IOWA, SÍNTOMAS Y PARADOJAS

No sería muy útil extraer demasiadas conclusiones de las primarias republicanas de Iowa. Como se ha dicho con pertinencia, la carrera acaba de comenzar, el Estado es pequeño y poco significativo o representativo, si nos atenemos a la reciente historia electoral. Baste recordar que quien luego sería el presidente republicano con mayor apoyo político en más de medio siglo, Ronald Reagan, fue derrotado en las primarias de Iowa en 1976, por un ya por entonces cuasi cadáver político, aunque en ese momento presidente en ejercicio (incumbent), Gerald Ford.

No importa por tanto que la victoria de Romney hay sido tan exigua, tan pírrica que, con razón, en su entorno no se haya podido disimular el sabor a derrota. Tampoco convendría exagerar la trascendencia del auge del ‘ultra’ Rick Santorum (curioso apellido para sus inclinaciones ideológicas). Lo más interesante, a nuestro juicio, es que el ex-gobernador republicano de Massachussets puede verse impelido a un juego de imposturas para ganar la nominación. Los resultados de Iowa pueden hacerle calcular que necesita parecer más conservador de lo que es, con el propósito de ganarse a las bases más movilizadas de su partido y sus simpatizantes.

Pero, al hacerlo, Romney corre el riesgo de dejarle completamente libre el centro al candidato demócrata, Barack Obama. Y no sólo eso: también puede perder el foco de las necesidades del país, exponerse a acusaciones de oportunismo en el proceso de primarias y sufrir un desgaste de legitimación. La retirada de Michelle Bachman, una versión más sofisticada de Sarah Pallin (ma non troppo) y la debilidad extrema de Perry más que fortalecer la moderación de Romney puede ensanchar las opciones de Rick Santorum y del ‘anarquista’ de derechas Ron Paul. El primero lo acosará con sus mensajes morales de catecismo; el segundo, le pondrá difícil formular posiciones de responsabilidad del Gobierno, en el tratamiento de la crisis.

El otro candidato conservador, bien que debilitado en Iowa, intentará no resultar laminado en New Hampshire, estado muy inclinado por Romney, y llegar vivo a Carolina del Sur para mantener sus opciones, al menos hasta el supermartes de primeros de marzo. Curiosamente, la ayuda podría venirle a Romney del ausente en Iowa, John Hutsman. También conservador, pero más templado, colaborador ocasional de Obama como titular de la embajada en Pekín, si su estrella se eleva, podría ayudar al front runner republicano a centrar el debate, a despojarlo del fundamentalismo conservador. Habrá que esperar, no a la próxima cita, sino a la siguiente.

LA SOMBRA DE HORTHY

Y si en los Estados Unidos el conservadurismo militante empuja hacia opciones políticas extremas, en Europa, más lenta en sus actuaciones y menos simple en sus manifestaciones, se dibujan panoramas no menos inquietantes.

El caso húngaro quizás haya pasado demasiado desapercibido. Pero es de una gravedad nada desdeñable. Un gobierno derechista y populista, amparado en una amplísima mayoría parlamentaria, en la debilidad política opositora y en una cierta paralización social, ha sacado adelante una reforma constitucional y un rearme legal que recorta las libertades cívicas, refuerza el poder del ejecutivo e instaura un autoritarismo en casi todos los ámbitos sociales, políticos e ideológicos.

Conviene recordar cómo se ha llegado a esta situación. Hungría fue el primero de los países bajo control soviético que inició la liberalización a finales de los ochenta. Fiel a su tradición de abrir brechas, como hizo en 1956, el sector reformista del comunismo húngaro comprendió la necesidad de modificar el sistema. Desde Hungría, y merced a la tolerancia oficial, se produjo la huida de ciudadanos turistas de otros países del Este durante el verano de 1989, desencadenando la crisis de las embajadas. Meses antes, el gobierno húngaro ya se había declarado en sintonía con la apertura de Gorbachov, cuando el resto de los aliados del Pacto de Varsovia permanecía atrincherado en la ortodoxia.

Sin embargo, la marea derechista (no confundir con liberal, al menos en lo político), barrió a los comunistas convertidos en socialistas. La derecha, moderada primero, más radical enseguida, se hizo con el poder a comienzos de los noventa. El fracaso de la introducción brutal de la economía de mercado propició el regreso de los socialistas al gobierno, pero distintos escándalos de corrupción y algunos episodios de incomprensible infantilismo generaron un escepticismo social que, al irrumpir la crisis financiera y económica, propició la arrolladora victoria electoral del los ultranacionalistas populistas del FIDESZ.

