La consecuencia más dañina de la crisis económica que azota a la  Europa de hoy es el paro. Lógicamente se buscan soluciones que puedan ayudar a resolverlo, cuando el crecimiento económico actual no lo permite. Entre ellas, ha surgido la Workers discussing over clipboard in shipping yardidea del contrato único, en oposición a las múltiples y actuales formas de contratación. En realidad, se trata de suprimir la discriminación que opone el contrato indefinido al temporal o interino, no puedo aquí enumerarlos todos ¡son tan numerosos y soy tan ignorante en la materia! Pero el fundamento común a todos ellos es esté: el patrono no contrata de manera indefinida porque teme, que al ralentizarse la actividad, quede con una mano de obra que tendrá que despedir con alto coste. Entonces utiliza contratos temporales o sencillamente no contrata.

La idea del contrato único es una proposición de economistas, sin matiz particularmente de derechas caso, por ejemplo, del último premio Nobel de Economía, el francés Jean Tirole. Pero ha sido recogida por las formaciones políticas de ideología conservadora, y ha suscitado una fuerte oposición de las progresistas y de los sindicatos. Si para economistas como Tirole el contrato único tiene la ventaja de abrir y facilitar el empleo, al suprimir los temores de los emprendedores, para los sindicatos consiste en la supresión de una de las mayores garantías y seguridades del trabajador, duramente conseguida a raíz de largas luchas obreras. Evidentemente las dos partes tienen sus razones, cuando no totalmente razón. Pero la realidad actual es que los empleos son cada día más precarios y difícilmente puede ser de otra manera con el paro considerable que destroza cualquier capacidad de resistencia de quien no tiene trabajo. Por otra parte, si es cierto que el contrato indefinido es una protección indiscutible, también lo es solo para una parte, cada día menos importante, de los asalariados. Al no resolverse el problema del paro constituye una espada de Damocles que le amenaza con no encontrar trabajo, en idénticas condiciones, cuando le llegue el despido.

Difícilmente pueden los sindicatos no oponerse a su instauración, porque en realidad el contrato indefinido es el que mejor protege al trabajador de manera más segura que lo consigue el sindicato. Otras perspectivas podrían imaginarse, si en torno al contrato único se estableciese un debate para corregir sus riesgos, debate en el cual los sindicatos bien podrían imponer sus condiciones gracias a su potencia de resistencia o de proposición. Pero hoy por hoy, no es otra mi reflexión, es la debilidad sindical que no les permite afrontar el reto de la discusión para utilizar lo que tiene de positivo para el empleo y remendar lo que tiene de pernicioso para la seguridad del trabajador. Por ejemplo, en un mundo en el cual se afirma, sin que nadie lo refute, que el trabajador sea cual sea su calificación, deberá cambiar varias veces en su vida de puesto de trabajo, establecer las formas obligatorias de una formación permanente eficaz sería una exigencia que podrían imponer y controlar los sindicatos.

Se acusa muchas veces a los sindicatos por mantener una posición numantina. En las condiciones actuales de la afiliación sindical difícilmente pueden actuar de otro modo. Además, ¿cómo convencer a lo sociedad de darles más responsabilidades de gestión y discusión cuando surgen escándalos como los del ERE? Al mismo tiempo resulta evidente que los sindicatos son tan necesarios e imprescindibles, como los partidos políticos, para la vida democrática. Sus raíces hay que buscarlas en el tajo, en la empresa, en el trabajo diario. Por lo tanto, es mucho más difícil que surjan opciones supuestamente renovadoras como las que afloran hoy en el terreno político, mucho más abstracto que el laboral. Porque no podría alcanzarse la renovación sindical, necesaria, con una simplificación que sería la convergencia orgánica de los dos principales sindicatos, UGT y CCOO. Estamos ante un tema que un día se planteó, cuando no era el momento adecuado, y entonces, con razón, se rechazó. Hoy la convergencia orgánica, que no es la unidad obligatoria, podría dar más prestigio y eficacia a las organizaciones sindicales. Las afinidades políticas de uno y de otro sindicato no serían obstáculo, ya que desde hace tiempo las respectivas autonomías de los sindicatos, cara a los partidos, están afianzadas. También resultaría útil que sus esfuerzos no se desperdiciasen en la pugna por la supremacía en el mundo laboral, ciertamente muy secundaria cuando se tiene en cuenta las tasas de afiliación y la consideración que merecen en la sociedad.

Una confederación unitaria del sindicalismo podría afrontar con mayor autoridad la discusión sobre temas como el del contrato único y sus modalidades, o el de la importantísima formación permanente. Esa convergencia sindical conduciría por el camino de la interesante participación en la vida de la sociedad al modo de la que consiguen los sindicatos alemanes y nórdicos.