En España es notorio que tenemos una situación pésima en cuanto a la natalidad. Estamos en el 1,4% como índice de fecundidad, como Alemania y un poco por debajo de la media europea, que se sitúa en un 1,5%. Y vamos a peor: los nacimientos han bajado de un 5% en 2010, pasando de 11,73 niños por mil habitantes a 10,73. En Francia este índice está en 13 por mil. El bajón es impresionante y de no ser por la inmigración, que aporta el 20 por ciento de los nacimientos, nuestro país iría camino de un derrumbe drástico de la población acompañado de un envejecimiento considerable. Las consecuencias son evidentes. Si nos preocupamos, y con razón, de la disminución de los cotizantes en relación a los pensionistas en un futuro bastante próximo, ¿qué deberíamos pensar del ratio entre jóvenes y viejos de aquí a unos veinte años? Pensando además que una de las causas del bajón de la natalidad es que la población de mujeres con edad de fertilidad baja regularmente. ¡Ya la media de los partos está en 30,9 años!

No es necesario profundizar en las consecuencias desastrosas a todos los niveles que esta situación tiene y que sólo encuentra un remedio insuficiente en la inmigración. Pero esta se ve condicionada por el mercado laboral del momento y en ningún caso por una preocupación demográfica de futuro. Entonces debemos reconocer que nuestra sociedad se inquieta poco por este problema, quizás por que la despreocupación es parte de nuestra psicología. Evidentemente podemos criticar los sucesivos gobiernos que desde siempre poco se han interesado eficazmente por este tema. La transición demográfica llegó cuando la natalidad española, como en cualquier país en vías de desarrollo, era fuerte. Desde entonces han cambiado las condiciones de vida: alza del poder adquisitivo, ingreso de la mujer en el mercado laboral, mejora cultural impresionante, legalización y difusión de los métodos anticonceptivos, debilitamiento de la influencia de la Iglesia, dirán algunos, aunque hay que señalar que en Francia el buen índice de fecundidad va acompañado de una disminución de 3,5% de las bodas. Por lo tanto, no hay relación entre los empeños obispales de defensa de la familias a lo clásico y la fecundidad, al contrario. La natalidad no era un problema al principio y cuando empezaron a apuntar las malas cifras, los gobiernos españoles no se preocuparon para nada de instaurar una política de ayuda familiar de largo alcance, a pesar de encontrarse en algunos periodos con un crecimiento económico que lo permitía. Esto no se debe únicamente a una falta de visión de futuro por parte de los responsables, sino que está inducido por una tremenda pasividad de la sociedad sobre este tema. Valga un ejemplo reciente: la reducción del 5% del salario de los funcionarios ha levantado considerables protestas, mientras que la supresión del cheque-bebé ha sido asumida con cierta resignación. Y era prácticamente una de las pocas medidas de política familiar para tratar de impulsar la natalidad, aún cuando se pueda discutir si era realmente lo que había que hacer en este tema. De momento, la baja natalidad apunta a cierto fracaso de la medida. Pero como ya no existe no vale polemizar sobre ella, aunque se puede aprovechar la ocasión para plantear una política de más alcance, y no de una prima momentánea.

La natalidad es quizás el mejor indicador de la calidad de vida en una sociedad desarrolladla porque está condicionada por factores económicos, laborales, sociales, culturales, de bienestar. El análisis de los problemas que se puedan plantear debe ser una prioridad. Pero además es un criterio para enjuiciar si una política se enfoca al porvenir de la sociedad y no únicamente a la gestión coyuntural de los problemas. En nuestro país es revelador el déficit social que tenemos respecto a otros países europeos, a pesar de los progresos enormes que la democracia ha permitido. Tiene unas exigencias, como la Educación, que deben respetarse con total prioridad, con crisis o sin crisis. Lo deben pensar el Gobiernos nacional y autonómicos, los partidos, los sindicatos y los ciudadanos. Como decía el poeta Aragón: “la mujer es el porvenir del hombre”. Sin ser en lo más mínimo machista, esto es cierto más en términos de maternidad que de paridad.