrir pronto.

El mismo domingo 20 de marzo los alemanes votaban en Sajonia. Los periódicos titulan que ganó Merkel, quizá porque la situación económica de Alemania no lleve a la desesperación de Francia o España. Pero la realidad no es tal. Su partido ha obtenido el 32,5% de votos, bajando de tres puntos. Los socialistas han obtenido 21,5 para el SPD y 23,7 para Linke, los Verdes 6,8. Haciendo cuentas de otro mundo, los votos socialistas suman 45,2% ¡Vivan las divisiones! Uno será cola de león y el otro cabeza de ratón, pero ninguno de ellos llegará a ser cabeza de león. Esta relativa estabilidad después de anteriores descalabros de la señora Merkel está seguramente relacionada con la bonanza económica del país. Prueba de ello es el fracaso de los neonazis. Pero lo que ocurre en Fukushima no ha disparado el voto verde. Si se suma éste a los votos socialistas estamos en un 52% de votos de izquierda. ¡Apuesto a que nuestros compañeros alemanes se las arreglen para que con tal resultado gobierne la derecha!

El último tema que quisiera comentar es el de la sucesión de nuestro Presidente. Parece ser un problema condicionado por las próximas elecciones municipales. Los sondeos afirman que existe un rechazo a la figura del Presidente que acosa gravemente las intenciones de voto a los socialistas. Hay quien defiende, con total derecho, que Zapatero se declare antes del voto sosteniendo que es para suprimir incógnitas previas a las elecciones. No es la incógnita que rebaja el voto al PSOE, parece ser verdaderamente la persona de nuestro Presidente, lo demuestran los sondeos cuando se cambia de candidato. Por lo tanto, lo que desean es que Zapatero declare antes de los comicios próximos que no renovará su candidatura. Con ello se eliminaría esta hipoteca ante los ciudadanos descontentos de su política y las perspectivas electorales inmediatas serían quizá mejores. Claro que en este caso hay que abrir el proceso de primarias. Y aun cuando se diga que el proceso no se abre hasta dentro de tres, cuatro o cinco meses, todos sabemos que al día siguiente de la renuncia anunciada empezaran las lógicas competiciones de candidatos o de partidarios de candidatos. Con lo cual escasa ventaja sacaríamos de haberse Zapatero inmolado precozmente en el altar de nuestras perspectivas electorales regionales y municipales.

Por lo tanto creo que por sentido común debemos quedar como estamos. Nuestro Presidente y no lo olvidemos, Secretario General del PSOE, declarará su decisión cuando lo estime útil. No es el primero en conocer las dificultades de este tipo de calendarios. Pero a esto quiero añadir un matiz muy importante. No soy partidario de elecciones primarias, pero están en nuestras posibilidades estatutarias. Por lo tanto, no solo las respeto sino que afirmo lo siguiente. Siempre y cuando se declaren dos o más candidatos deben celebrarse elecciones primarias. Y si uno de los dos fuera José Luis Rodriguez Zapatero, evidentemente también. El Comité Federal es el órgano que debe decidir sobre las primarias y sus fechas. Tiene potestad para hacerlo cuando lo estime necesario, sin estar sujeto estatutariamente a la decisión de nuestro Presidente de gobierno. En él radica la responsabilidad final de designar al candidato. Quienes crean necesario abrir desde ahora el proceso tienen a su disposición el foro adecuado.

La política que lleva nuestro Presidente puede apreciarse diferentemente entre nosotros, y con total derecho a manifestarse internamente sobre ella. Pero ha sido repetidamente aprobada por los organismos responsables de nuestro Partido, del cual el Presidente del Gobierno es Secretario General. Nos puede o no gustar que los ciudadanos declaren hoy que no aprueban su política, pero es imposible afirmar que no es la política del PSOE, ocurra lo que ocurra. En esto radica el fondo del problema: ¿aprobamos o no la política de nuestro Presidente? ¿Creemos sinceramente que la opinión publica, aunque tenga razones para rechazarla, tenga razón en hacerlo? No sigamos al señor Rajoy en su intento de personificar el enemigo. Sería entrar en el juego del PP, sucio como acostumbra.