En el número de mayo de la revista Sistema analizamos esta situación paradójica, abordando los posibles desarrollos actuales de la democracia, en contraste con una evolución ambivalente de la opinión pública, en la que, por un lado, se refuerza el apoyo “teórico” a los principios de la democracia y, por otro lado, se constatan signos de distanciamiento ciudadano y de crítica a la manera en que muchas veces funciona. En este sentido, muchos ciudadanos se sienten un tanto “impotentes” y “desanimados”. “Esto no es lo que yo he votado” –se escucha decir–, o “si de mi dependiera las cosas se harían de otra manera”. Tales sensaciones tienen su origen en la percepción de que la democracia está mediatizada por “poderes económicos” que influyen, y se infiltran, en los partidos políticos para obtener beneficios y prerrogativas particulares y no para defender el interés general.

En las Encuestas sociológicas se pueden encontrar múltiples evidencias empíricas que reflejan tales percepciones, hasta el punto, por ejemplo, de que en las Encuestas del GETS la mayoría de los españoles creen que los grandes grupos económicos y comunicacionales tienen mucho más poder que el Parlamento, al que se sitúa en 6º o 7º lugar en la escala de poder.

En algunos países el patronazgo económico ha llegado a operar de manera totalmente abierta y descarada, afirmándose sin ningún pudor que este o aquel representante es el diputado o el senador o el ministro de esta o aquella empresa o grupo económico.

La mediación de grandes poderes que ya denunció hace tiempo Wright Mills en su libro “La élite del poder” y que fue criticada por el propio Presidente Eisenhower, ha llegado a extremos difícilmente imaginables hace tres o cuatro décadas. El caso de la Administración Bush, increíblemente penetrada y mediatizada por un lobby del Petróleo, no sólo ha dado lugar a que se produzcan innumerables escándalos, sino que, sobre todo, ha impuesto una estrategia internacional disparatada, cuyos costes se tendrán que pagar durante bastante tiempo.

El problema es que, debido a la propia lógica funcional del poder, los “grupos de patronazgo” tienden a generar mecanismos de ocultamiento –cuando los necesitan– y de perpetuación en el poder que tienden a erosionar la funcionalidad práctica de la democracia. El caso de la Administración Bush es paradigmático en este sentido. La reciente elección de Berlusconi también apunta en la misma dirección de una creciente imbricación de los patronazgos económico-políticos.

Pero, ¿y la opinión pública? ¿Cómo reacciona ante tales tendencias? De eso nos ocuparemos la próxima semana.