Si extrapolamos este símil a España y, más concretamente, a las cifras del paro, parece obvio que la interpretación de los últimos resultados hechos públicos esta semana no debería ser que “estamos terminando con el paro y esto es indicio de que la recuperación económica ya está aquí”, sino más bien, aunque solo fuera por prudencia, lo lógico es pensar que tal vez las cifras de desempleados es tan brutal, y la destrucción de empleo ha sido tan vertiginosa, que no quedan parados a los que apuntar ni empleo que destruir (por supuesto que siempre se puede estar peor, pero recordemos que estamos en un país desarrollado donde hay familias que han pasado de tener a todos sus miembros trabajando, de disfrutar de una casa y tener la posibilidad de gastar y consumir ocio, bienes y servicios, a estar todos desempleados, cobrando únicamente un subsidio de 400 euros, al borde del desahucio y sin opciones para dar de comer de forma equilibrada a sus hijos ni recursos para pagar el comedor del colegio).

Adivinábamos que los resultados del paro registrado (adjetivo importante) eran “positivos” este mes, cuando para comunicárnoslos vimos sentarse a la Ministra de Empleo. Se habrán dado ustedes cuenta que, cuando las noticias no se pueden disfrazar “de buenas”, Fátima Báñez no aparece por ningún lado, ni siquiera para dar explicaciones de la situación o mostrar su compromiso con los parados. Ella se reserva para las noticias “alegres”, que lo otro desgasta la imagen. No hubo ni una alusión a la cantidad de jóvenes que se han visto obligados a irse al extranjero y han dejado de engrosar la lista de parados, ni a los que están desencantados con el sistema y ni siquiera se registran como desempleados. Tampoco se ha hablado de la calidad del empleo, ni de la precariedad a la que estamos condenando a nuestro mercado de trabajo.

Un mercado al que pertenecer ya no es garantía de nada. Tener un trabajo ya no implica poder comprarte una vivienda, porque los trabajos son inestables y tal vez mañana ya no lo tengas (que para algo se ha flexibilizado este mercado) y no puedas pagar la hipoteca; tampoco te garantiza una calidad de vida mínima, porque los salarios españoles están a la deriva y la tendencia, para Europa, es continuar así.

Celebramos que Olli Rehn diga que España ha hecho los deberes, a la par que nos avisa que tenemos desequilibrios macroeconómicos que “exigen medidas políticas contundentes” y apunta a la moderación salarial y el aumento de productividad como vía para aumentar la competitividad de la economía española que, según Bruselas, aun puede aumentar. Desde el inicio de la crisis, en España se gana un 11% menos, una tendencia contraria a la del resto de la Unión Europea, pero parece irrelevante para Rehn. Como he dicho alguna vez, bajo esta lógica, la esclavitud es el sistema más competitivo: mano de obra a coste cero.

España asume las órdenes de Bruselas y espera impaciente el paquete de medidas que llegará en junio, donde más flexibilidad laboral, subida de impuestos indirectos para incrementar la recaudación y poder reducir la deuda pública y esta bajada de salarios, serán los protagonistas. Empecemos a temblar por lo que nos viene. Ningún miembro del Gobierno ha defendido la inversión en capital humano, ninguno ha defendido la necesidad de fomentar la competitividad a través de medidas que respeten los salarios que son los que, finalmente, activan el consumo y revitalizan la economía. Ninguno ha criticado el incremento de las desigualdades sociales. Faltan voces críticas que defiendan, más allá de la marca España, a los españoles (y no me refiero a que se congratulen porque Amancio Ortega se mantenga en el tercer puesto de una lista de multimillonarios que resulta obscena por glorificar a los más ricos, exaltando una cultura individualista donde amasar fortuna es un ejemplo –da igual a costa de qué— y no tiene en cuenta la cantidad de personas que están al otro extremo y mueren de hambre en todo el mundo). Pero mientras el Gobierno calla y acata, Bruselas seguirá imponiendo a su antojo y nosotros haciendo eco de sus demandas y obedeciendo hasta que del cadáver ya no salga más sangre.