De repente, salta el grito de la indignación. Hemos pasado de la indiferencia a la indignación con una patada, sin pasos previos. ¿Qué ha pasado? La situación económica, sin duda alguna. El hecho de que crezca el desempleo y, ante esta crisis, se vea debilidad política e impunidad para quienes han generado esta dramática situación. Tenemos más motivos para estar indignados que para ser indiferentes. Y, de hecho, muchos sentimos simpatía e ilusión con la aparición del movimiento 15-M, que pensamos que es necesario para agitar conciencias, provocar una manera diferente de entender la ciudadanía, obligar a la participación, y deconstruir a unos partidos políticos antiguos y rígidos.

Hemos aprendido muchas cosas, algunas ya veníamos advirtiéndolas, y parecía que no había suficiente “argamasa” para unir el descontento y la reflexión:

– Los partidos políticos se han quedado antiguos para dar cobijo a la participación ciudadana y a voces plurales.

– La sensación real de que el poder está en manos no democráticas como los mercados, los bancos y el capital financiero.

– La democracia representativa se debilita cuando la corrupción, la propaganda y el electoralismo hacen mella en el sistema.

Todo eso es real y lo sabíamos. Veníamos denunciándolo y parecía que a nadie le importaba. Pero es verdad que llevamos 30 años de democracia, con grandes logros y avances en el bienestar pero también con debilidades y flaquezas producidas por el desapego ciudadano ante una representación política que se ha convertido en “clase y élite”.

Ahora bien, llevamos 30 años frente a 30 días. Un movimiento de 30 días que debe reconducir su indignación con autocrítica y prudencia, o el final será muy triste. Después de esta crisis, nada será igual. Los parámetros están cambiando. Hay que aprender y corregir, pero todos: también los que protestan y parecen haber descubierto ahora las debilidades del sistema.

Hemos pasado de la indiferencia a la indignación de forma tan ciclotímica como se pasa de la euforia a la depresión. Hace tres años éramos ricos, listos, los mejor preparados, con más derechos sociales y libertades, individualistas y hedonistas, para pasar de golpe a la depresión y al sentimiento extremo de que “todo es una mierda”. ¿Dónde está el trasfondo moral en este proceso? ¿Qué hubiera ocurrido si no hubiera una grave crisis económica: todo seguiría igual, nos importaría poco la debilidad democrática y la corrupción de muchos políticos o que siguieran gobernando los mercados y la especulación, siempre y cuando “lo mío” estuviera bien?

Entre quedarnos colgados en la nostalgia pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor, cosa que nunca es cierta, a destruir radicalmente todo haciendo cenizas de los 30 años democráticos, hay pasos intermedios y sabios. ¿O acaso no hemos conseguido bienestar: educación y sanidad universal, becas y ayudas, progreso social, derechos y libertades? ¿Borramos el trabajo solidario de ong´s o de organizaciones y asociaciones cívicas? ¿Lo tiramos todo y a todos?

La realidad que la indignación refleja es que: no sirven los políticos, ni los sindicatos, ni las organizaciones, ni la democracia representativa. Tan injusto es lo que está ocurriendo con esta crisis como juzgar a todo el mundo por igual; entre Carlos Fabra y miles de políticos honestos y nobles hay un abismo, y si todos somos nefastos y malos porque no botamos en las manifestaciones, no hay justicia tampoco en la indignación. El mayor peligro de nuestras democracias es el escepticismo: no creer en nada, y no se cree cuando no sabemos distinguir lo verdadero de lo falso.

Lo peor que podríamos hacer es tirar el agua sucia con el niño dentro. Porque recuperar la democracia y los derechos es muy difícil, no se hace en 30 días, pero se pueden perder en unas elecciones.