Se sabe lo que pide con cierto apremio el alto mando militar: más tropas si se quiere evitar el fracaso. Fracaso equivale a derrota. El general McChrystal aplica aquí lo que viene siendo elemento central de las estrategias de combate de los Estados Unidos en sus guerras de baja intensidad desde la revisión realizada a comienzos de los ochenta, cuando se decidió que el Pentágono debía estar preparado para afrontar “dos guerras y media”. Ese principio es que cualquier intervención militar debe contar con una fuerza masiva, desproporcionada quizás, para asegurar una victoria contundente pero sobre todo rápida.

El desdichado Donald Rumsfeld, cruzado de tantas contrarrevoluciones radicales, se permitió cuestionar este principio en la guerra contra Irak e impuso a los generales del Pentágono una campaña inicialmente reducida. Tenía el entonces secretario de Defensa la idea de que los militares también se comportan como burócratas y tienden a gastar más de lo necesario. Seguramente, como no se creía sus propios embustes sobre las capacidades de destrucción masiva de Saddam Hussein, apostó por movilizar recursos limitados, pero altamente eficaces. A principio, la estrategia resultó. La guerra fue corta y hubo más victimas propias causadas por fuego amigo que por Irak. Pero la posguerra resultó muy diferente. Cuando el ejército norteamericano se convirtió, sin disimulo ni retóricas, en fuerza de ocupación, pasó lo que pasó. Y los generales le pasaron factura a Rumsfeld. Lo fueron debilitando a medida que las bajas de adolescentes norteamericanos aumentaban y la gran farsa destruía la reputación patriótica de la administración Cheney-Bush (por este orden). Hasta que el más listo de la sala de banderas, el general Petreus, consiguió convencer a la Casa Blanca de que la única forma de revertir la situación y maquillar el desastre era incrementar las tropas combatientes en Irak: el famoso “surge”. Así se hizo, y con Rumsfeld ya en la “reserva” (definitiva), se libró la “guerra de los militares”, la que los militares querían. Aquí dejamos la analogía. Y volvemos a Afganistán.

Aunque la situación sea bien distinta, como ya hemos explicado aquí, la receta castrense no difiere mucho: más tropas para garantizar el éxito. Los argumentos centrales del requisitorio de McChrystal fueron desveladas en el WASHINGTON POST por Bob Woodward (el periodista del Watergate): hay que aumentar las tropas para superar la movilidad de los talibanes y su eficaz manejo del terreno y de la frustración local, y así poder proteger a la población de los ataques y amenazas, hay que formar a las fuerzas militares y de seguridad afgana para hacer posible una retirada ulterior con garantías. Esa es la letra grande. Pero la letra pequeña tiene un interés incuestionable.

McChrystal no se muerde la lengua al analizar los factores que están complicando la misión. Del mando de la OTAN en Afganistán afirma que está “mal configurado”, es “poco experimentado”, está “distanciado de los afganos” y no entiende “aspectos críticos de la sociedad afgana”; como consecuencia de los cual, los soldados aliados están más preocupados de “protegerse a si mismos que de proteger a la población local”. Del gobierno afgano, asevera que está debilitado por una “corrupción generalizada” y el “abuso de poder”. De los talibanes, que son despiadados, pero astutos y con gran capacidad para la propaganda y el reclutamiento de desafectos, especialmente en las cárceles, convertidas en viveros de terroristas.

Ya antes del informe, la Casa Blanca empezaba a sentirse visiblemente incómoda por una guerra cada día más enrevesada. La tesis preelectoral de Obama de que Bush se había equivocado de guerra era sugerente para que el alma conservadora de Estados Unidos no se espantara y no pudiera presentarlo como un pusilánime que carecía de agallas para ser comandante en jefe. La fórmula de Obama era brillante es su sencillez: cambiamos los huevos de cesto, nos vamos –ordenadamente- de Irak y nos concentramos en Afganistán (y Pakistán), derrotamos a los talibanes, cazamos a Bin Laden y a sus últimos guerreros del apocalipsis jihadista y nos preparamos para una nueva era de paz y estabilidad en Oriente Medio. Pero estalló la crisis económica, seguir gastando en guerras remotas y poco productivas se hizo más difícil día a día, la situación sobre el terreno empeoraba, las bajas alcanzaban cifras récord y los amigos locales no sólo se dedicaban a enriquecerse sino que, además, no tenían empacho en amañar las elecciones sin disimulo. En sólo unos meses, el cántaro roto, y la leche, derramada.

Obama ha dicho que examinará la petición de McChrystal, pero “no hay que poner el carro delante de los bueyes” (sic). O sea, que primero hay que redefinir la estrategia y luego decidir los recursos que se asignan. Pero lo cierto es que el informe del general –y su conocimiento público- ha apremiado el debate. Hasta el punto de que Obama reunió el día 13, domingo, a sus principales asesores para escuchar sus propuestas. El vicepresidente Biden estuvo muy claro: olvidémonos de Afganistán, allí ya no hay terroristas islámicos, hay que preparar la retirada y concentrarse en destruir a los binladistas y sus amigos talibanes afganos y pakistaníes en la porosa zona fronteriza, a base de bombardeos de los aviones Predator y otros efectivos especiales. O sea, pasar de la contrainsurgencia al contraterrorismo. Esta opinión no fue compartida por los otros altos cargos. Hillary Clinton incluso llegó a decir en la PBS: “si Afganistán es tomado por los taliban, no quiero decir lo rápido que regresará allí Al Qaeda”. Pero que la “solución Biden”, desestimada por Obama en marzo, haya vuelto a considerarse indica la “amplitud de la revisión que está haciendo la administración”, subraya el diario neoyorquino.

Los militares temen que Obama se esté arrepintiendo de haber ordenado el envío de 21.000 hombres más esta primavera, según fuentes del Pentágono citadas por THE NEW YORK TIMES. Por su parte, Robert Dreyfuss asegura en el semanario progresista THE NATION que en círculos neocon se especula con que McChrystal dimita si no obtiene las tropas adicionales que ha solicitado. THE WALL STREET JOURNAL asegura que la Casa Blanca le pidió que aplazara su informe. Pero este general proveniente de las fuerzas especiales y con algunos episodios oscuros en su historial se habría sentido respaldado por muchos de sus superiores. No es descartable que Obama tenga que acudir a su “ministro prestado” (de Bush), el secretario de Defensa, para aplacar los ánimos. Después de todo, el propio Gates lo dijo alto y claro cuando se conoció el informe de McChrystal: “lo de Afganistán va para largo, mejor es que nos tomemos un respiro y reflexionemos con calma”.

¿Quién se acuerda de la “guerra necesaria”? Ahora hay que evitar que se vuelva insoportablemente incómoda.