En mi libro La democracia incompleta (Biblioteca Nueva, 2002), analicé el complejo problema del “poder de los medios y los medios del poder”, sintetizando la realidad socio-política de los medios en España en la forma que se indica en el gráfico 1. Lo más singular del caso español es la ausencia total de medios de comunicación en los espacios de la izquierda (del 7 al 10). Lo cual, constituye una anomalía, cuyo origen está en el desmantelamiento que realizó la dictadura de la prensa obrera y de izquierdas.

Esta situación dio lugar a que buena parte del electorado progresista haya tenido en El País, y en el grupo mediático surgido en su torno, la principal referencia informativa. Referencia que no ha estado exenta de complejidades y, a veces, de afanes por marcar la agenda política del PSOE y por optar por unos u otros líderes, o reducir a clamorosos silencios exclusógenos todo aquello –o a todo aquel– que no era de su agrado, o que no se sometía a sus conveniencias.

De esta manera, las relaciones del poderoso grupo mediático con el principal partido de la izquierda han venido caracterizadas por una compleja lógica de “hetero-exclusividad” y de “amor-odio”, más propias de unos vínculos interesados de amantes, que de las prácticas normalizadas y equilibradas propias de una pareja formal.

Desde el grupo editorial se ha sido muy exigente con los criterios de independencia y profesionalidad, pero al mismo tiempo, se ha sido demasiado intransigente –y celoso– con cualquier atisbo de independencia de los socialistas, sobre todo en materias de comunicación y en asuntos que pudieran afectar intereses establecidos. Bastantes episodios de la historia reciente de España se explican a partir de esta compleja situación; sobre todo, las peripecias de algunos líderes socialistas, a los que, llegado el momento, no se ha dudado en pasar por la trituradora.

El debate que actualmente está teniendo lugar y las críticas que se dirigen a quienes promueven legítimamente nuevos espacios de información se inscriben en esta línea. La forma en la que se ha llegado a presentar a los promotores de un nuevo periódico, que aspira a situarse en los espacios de izquierda –cosa que tendrá que demostrarse, por cierto–, con ribetes más propios de una información escandalosa y casi de la sección de Tribunales, denota un grado de nerviosismo impropio de profesionales serios y dispuestos a trabajar en las coordenadas de una democracia madura y abierta.

La manera en la que, paralelamente, se están descalificando las últimas iniciativas sociales de Rodríguez Zapatero, a las que se ha llegado a tildar en un editorial como “festival de ayudas”, muestra un afán desmedido por intentar marcar la agenda política, más allá del legítimo derecho a la crítica y a la discrepancia técnica o política. Ante esta conjunción de críticas, de carácter global, exagerado y desconocedor de las preferencias del propio electorado socialista, no pocos lectores acabarán perplejos, dando pábulo a los rumores –posiblemente maliciosos– que dan cuenta de reuniones y propósitos de un importante magnate conservador de los medios por hacerse con el grupo PRISA. Lo que llevará a muchos a comprender la necesidad de contar con más medios de comunicación progresistas que puedan compensar, de alguna manera, la situación de orfandad comunicacional en la que caerían una parte de los españoles si un magnate poderoso se hiciera –pronto o tarde– con el control del único conglomerado mediático español medianamente progresista y acreditado. Y es que los regímenes de monocultivo no son buenos ni en economía, ni en política, ni en comunicación social.

Por lo tanto, sería razonable que se impusiera una cierta dosis de tranquilidad, que no se mezclaran unas cosas con otras, que no se produjeran bandazos repentinos de línea política (que los lectores pudieran interpretar como una confirmación de ciertos rumores), que se diera una sincera bienvenida a los nuevos proyectos legítimos de sana competencia comunicacional, y que todos entendieran que los avances que puedan darse en pluralismo informativo no harán sino beneficiar y enriquecer nuestra democracia.