No lo sabemos. Porque ya han desaparecido en la loca carrera de imágenes que se atropellan unas a otras en nuestros televisores y en nuestras conciencias. Sin dejar apenas huella. Se han deglutido, se han digerido y se han expulsado, junto a la última salida de tono de Berlusconi, el desfile de la alfombra roja de Cannes y los play-offs de la NBA.

Las víctimas de Myanmar han recorrido el mismo camino de consumo mediático y olvido que recorrerán los afectados por el terremoto de China, como antes lo recorrieron los muertos en las matanzas de Darfur, y como lo recorren cada día los protagonistas de las hambrunas en el cuerno de África o los enfermos de las pandemias que no se atajan porque su tratamiento no ofrece rentabilidad a las multinacionales farmaceúticas.

El conglomerado institucional siempre encuentra excusas para su inacción ante las grandes crisis humanitarias. En Birmania ha sido la falta de colaboración de las autoridades militares. Un puñado de uniformados, tan inútiles como corruptos, ha logrado impedir el despliegue de la ayuda precisa por parte del conjunto de instituciones nacionales e internacionales que gobierna el mundo. Qué lastima… Un par de aviones con unos centenares de mantas y un puñado de analgésicos, todo debidamente filmado y retransmitido, y ya hemos cumplido todos con los pobrecitos birmanos.

Las grandes instituciones internacionales ya han probado su capacidad para hacer confluir voluntades y movilizar recursos en empresas colectivas. Se hizo en Kuwait para rescatar unos pozos de petróleo de las satánicas manos de Sadam Hussein. Se hace cada vez que las crisis en los mercados financieros ponen en peligro las cuentas de resultados de los grandes bancos.

La comunicación global ha permitido desarrollar grandes debates a escala planetaria. Todos tenemos criterio hoy para opinar sobre la vida disipada de Britney Spears, sobre las apuestas en la Champions League, o la pertinencia de los reproches de Cherie Blair a Bill Clinton a cuenta del escándalo Lewinski.

Pero, ¿a quién le importa que unos centenares de miles de desarrapados mueran sin apenas auxilio en un país remoto? Cuarenta segundos de imágenes impactantes, para aderezar las colas del informativo con unas gotas de emotividad enlatada, y hasta el siguiente ciclón, o terremoto, o incendio, o guerra tribal, o qué más da. En unos días también se habrá digerido y olvidado.

No se trata de un fallo en el funcionamiento de las instituciones. Se trata de una falla en los valores que guían nuestro comportamiento como seres humanos. Ese es el auténtico reto: humanizar la humanidad.