En un año al frente del gobierno, Víctor Orban ha convertido a Hungría en un laboratorio de ensayos revisionistas de las más elementales reglas del juego democrático europeo. Se ha pervertido la independencia judicial. Se ha amordazado a los medios. Se han acomodado los reglamentos electorales a las conveniencias del partido en el poder. Se han convertido en doctrina de Estado visiones, creencias y normas religiosas, al tiempo que se restringían y obstruían otros credos y se restringía el ejercicio de derechos de otras minorías. Y, en materia económica, se ha desafiado la ortodoxia del pensamiento único europeo, al cuestionar la independencia del Banco Central. La UE ha sancionado a Orban privándole de auxilio. Irónicamente, los húngaros no recibirán la misma medicina que los griegos.

Como resumen de esta transformación autoritaria, se elimina el término ‘república’ de la denominación oficial del país, que pasa a llamarse simplemente ‘Hungría’. En una excelente entrevista con LE MONDE, el politólogo húngaro Gradvohl avanza el simbolismo de esta decisión. «El país no se define ya como un régimen político. Es el pueblo, más allá de sus fronteras, lo que construye su esencia».

En efecto, lo que Orban y sus seguidores recuperan es el viejo sentimiento de la patria desmembrada, diseminada, tras la derrota de la vieja Monarquia Dual (Austro-Hungría) en la Primera Guerra Mundial. Por el Tratado de Trianon, los vencedores impusieron un duro castigo a la patria magyar: la amputación de un tercio de su territorio. Orban reclama simbólicamente, con la modificación del nombre del país, que Hungría no está completa, que le falta esos territorios históricos en Eslovaquia, en Rumanía, en Ucrania, en Serbia (la Voïvodina). De ahi que Gradvohl y otros historiadores han visto en Orban una especie de evocación de Miklos Horthy, el almirante que asumió la regencia tras el derrumbamiento austrohúngaro y, durante todo el periodo de entreguerras, ya convertido en dictador, intentó reconstruir la integridad territorial lesionada. No dudó en aliarse a Hitler, en ser integrante del Eje, aunque al final lo traicionara y buscara un acuerdo secreto con las democracias. Terminó exiliado en Portugal, donde murió.

¿Se inspira Orban en el designio de Horthy? No en los medios, por supuesto, porque el contexto histórico es distinto y el origen de las frustraciones nacionalistas es diferente. Pero el sustrato es equivalente: una crisis económica devastadora y una ausencia clara de respuestas solvente por parte del sistema democrático liberal. La tentación autoritaria se presenta, por momentos, irresistible.

En los noventa, con la desaparición de los regímenes comunistas, se produjo un esperable auge de las reivindicaciones nacionalistas. Las nuevas élites políticas, huérfanas de referencias y oportunistas por las prisas en dotarse de discursos movilizadores, desempolvaron banderas e invocaron fantasmas. El impulso por lograr la prosperidad económica y social arrinconó momentáneamente el nacionalismo, pero no lo desterró. Y, ahora, la crisis y la decepción por el amparo de regresar a una Europa democrática, abre un periodo de incertidumbre . Como señalaba hace unos días THE GUARDIAN, la preocupación excede los limites de Hungría o el alcance de Orban. La pesadilla -concluía el diario- sería que esta forma de nacionalismo xenófobo y derechistas se convirtiera en la norma de la periferia europea».

¿Sólo en la periferia? Conviene recordar otros movimientos con predicamento político sólido como la Liga Norte en Italia, los nacionalistas-populistas ya mayoritarios en la Bélgica flamenca (con capacidad para desestabilizar el frágil gobierno ‘unitario’), la tendencia xenófoba en Holanda y los países nórdicos (con el Estado de bienestar como principal objetivo a debilitar). Por no hablar de la incógnita del Frente Nacional en Francia, con el vigor que pueda infundirle el nuevo liderazgo de Marine Le Pen, quien podría aprovecharse del debilitamiento de la derecha gaullista o moderada.

Por tanto, a los dos lados del Atlántico, la fiebre ultraconservadora amenaza con secuestrar y abrasar el debate político, seducir con recetas salvadoras trascendentes, con apelar a la mano divina para ignorar o desdeñar las respuestas simplemente humanas. Se echa en falta una posición progresista sólida, auténtica y diferencia. En Norteamérica y en Europa. Es urgente y el tiempo se acaba.