Como estaba previsto, tenemos, este otoño, una nueva Liga abierta. No la de la fastidiosa rivalidad entre el Barça y el Real Madrid, sino la que anima el debate entre sí o no a la Independencia catalana. El Presidente de la Generalitat, es de su total responsabilidad, ha convocado unos comicios extraordinarios-ordinarios. Como fracasó el intento suyo de la consulta sobre el derecho a decidir ha trasladado la batalla a obtener una mayoría de diputados que proclamen la independencia. Es inútil señalar que si en una consulta de tipo referéndum, basta, en toda lógica, con la mayoría de votos para ganarlo, para tomar una decisión de ámbito constitucional en un parlamento, pocos ejemplos existen de que con una mayoría de diputados, en democracia, sea suficiente. Son argumentos que no pueden franquear la sordera nacionalista. Pero nadie negara que así se han rebajado las condiciones necesarias y suficientes para declararse independientes. Sin juego de palabras, se ha ido de más a menos.

Pero ahí no se para la rebaja de condiciones. En efecto, los dichosos correctivos proporcionales que se aplican en términos electorales permiten obtener una mayoría absoluta de escaños sin gozar de una mayoría absoluta de votos. Otra vez vamos de más a menos.

Supongamos, todas las desdichas son posibles, que Mas y Junqueras consigan su objetivo. ¿Cuál puede ser su planteamiento ulterior para gobernar Cataluña?. Porque entonces entraríamos en cosas serias, reales, que pueden impactar la vida diaria de los habitantes de Cataluña, y no el previsible folletín de la puesta en práctica de la independencia y de la batalla con el Gobierno central y el resto de la sociedad española, sin olvidar la parte importantísima de la sociedad catalana, seguramente mayoritaria, que no habrá aprobado la locura. Porque, que yo sepa, entre Junqueras y Mas existen notables diferencias en los programas económicos, sociales, culturales… Lo lógico es que tarde o temprano, desde luego antes del plazo normal, se convoquen otras elecciones extraordinarias-ordinarias, esta vez para decidir quién impone su política, o la izquierda que representa Esquerra o la derecha que es Convergencia. La unión coyuntural se rompería y otra vez iríamos de más a menos.

¿En qué estado quedaría la sociedad catalana, dividida desde el 27-S en dos bloques, en pro y en contra de la independencia y cada uno de estos bloques fragmentado por las habituales diferencias políticas de una sociedad moderna? El resultado de las últimas elecciones municipales en Barcelona podría ser un ejemplo de la atomización de la representación popular. Pero no debemos olvidar que gobernar una ciudad, por importante que sea, no es lo mismo que gobernar un país.

Desde luego en la empresa iniciada por Mas desde hace unos años de acentuar divisiones, y no confluencias, como quiere simbolizarlo su absurda y populista lista, este ha conseguido romper los partidos clásicos de Cataluña, Convergencia y Unión así como el PSC, vitalizar las fuerzas llamadas emergentes cuya homogeneidad en el porvenir queda por demostrar, escindir su sociedad de manera profunda, debilitar su propio campo para ofrecer en bandeja el poder a Esquerra, que presenta a la hora de gobernar tantas garantías como las tenía antaño la CNT.

¿Cree realmente Arturo Más que, en esta fuga hacia adelante, va Cataluña de menos a más?