Y hablando de Historia si es indiscutible que la Unión Europea nace de la convulsión de la Segunda Guerra mundial, Europa es una realidad viva desde hace siglos, lo que no es fácil superar. Estados Unidos, sin tener tal pasado, tardó un siglo en forjarse una unidad.

Europa es un continente muy complejo cuya identidad (yo creo en ella) se ha forjado a través de tragedias e integraciones marcadas por el desarrollo especifico de una filosofía propia, del cristianismo, de la Revolución Francesa y del socialismo, así como por dos hecatombes mundiales en el pasado siglo. Estas fuentes de ideas globales han consolidado una civilización de integraciones, pero que también vio la luz por la colonización al mundo anglosajón, hoy tan importante pero en algo diferente. La Unión Europea, el último proyecto de esta civilización, fue llevada sobre la pila bautismal por la democracia cristiana y la social-democracia. ¿Es debido a estos valores y orígenes por los que utilizamos la palabra de economía social de mercado? No es incompatible con la sociedad socialdemócrata marcada por un largo crecimiento continuo. Todo esto me inspira la idea de que esta sociedad socialdemócrata, o, si nos limitamos, la economía social de mercado, no sólo tiene una dimensión económica, y desearíamos que también política y social, sino que ha existido y vive dentro de un marco geográfico que perdura, aunque alterado.

El Informe de la Comisión se basa lógicamente en la globalización con sus actuales reglas del juego y los valores que quiere mantener o profundizar la Unión. Pero no menciona factores que, aunque extraños para la sociedad europea, son importantísimos en un mundo en el que, lo escribe repetidamente el informe, hay y habrá «ganadores y perdedores». Estos factores intervienen fundamentalmente en los retos y dificultades que encuentra nuestro proyecto de una Unión europea integrada y eficaz. Sencillamente vician totalmente un pre-supuesto del Mercado Único, la competitividad. Y con ello crean situaciones de deterioro económico y social tan dañinas para la construcción europea como las reticencias internas antes evocadas. La globalización tiene sus efectos positivos, por qué negarlos, pero también consecuencias a todas luces desastrosas para la sociedad europea. Y no dependen de imperfecciones nuestras.

El texto de la Comisión señala repetidamente la urgencia de los cambios necesarios para no ser los perdedores en el futuro. ¿No lo somos ya? ¿Cuántos millones de empleos industriales perdió Europa en los últimos diez años? ¿Cuántos millones de empleos agrícolas? Todo ello en un mundo en crecimiento continuo y con intercambios cada año más intensos. Por falta de competitividad será. ¿Como podría ser de otra manera? Nuestra economía tiene que enfrentarse hoy -y peor será en los años que vienen- a economías que no tienen las mismas normas que las nuestras. Es un argumento que se usó mucho en Francia cuando se trataba de bloquear la admisión de España en la Comunidad Europea, para proteger a sus campesinos. Pero era un problema transitorio porque era evidente que España se acercaría rápidamente a las condiciones económicas y sociales de Francia dentro del marco europeo. Este ejemplo, entre otros, de un problema eterno nos vale para la competencia actual de los países emergentes.

Las potencias económicas emergentes, China, India, Brasil, y otras que se divisan en un próximo porvenir, son sociedades con alto potencial tecnológico y bajos salarios, conectados a una población de centenares de millones de consumidores nacionales, y también garantía de mano de obra barata. No respetan ningún derecho laboral en muchos casos. Si les conviene (en particular a China) no les molesta vulnerar la propiedad intelectual. Utilizan su moneda a su antojo para favorecer su economía. No aceptan compromisos medioambientales. Todo ello representa un obstáculo infranqueable económicamente para quienes tienen que respetar los derechos de los trabajadores, su nivel de vida y de educación, las exigencias internacionales monetarias y las exigencias ecológicas. En las condiciones actuales no hay competitividad posible y esto es ampliable a los más altos niveles científicos y tecnológicos.

Es necesario pensar en una política de defensa de los intereses de Europa. El Informe lo propone mediante un salto adelante en la sociedad y la economía del conocimiento y de la integración. Tiene razón. Pero es dificilísimo y necesita tiempo: reconstruir económicamente una linea de defensa de la Unión Europea tiene casi la misma utilidad y puede ser más rápido. No tiene por qué ser estigmatizada con una calificación de proteccionismo, lo cual sería indiscutiblemente contraproducente. ¿Pero no es China una potencia-continente proteccionista con su negación a los compromisos de valores internacionalmente admitidos? Existe una propuesta de algunos economistas para controlar el acceso a los mercados de la Unión Europea y revertir el producto de las tasas que conllevaría en inversiones de desarrollo de continentes como África e Iberoamérica. El control y regulación del libre-cambio de mercancías, horroroso para los puros liberales, es una vía necesaria para salvaguardar la sociedad europea, sin mermar su solidaridad con el resto del mundo. ¿No se habla en el Informe de la Comisión de tasas sobre el carbono? Es un principio. Ahora bien, si antes aludía a obstáculos que presentan países como Gran Bretaña y Francia, aquí toparíamos seguramente con Alemania.

Si no se establecen líneas de defensa en la Unión Europea es previsible que siga el infernal círculo vicioso de la reducción de rentas y de salarios de los europeos, del crecimiento de las desigualdades, del ocaso de las clases medias con un corolario temible: el auge de extremismos políticos que barran la construcción europea.

Por lo tanto la situación parece difícil cualquiera que sea la vía que se escoja. ¿Quién podría ser el revulsivo es el Parlamento Europeo? Si tiene voluntad lo podría hacer. No sería la primera vez en la Historia que una Asamblea electa, saltando las barreras reglamentarias de sus competencias y de su finalidad, hiciera avanzar la sociedad. Los diputados europeos arriesgan poco y podrían conseguir mucho al transformarse en el portavoz real de nuestra sociedad.

Seguramente si Europa debe cambiar para asegurar la permanencia de los valores de su sociedad, también merece ser defendida en sus fronteras. Un Mercado Único totalmente abierto no es un mercado único es un caravanserallo.