Los debates pre-electorales en televisión permiten a los ciudadanos forjarse una idea más completa sobre los programas que se presentan y sobre la idoneidad de los candidatos para llevarlos a cabo. Los debates permiten llegar directamente a las casas de los ciudadanos, facilitando la labor de los partidos políticos, abriendo la posibilidad de ahorrar, al menos en parte, los cuantiosos recursos que los partidos tienen que dedicar a propaganda electoral. Por ello, en una democracia bien asentada habría que potenciar al máximo los debates, sobre todo en las televisiones públicas. Lo cual supone contar con la buena disposición de los candidatos para propiciar las condiciones y los contenidos más adecuados de los debates. Si los candidatos facilitan esta labor y se comportan de manera correcta, veraz y creíble, es evidente que pueden animar a bastantes electores a decantar sus votos de una manera mejor informada y fundamentada.

Los debates realizados en Madrid están teniendo, en este sentido, un impacto público notable. Aunque, obviamente, los contenidos y los formatos son mejorables. No se trata solamente de establecer cuáles deben ser los límites de la crítica, sino que también hay que considerar los propios formatos. Por ejemplo, el formato “impuesto” por Esperanza Aguirre de debates estancos a tres bandas se ha revelado como “aburrido” y, en cierto modo, inapropiado. Pero, aun así, ha permitido mostrar la dignidad y buen tono –no exento de fuertes críticas políticas concretas– de un candidato como Rafael Simancas, que cada vez se afianza más como un líder político solvente y coherente, que centra su discurso en propuestas concretas y que se ciñe a los asuntos que más interesan a los ciudadanos, como la vivienda, la educación, la sanidad y el buen funcionamiento de los servicios sociales, en general.