Las complejidades y dificultades que se dieron en la sociedad española durante el período de la transición democrática dieron lugar a que el complejo equilibrio entre democracia interna y necesidades de “dirigismo” político, que siempre se dan en los partidos con responsabilidades políticas, a veces se saldaran con un mayor énfasis en las exigencias de cohesión y eficacia política. Sin embargo, estas exigencias ya no están presentes en la actual coyuntura, sino que ahora lo que priman son las conveniencias de lograr mayores niveles de participación y corresponsabilización. De ahí la perplejidad que sienten los afiliados de algunos partidos políticos que tienen el recuerdo vivido de períodos no tan lejanos en los que los niveles de participación y las posibilidades de implicación y debate eran mayores que ahora. ¡Por no remontarnos a otras etapas históricas en las que los afiliados del PSOE, por ejemplo, elegían directamente, mediante votación en urnas, a los candidatos que presentaban a las elecciones y a los componentes de las comisiones ejecutivas! De ahí que sea difícil entender que, con todos los avances que se han producido en los últimos años, no se haya progresado más en democracia interna.

Para justificar algunas tendencias restrictivas, a veces se argumenta que en política hay que ser “eficaces” –y “mediáticos”– y que lo importante es designar a buenos candidatos y gestores políticos capaces de ganar a los adversarios. Pero lo cierto es que existen serias dudas de que esto se pueda realizar mejor de una manera dirigista y centralizada que mediante procedimientos más participativos, en los que los afiliados de los partidos se puedan implicar más, sientan que participan y que cuentan por igual y, por lo tanto, pueden acabar desarrollando una conciencia más activa y movilizaciones. Lo cual siempre será más eficaz, y desde luego más igualitario.

Algunos tenemos la impresión de que estos aspectos de la democracia deberían ser más tenidos en cuenta, especialmente en las organizaciones progresistas, entendiendo que la democracia es también una cuestión de formas y de procedimientos y que la experiencia histórica demuestra que las organizaciones más sólidas y estables son las que han sabido preservar y enriquecer las formalidades democráticas, mientras que aquellas que se han deslizado hacia dirigismos desde arriba, hacia votaciones meramente respaldatorias, hacia exclusiones internas y hacia culturas políticas basadas en el tacticismo y el mero cálculo interesado –y “profesionalizado”– de intereses personales han acabado cayendo en la atonía organizativa y en el debilitamiento decadente.