Por ello, en la medida que los factores psicológicos están siendo muy dañinos en el curso de la crisis económica, no habría que tomarse a broma las sugerencias de aquellos que sostienen que en un buen comité de crisis habría que contar con buenos psicólogos.

El problema que ahora tenemos es no sólo no demorar la adopción de medidas eficaces y específicas para cada uno de los principales elementos de deterioro económico, sino también que no hay que dejarse llevar por la depresión, la melancolía, ni los pretextos sustentados en críticas recíprocas. Ahora es inútil dedicar tiempo a dilucidar quién ha sido más estúpido o más ignorante en materia de política económica, o quien ha cometido más errores. Lo fundamental en estos momentos es no dejarse arrastrar por el desánimo y las sensaciones de impotencia. Posiblemente hay aspectos de las crisis cíclicas del capitalismo que son inevitables, de la misma manera que no es incierto que de muchas crisis se puede salir más fortalecido y saneado. Pero lo que resulta peligroso es permanecer paralizado por los miedos y las dudas, sin capacidad para adaptar medidas con prontitud, atenazados por erróneas concepciones ultraliberales que llevan a pensar que las malas tendencias económicas son una especie de fenómenos naturales e inexorables, como el pedrisco o los tornados, frente a los que sólo se puede agachar la cabeza, cruzar los dedos y esperar que pasen pronto.

Tales concepciones ultraliberales y pasivizantes, se sustentan en una fe casi irracional en las capacidades rectificadoras y autorreguladoras del mercado, y pueden hacer un daño enorme a la evolución económica.

El subjetivismo y las exageraciones ciclotímicas son dos de las principales secuelas de esta forma de pensar. Por ello, las decisiones políticas que ahora se necesitan tienen que empezar combatiendo resueltamente el fatalismo y los diagnósticos tremendistas y sesgados. No es cierto, por ejemplo, que el desarrollo español se haya basado solamente en el ladrillo y en la especulación, y tampoco es cierto que el sector de la construcción sea el culpable de todos los males económicos y que merezca ser estigmatizado y “condenado a su suerte”. Algunas interpretaciones al uso pueden acabar causando bastante daño a un sector que ha llegado a aportar el 12% del PIB y al que hay que procurar reactivar con políticas inteligentes e imaginativas. Pero en la economía española también pesa mucho el sector turístico y el consumo interno, lo que exige estimular la confianza de los consumidores y sus capacidades, entre otras cosas, con políticas de inspiración keynesiana. Y, desde luego, no hay que olvidar tampoco las capacidades de nuestra industria automovilística –la sexta del mundo– y su importante componente espectador, así como la de otras industrias de equipamiento. Ni los avances en robotización, ni los logros en generación eléctrica, especialmente eólica, ni las grandes posibilidades que España tiene en el sector de la energía solar.

El modelo clínico del deprimido –en este caso del deprimido ante la “depresión”– suele llevar a exagerar los problemas, a buscar chivos expiatorios y a no reaccionar con sentido práctico y espíritu positivo, analizando potencialidades, apoyándolas y estimulándolas decididamente. Se trata de un modelo de comportamiento que retroalimenta los problemas y que habría que ser capaces de atajar decididamente.