Por hacernos una idea de la envergadura de este drama humano y de su trepidante ritmo, sólo en el año 2013 unos seis millones de hombres, mujeres y niños tuvieron que abandonar sus países resultando el nivel de desplazamiento más elevado desde que se contabilizan datos. La guerra de Siria, con más de 3 millones de refugiados, los conflictos de Sudán del Sur, de Malí, de la República Centroafricana y de la República Democrática del Congo han sido los principales detonantes que explican el aumento tan considerable de desplazados en el mundo. El caso de Siria es especialmente llamativo, pues tras haber sido uno de los países que durante años más refugiados acogía, especialmente a palestinos, afganos iraquíes y somalíes, se ha convertido, tras tres años de guerra, en el segundo emisor.

Y ante esta realidad, los presupuestos de cooperación y las ayudas internacionales han caído en la mayor parte de los Estados, prueba de ello es que a diferencia del año 2012 en el que pudieron retornar a sus países de procedencia 526.000 personas, en 2013 se contabilizaron 416.600 casos. Llama la atención que sean los países en vías de desarrollo los que en mayor medida acojan a los refugiados del mundo (86%), en particular Pakistán, Irán, Líbano o Jordania, a diferencia de lo que ocurre en los países más desarrollados que en tan solo una década han pasado de recibir a más del 30% a tan solo el 14%.

La Unión Europea, según se infiere del informe La situación de los refugiados en España de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), acogió en 2013 a un 3% del total de refugiados mundiales. En particular, Alemania, Francia, Suecia, Italia y Reino Unido tramitaron el 70% de las solicitudes, a gran distancia de España con un escueto 1,03%.

Hechos que llevan de sí que para muchas de estas personas la única vía que tengan para acceder a Europa sea recurrir a mafias dedicadas al tráfico de seres humanos en viajes largos y de sumo peligro. De hecho según estimaciones de ACNUR más de 2.000 personas han perdido la vida en el Mediterráneo en 2013, recordemos que tan solo en la tragedia de Lampedusa del pasado mes de octubre fallecieron cuatrocientos seres humanos y, más recientemente, el pasado fin de semana, Italia rescató en el canal de Sicilia a 5.000 inmigrantes, de los cuales 30 fueron encontrados muertos a bordo de un viejo pesquero.

La segunda noticia hace referencia a que Estados Unidos vive en estos momentos la mayor crisis migratoria de las últimas décadas y miles de menores no acompañados centroamericanos están cruzando sus fronteras en su huida de la pobreza y la falta de futuro. Proceden, en su mayor parte, de El Salvador, Guatemala y Honduras. Niños, muchos de ellos, que se convierten en víctimas de delitos violentos, de abuso de menores o de mafias sin escrúpulos.

Por hacernos una idea de la envergadura de este tragedia, a principios de la primera década del siglo XXI, el número de niños que se embarcaban en la aventura del sueño americano no superaba la media de los 6.700 al año, sin embargo solo entre octubre de 2013 y mayo de 2014 la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos detuvo a 46.188 menores de 17 años. Lo cual a día de hoy ha supuesto una crisis humanitaria en uno de los países más ricos del mundo y congresistas y senadores demócratas piden respuestas urgentes ante ésta tan difícil situación. De hecho el Vicepresidente de EEUU viajó a Centroamérica la semana pasada para reunirse con las autoridades de los países de procedencia de dichos menores, con la finalidad de dar soluciones ante lo que ya es considerado un desafío de emergencia social.

Y mientras esto sucede, en nuestro propio país miles de niños viven en centros de inmigrantes como el de Ceuta y Melilla, tras interminables viajes de meses, incluso de años tras salir a la desesperada de sus países de procedencia. Mientras los sirios están acompañados de sus familiares, los subsaharianos están solos y, todos ellos, se encuentran a la espera de una resolución legal de su caso en particular.

En el mes de abril visité, junto a varios compañeros y amigos, el Centro de Internamiento de Inmigrantes Melilla, en donde a día de hoy el Ministerio de Empleo cifra en 468 los menores que viven en su interior (447 de ellos sirios). Allí, pudimos comprobar que a pesar del esfuerzo titánico de su director y de los profesionales que trabajaban en el mismo, la propia coyuntura, el desbordamiento de usuarios (1.700 en aquel momento y 3.000 actualmente) hacía imposible que las condiciones de vida de aquellas personas fueran óptimas en su integridad.

Para los académicos que nos dedicamos a estudiar las desigualdades sociales, la pobreza, las situaciones carenciales en el mundo, la exclusión social y que tratamos de ilustrarnos al máximo con datos e informaciones actualizadas sobre tan complejos e injustos hechos, ver con ojos propios a los protagonistas de nuestros trabajos e investigaciones, resulta de una dureza que jamás un texto podrá recoger, aunque mi mente se esfuerce en recordar las sonrisas alegres de los niños y niñas que viven en la tragedia, pero que por su corta edad se muestran ajenos a la misma.

En los mismos días en los que visitamos el Centro de Internamiento de Inmigrantesrecuerdo algunasnoticias que llamaron mi atención por otras razones muy diferentes y en los últimos días otras tres, que como podrán comprobar distan mucho de las destacadas en este texto: “El reloj inteligente de Apple se venderá en octubre”, “Y de postre, te imprimo unas fresas” o la inquietante que refería que “Google compra Dropcam, dedicada a vigilar hogares”, un nuevo posible gran hermano en los países más prósperos para las próximas décadas.

Y de nuevo como en otras ocasiones permítanme plantearles que no alcanzo a entender el mundo en el que vivimos,ni tampoco la vileza a la que pueden llegar algunos seres humanos, responsables de tanta tropelía e injusticia y ante la cual, emulando el comienzo de este texto, ningún ciudadano de bien puede no sentir un profundo malestar, a lo que añadiría ni quedarse con los brazos cruzados.