Los expertos sostienen que las cifras de las estafas en la red alcanzan tales magnitudes que se está intentando aminorar y disimular la información sobre ellas para evitar que cunda el pánico entre los usuarios, con los consiguientes efectos negativos para las empresas más afectadas por las nuevas prácticas delictivas, especialmente los Bancos y las grandes compañías de ventas y servicios.

Pero, junto a este tipo de delitos de viejo cuño, aunque ahora con nuevos formatos y medios de vehiculización, tienden a expandirse nuevos tipos de delitos de tipo menor y de carácter diferente. Por ejemplo, los creadores y difusores de virus, que en ocasiones crean notables trastornos a la comunicación y que están obligando a los usuarios –tanto empresas como particulares– a asumir nuevos costes en programas antivirus, los que utilizan “troyanos” u otros programas invasivos para, desde nuestros ordenadores y nuestras direcciones, mandar correos en masa a multitud de usuarios ofreciéndoles productos falsificados y fraudulentos, que perjudican al comercio lícito y a los empresarios honrados; o los que montan negocios en la red para proporcionar trabajos académicos que permiten aprobar pruebas y exámenes de manera tramposa, a partir de “empresas” que tienen direcciones conocidas y empleados contratados.

Es evidente que si no se actúa pronto y bien contra los delitos en la red, los perjuicios de estas prácticas acabarán afectando al buen funcionamiento de la red y a una gran parte de los usuarios de buena voluntad. No sólo a comerciantes honrados, a entidades bancarias, a familias, a instituciones educativas que, por tales vías, pierden crédito y solvencia formativa, sino a la comunicación en general.

Si un grupo de personas corta con una barricada una carretera o una vía de ferrocarril, la policía interviene rápidamente y la sociedad hace caer sobre los culpables el peso de la ley. Si alguien se apodera de nuestra correspondencia o entra subrepticiamente en nuestras casas y revuelve nuestras cosas nadie duda de que se está cometiendo un delito. Si un profesor sorprende a un alumno copiando en un examen, le suspende y le expulsa inmediatamente del aula, ¡no digamos si alguien se dedicará a preparar masivamente exámenes o trabajos escolares fraudulentos!

¿Por qué todo aquello que en el mundo pre-Internet se consideraba delictivo y socialmente repugnante es tolerado tan pasivamente cuando ocurre en la Red? En ocasiones parece como si la red fuera considerada algo así como un terreno de nadie, como aquellos mundos de frontera, en los que no existía ley ni orden… No existía, claro está, hasta que llegaron los “jueces de la horca”. Pues bien, antes de que algunos empiecen a reclamar nuevos jueces de la horca, hay que entender que es preciso realizar esfuerzos adicionales para que la ley sea cumplida también en Internet, tanto en lo que se refiere a los grandes delitos como a los pequeños que afectan a muchísimos usuarios y que trastocan múltiples aspectos la vida cotidiana.