Son frases de la célebre “Historia de la Revolución Francesa “escrita por Jules Michelet y traducida por Vicente Blasco Ibáñez. Una Historia desde luego entusiasta y poco objetiva, pero que es la que durante más de dos siglos los niños franceses han mamado y los políticos franceses han respetado, fuera cual fuera su signo de identidad. Así nació, en la violencia más que en el consenso, el tan conocido Jacobinismo francés.

Hoy se plasma en su Constitución con el lacónico. “La República es Una e Indivisible”. Muchos en este país estiman que su centralismo esteriliza y abogan por una “descentralización” cada día más extensa y activa para corregir sus excesos. Pero en ningún caso ponen en duda la necesaria solidaridad de la “Nación”.

Dichosa revolución que, entre violencias y excesos, pero también visiones de futuro, encauzó a un pueblo cuando a nuestra Pepa, tan celebrada, siguieron dos siglos de desastres históricos. Declaración un tanto afrancesada pero es lo que ocurre en Cataluña, y también se pregona en Bélgica, en Escocía, en Italia, que me lleva a tal desilusión. La realidad de España -¡fue la Constitución de la II República la que por primera vez la mentó! -es diferente y el Estado de las Autonomías es un generoso esfuerzo para tratar de ordenar el Estado, pero Parece que hoy ha alcanzado sus límites.

Nuestro Estado de las Autonomías, apuesta por una autogestión más cercana de nuestros pueblos diversos, regiones, naciones, o como queramos o aspiremos a llamarlos, y descentraliza a ultranza las responsabilidades de gobierno. Pero no calma las ambiciones nacionalistas, cuando era una de sus finalidades. Hoy se juega con las palabras como con una bola de billar, creando insolidaridad y desigualdades ante los ciudadanos, favoreciendo indiscutiblemente la corrupción política, provocando un brote anacrónico de ultranacionalismo patriotero opuesto…Podría tratarse de un problema de juventud quizá, debido a su corta historia de vigencia. Pero el Estado de las Autonomías que parece irreversible, al menos constitucionalmente, se ve continuamente agredido por los partidos políticos. Unos y otros lo desvirtúan por sus excesos. En unos casos se ventilan pleitos históricos, lingüísticos, sociales; en otros, por ejemplo en Cataluña ahora, como en Lombardía, se añaden, o aparecen razones de mayor calado, como problemas financieros y fiscales. Una vez se habla de independencia, otra de Nación, como en el dichoso Estatut de tan tormentoso recorrido, y ahora de Estado propio, que reniega de él. Se produce una confusión entre pueblo, nación, Estado… Afortunadamente todos somos europeos, o al menos no lo negamos.

Lo que me parece obvio es que cuando el tema de la descentralización o del Centralismo es muy secundario entre la sociedad francesa y sus partidos políticos, a pesar de su continua reforma, en nuestro país los partidos políticos, de derecha e izquierda, ahondan, hurgan en el independentismo o el centralismo, los instrumentalizan, muchas veces a espaldas del sentir mayoritario de sus conciudadanos, conjugando la palabra según la actualidad política. Derecho de autodeterminación, soberanía, independencia, separatismo, nación, nacionalidad, Estado, Estado propio. Hay para todos los gustos y todos los momentos. ¿Pero qué piensa realmente nuestro pueblo? No creo que se volcase en las urnas en la última votación del Estatut, como tampoco creo que los recortes que sufrió por el Constitucional después de increíbles debates, para cualquier otro país europeo fuesen el centro de interés de los ciudadanos de las otras autonomías.

Tenemos una Constitución que fue ratificada por referéndum antes de que naciesen las Autonomías. Convendría actualizarla en muchos aspectos, pero desde luego sería dar el chupinazo al caos, tal como está el panorama político. Existen demasiadas voluntades dignas de los antiguos reinos de Taifas como para consensuar una solución que permita al pueblo de las Españas avanzar con menos diversiones en la solución de sus problemas de fondo: desarrollo, progreso duradero y adecuado reparto social. Los sondeos de opinión sobre los valores de la sociedad demuestran que en Europa nuestros ciudadanos están quizá entre los más solidarios, más progresistas y más europeístas. Lo contrario de lo que se debatió en el Congreso de CIU, pero no solo en él. En otros comicios de distinta ideología se siguió la misma pauta.

Entonces habría que imaginar una manera de permitir la expresión del interés común sin vulnerar la democracia representativa. Una forma transversal de consultar al pueblo español, o a los pueblos de España, como se quiera decir, sobre temas que conciernen a todos, vivan donde vivan: por ejemplo la financiación de la sanidad, la educación pública, la jubilación. Me parece evidente que nuestra ley electoral para las generales no lo permite… Podría llamarse referéndum.

En 1983 el Partido Socialista se enfrentó a una crisis de democracia interna y suscitó para resolverla una Conferencia de Organización. En ella se argumentó que había que favorecer los debates y las votaciones transversales para no transformar el Partido en una confederación de Partidos. No fue fácil avanzar, más de un año duró la preparación, pero hoy se puede estimar que tanto las primarias, como la libertad total de voto de los delegados en el Congreso Federal, son formas de romper las barreras impuestas por las Autonomías. El último congreso del partido socialista en sus resoluciones ha ido más lejos, abriendo el sistema de las primarias, lo que ya había decidido el PSC. Es evidente que una de las ventajas de esta forma de consulta es romper fronteras artificiales sin invadir los derechos de cada federación. Apuesto que la aplicación de tal resolución no hubiese dado el cien por cien de los votos del PSC para la candidatura de Carme Chacón a la Secretaria General del PSOE. Evidentemente es solo un ejemplo.