Si la semana pasada recomendaba Ágora, hoy quiero motivarles a ver una de esas películas especiales, singulares y exquisitas que, de no haber dado la sorpresa en la última edición del Oscar al recibir el premio a “la Mejor película extranjera”, nunca la hubiéramos visto en las pantallas españolas.

Esta cinta nos devuelve al mejor cine japonés, pero renovado en su lenguaje. Con un argumento inteligente logra hacer del cine un placer intelectual y una fuente constante de conocimiento.

Despedidas, al hilo de la crisis económica que sacude a todo el mundo, nos cuenta la historia de un joven intérprete de violonchelo, Daigo (Masahiro Motoki), que pierde su trabajo en una orquesta en Tokio y decide regresar a su lugar de origen. Un retorno en el que tras un malentendido, comenzará a trabajar en algo que primero le incomodará, luego le avergonzará y, finalmente, le dará un nuevo sentido a su existencia.

El malentendido no es otro que cuando contesta a un anuncio de trabajo convencido de que se trata de una agencia de viajes. Sasaki (Tsutomu Yamazaki), el dueño de la agencia, le contrata sin mirar su currículo, y Daigo no tardará en descubrir que el trabajo poco tiene que ver con viajes. Consiste en ocuparse de la ceremonia de amortajamiento, de la última despedida. Aunque no esta nada convencido, al ver lo que están dispuesto a pagarle, opta por intentarlo.

El film no habla de los muertos, sino de los vivos y sus necesidades. De los afectos y desafectos y, sobre todo, de la exigencia ética y la satisfacción que produce el trabajo bien hecho, sea cual sea éste.

El director, Yohiro Takita, nos desliza con suavidad placentera a lo largo de esta historia hasta su desenlace final, logrando de forma natural la coexistencia armónica de la vida y la muerte.

La fotografía es excelente, la música sublima las sensaciones y las interpretaciones despiertan nuestras más profundas emociones. Belleza, sensibilidad y elegancia pueden resumir las características de esta película.