Fruto de estas campañas surgen las leyendas más variopintas y extravagantes. Todos los políticos son iguales, sus programas son intercambiables, son unos aprovechados, sus sueldos son de escándalo, disfrutan de prebendas inconfesables, trabajan poco… Los propagandistas de tales leyendas toman el todo por la parte, generalizan injustamente o mienten con descaro. Tienen algo a su favor: el clima de desconfianza que ellos mismos han fomentado y que, es cierto, el comportamiento censurable de unos cuantos garbanzos negros contribuye a reforzar.

Una de estas leyendas aparece de vez en cuando en el debate público bajo la denominación de “vacaciones parlamentarias”. Se acusa a los diputados y senadores de tomarse unas vacaciones desmesuradas durante más de tres meses al año. Valgan las siguientes precisiones para desmontar su falsedad. 1) La duración de los períodos ordinarios de sesiones no se establece al dictado de políticos perezosos, sino en función del mandato expreso de la Constitución en su artículo 73: de septiembre a diciembre y de febrero a junio. 2) La propia Constitución establece la posibilidad de celebrar sesiones extraordinarias durante los meses restantes, enero, julio y agosto, como de hecho se hace siempre. 3) Pero es que resulta incierto y sumamente injusto considerar que el parlamentario se encuentra de “vacaciones” cuando no está presente en su Parlamento, porque su actividad cotidiana trasciende el escaño y el botón de voto: tomando contacto con los ciudadanos, analizando in situ dificultades y propuestas, preparando el trabajo institucional…

Por lo tanto, en estos días no me ha resultado llamativo comprobar el reverdecer de la leyenda. Sin embargo sí me ha sorprendido la falta de coherencia y de valentía con que su difusión ha sido recibida en los ámbitos que tienen encomendada precisamente la función de velar por el prestigio de las instituciones parlamentarias y sus trabajadores. En lugar de explicar con claridad la falsedad que se oculta tras esta nueva campaña de desprestigio, los máximos responsables del Congreso y del Senado se han lanzado a una carrera incomprensible, con codazos incluidos, a fin de situarse a la cabeza de las “propuestas para solucionar el problema”. ¿Qué problema? ¿Están dando por buena la acusación de que los parlamentarios somos vagos sin remisión a los que hay que meter en vereda, aun con reformas constitucionales si es preciso? ¿No hubiera bastado con denunciar el engaño a la ciudadanía y decir la verdad: que los parlamentarios en general trabajamos duro en periodos ordinarios y en periodos extraordinarios?

Personalmente llevo unos cuantos años ya en la actividad política. Por vocación propia y porque así lo han decidido los ciudadanos que me han votado en las candidaturas del PSOE. En este tiempo he podido comprobar que los políticos somos fiel reflejo de la sociedad a la que representamos y a la que servimos. Hay de todo, gente honrada y gente que no lo es, gente trabajadora y gente que trabaja lo justo. Ahora bien, en todas las instituciones y en todas las coordenadas ideológicas me he encontrado con una gran mayoría de políticos dotados de una vocación sincera y honesta de servicio al interés general, con un compromiso público encomiable y con una dedicación y un coste personal que van mucho más allá de sus muy limitadas retribuciones. No me quejo y no escucho quejas habitualmente. Esto es voluntario. Y tiene la gratificación extraordinaria de servir a tu gente y a tus ideas. Pero resulta falso e injusto tachar a todos los políticos como vagos y peseteros.

No hablaré de mí, pero sí hablaré de mis adversarios directos, todos ellos portavoces también en la Comisión de Fomento del Congreso. Andrés Ayala, del PP, brega como ponente en cuatro leyes a la vez, atiende una circunscripción lejana (Murcia) y aún tiene tiempo para brindar su experiencia (gratis) a los alumnos de la Escuela de Ingenieros. Pere Macías, de CiU, lleva las mismas leyes que Macías y que yo, pero además es Presidente de la Comisión de Vivienda, vocal en media docena más de comisiones y dirigente de su partido. José Ramón Beloki, del PNV, trabaja en más de una decena de comisiones, es Secretario Segundo del Congreso y nos representa en grupos de amistad con medio mundo. Y Gaspar Llamazares (IU) y Francisco Jorquera (BNG) ejercen de auténticos hombres-orquesta en grupos con solo dos diputados, interviniendo en todos los puntos del Pleno, acudiendo a todas las Comisiones y ponencias, atendiendo a los medios de comunicación… Insinuar siquiera que trabajan poco me parece un insulto.

La leyenda de las “vacaciones” suele venir acompañada de la leyenda de las “pensiones vitalicias”, de las “dietas millonarias”, de los “coches oficiales”, de las “compatibilidades opacas”, de los “sueldos desmesurados”… Ni más vacaciones que las que permite la intensa labor parlamentaria, ni más pensión que la correspondiente por nuestras cotizaciones y los planes concertados a la manera de cualquier empresa, ni más dietas que las establecidas en las normas (que dan justo para vivir con dignidad a los que vienen de fuera de Madrid), ni coches oficiales (eso sí: 250 euros al mes para taxis), ni más compatibilidades que las docentes o de despacho propio (a examen periódico), ni más sueldo que el reflejado en la ley de presupuestos (de los más bajos de Europa). Insisto, sin quejas, porque esto es voluntario y somos privilegiados. Pero, por favor, sin exageraciones, sin medias verdades y sin mentiras enteras.

Se ha defendido, con razón, la incongruencia en que puede recaer el Presidente del Congreso. Su invitación a los grupos para la búsqueda de “propuestas” con objeto de acabar con el “problema” de las “vacaciones parlamentarias” y ocupar a los parlamentarios supuestamente ociosos durante los meses de enero, julio y agosto, choca con otra de sus invitaciones habituales. A saber: aquella que ilustra a los diputados para estar más cerca de sus electores que de sus dirigentes en el Partido. ¿Cómo reforzarán los diputados la presencia entre sus representados si han de mantener el escaño perennemente ocupado a fin de que no ofrecer la imagen de eterna vacación?

Hágase lo preciso para optimizar el trabajo de los parlamentarios, con sentido común. Pero, por favor, evítese el dar por buenas las malas acusaciones y las malas intenciones. Porque echar tierra sobre el político y sobre la política contribuye a enterrar aquello que está llamado a proporcionarnos nuestra libertad y nuestros derechos.