En Libia, la opción más comentada estos días, el llamado ‘embargo de los cielos’, la ‘no fly zone’, al estilo de lo decidido en Irak o en Bosnia. Para algunos se trataría de una intervención indirecta. En realidad, no. Impedir que los aviones de Gadaffi bombardeen posiciones rebeldes implicaría medidas militares directas. Como advertía el jefe militar del Pentágono para Oriente Medio, el general Mattis, al fin y al cabo, tal operación exigiría neutralizar las defensas antiaéreas libias y tal objetivo no se podría lograr si adoptar actuaciones ofensivas plenas. La escalada se considera inevitable.

LA INTERVENCION MILITAR ES INDESEABLE…

En resumen, éstas serían las razones que hacen improbable una operación militar abierta en favor de los insurgentes contra Gadaffi.

1) No hay consenso de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. China se niega sistemáticamente a la injerencia militar en asuntos de otros países, y menos por cuestiones relacionadas con violaciones de derechos humanos, ya que estaría sentando un precedente para avalar otras intervenciones peligrosas. Tampoco Rusia suele avenirse a estas prácticas, por razones similares, aunque se muestra más cooperativa en la búsqueda de alternativas que conduzcan a soluciones parecidas. Si la autorización de la ONU, tal operación, tenga la apariencia que tenga, sería ilegal. O, para decirlo de forma más imprecisa, unilateral. En esta ocasión, no hay estómago para eso.

2) División de percepciones en la Alianza Atlántica. Los europeos se muestran muy reticentes o claramente contrarios (Turquía, por ejemplo; también Francia), tanto por razones políticas como por consideraciones prácticas. Aunque la situación actual es potencialmente peligrosa (recuperación de Gadaffi, riesgo de guerra civil prolongada), una intervención militar directa aceleraría, a corto plazo, la huida masiva de población y desencadenaría una auténtica crisis humanitaria. Los actuales problemas en las fronteras de Egipto y Túnez se ampliarían a las salidas marítimas.

3) Escaso entusiasmo de los propios libios opuestos a Gadaffi. Estos días, el debate sobre la conveniencia de la ayuda militar exterior ha sido intenso entre los sublevados. Las consideraciones morales se han cruzado con los cálculos políticos. Parecen ser mayoría los que rechazan la intervención extranjera, conscientes de que podría convertirse en un arma propagandística inesperada en manos de Gadaffi. Ya ha empezado a reavivar el fantasma del viejo colonialismo europeo, al que sacó tanto partido en sus apaños con Berlusconi. Pero si la resistencia del régimen se prolonga, si la sangre sigue corriendo y los muertos aumentando, ese celo de independencia podría debilitarse.

4) Dudas sobre la orientación de los sublevados y la viabilidad de una alternativa política en Libia. Más allá de las difusas simpatías que puedan despertar los sectores que han decidido librarse del Coronel Gadaffi, se ignora profundamente quienes podrían controlan el movimiento revolucionario, o a quien puede beneficiar la caída de la dictadura. La debilidad de la oposición tradicional es conocida. Y entre los sublevados da la impresión de que la voz cantante la llevan personajes que hasta hace dos días formaban parte de la nomenclatura del régimen, en el gobierno, en las fuerzas armadas o en el entramado paralelo de poder que la familia Gadaffi ha venido construyendo desde hace décadas. En otras palabras, no sabemos quiénes son ‘los nuestros’.

5) Establecimiento de un precedente ante otros posibles casos, si continúan prendiendo las revueltas y algún otro gobernante decide morir matando, como Gadaffi. Sólo que el próximo podría no ser tan antipático, ni su derribo tan propicio para los intereses occidentales. Aunque los discursos se modifican con cierta facilidad y el cinismo dispone de un amplio arsenal para decir una cosa y la contraria, la situación no sería cómoda.

… ENTONCES NO LA LLAMEMOS INTERVENCION MILITAR

Descartada una intervención abierta, es decir, tomar partido claramente por los rebeldes, debilitando, neutralizando o incluso aniquilando las capacidades armadas de Gadaffi y precipitando su caída, se barajan otras opciones más sutiles.

– No es descabellado suponer que los sublevados han recibido ya algún tipo de asistencia militar, particularmente de inteligencia, de información. Si no de instrucción o de asistencia práctica. De ser así, cabe pensar que irá en aumento.

– Por lo demás, el actual despliegue naval es una forma de intervención. No sólo por su papel disuasorio evidente y por su aliento explícito a que continúe la defección de militares y otros exponentes de fuerza. También porque, como asegura Philippe Leymarie en LE MONDE DIPLOMATIQUE, «constituye de hecho un cordón de seguridad que desalienta una fuga en masa de libios por mar o de emigrantes africanos hacia Europa».

YEMEN, EN BASTIDORES

El próximo escenario de crisis podría estar preparándose en el extremo meridional de la península arábiga. Estos últimos días se han sucedido acontecimientos interesantes en Yemen. Poderosos dirigentes tribales han retirado pública y ruidosamente su apoyo al presidente Saleh. Él ha respondido con el palo y la zanahoria: ofertando un gobierno de unidad nacional y cesando a los gobernadores de las provincias díscolas. Una fórmula poco imaginativa, seguramente, pero probablemente la única a su alcance, a estas alturas.

La prensa occidental, especialmente la norteamericana, se ha dedicado a analizar el delicado equilibrio tribal y la capacidad de maniobra del jefe de un Estado tan frágil como el yemení. Parece que a Saleh le salva la desconfianza que despierta en algunas de esas poderosas tribus otras opciones de poder alternativas a la actual. No sólo están unas tribus con otras, sino que en el seno de las más poderosas se advierten tendencias distintas y hasta opuestas. De ahí que los distintos análisis consultados estos días (en el WASHINGTON POST, en el CHRISTIAN SCIENCE MONITOR, en el WALL STREET JOURNAL, en LOS ANGELES TIMES) sugieran escenarios muy resbaladizos.

El otro acontecimiento que ha generado importante inquietud en Washington ha sido la aparición pública del influyente clérigo Abdul Majid al-Zindani expresando públicamente su oposición al presidente. Al Zindani fue mentor de Osama Bin Laden y aunque no parece con capacidad suficiente para liderar un movimiento sedicioso, algunos observadores estiman que si las distintas facciones tribales no alcanzaran un consenso y se produjera algo parecido a un vacío de poder, su figura podría crecer.

El presidente Saleh es consciente de que gran parte de sus opciones para hacer valer su agenda en la crisis depende de la habilidad con que juegue esta carta de la amenaza islámica, del peligro de una toma del poder por los socios o agentes del Al Qaeda. De ahí que Saleh haya aireado estos días la injerencia norteamericana e israelí en las revueltas árabes con un oportunismo sonrojante. Naturalmente, ha omitido reconocer que él es precisamente uno de los principales cómplices de la intervención norteamericana en la zona. Sin el apoyo directo -y masivo- de Washington, protegiendo sus espaldas y lubrificando las lealtades que lo sostienen, probablemente ya habría compartido el destino de Ben Alí y de Mubarak.

En el resto de puntos calientes, parece haber un compás de espera para ver lo que ocurre en Libia y si hay cambio de doctrina en Occidente. Después de todos, estas revoluciones también constituyen, y muy especialmente, un espectáculo televisivo, una especie de culebrón… Todos atentos a la pantalla.