En primer lugar, la Conferencia ha tenido un impacto informativo extraordinario y, de alguna manera, ha situado el problema de la lucha contra el cambio climático en primer plano de la agenda política mundial. Posiblemente algunos pensarán, con cierta razón, que esta concienciación política global ha llegado demasiado tarde. Pero ha llegado, al fin, con la entidad que merece. Debemos recordar que, hasta hace bien poco, la exigencia primordial era intentar traspasar las barreras mediáticas y los filtros de credibilidad que poderosos grupos económicos se dedicaban a interponer ante la opinión pública y ante los círculos políticos oficiales. Pues bien, después de Copenhague tales barreras han sido superadas y la “opinión pública” ha hecho notar su peso. Y esto, en sí mismo, es bastante importante.

En segundo lugar, aunque los avances han sido demasiado modestos y parciales para lo que la situación requiere, lo cierto es que los líderes de las principales potencias mundiales han tenido que dar la cara, han reconocido el problema y han asumido compromisos ante la opinión pública (tanto la mundial como la de sus respectivos países). Y esto también es algo apreciable.

El reto ahora es lograr traducir políticamente este desbloqueo; y, desde luego, tal como estaba organizada la Conferencia de Copenhague, poco más se podía esperar. El problema ha sido de método y de concepción. Los organizadores no querían dar la impresión de que la Conferencia era una reunión de altos mandatarios mundiales que se reúnen de manera elitista y cerrada y, por ello, intentaron llevar a las sesiones la voz o, al menos, la presencia de la opinión pública y, más en concreto, de las organizaciones ecologistas. Pero, al final, los problemas organizativos y la ausencia de enfoques mínimamente realistas lo que hicieron fue dar la sensación de barullo y de exclusión. De ahí el malestar y la sensación de contraste –y frustración– que se ha proyectado públicamente entre lo finalmente acordado y lo que les hubiera gustado a algunos de los líderes del movimiento ecologista que se desplazaron hasta Copenhague.

Tales discrepancias y contrastes, en principio, no tienen que ser objeto de una valoración totalmente negativa, en la medida que siempre será bueno que la opinión pública, en general, y los movimientos verdes, en particular, operen como un acicate ante los gobiernos. Sobre todo, ante los gobiernos más resistentes a tomar medidas eficaces y verificables.

Una vez más, lo acontecido en esta Cumbre revela la importancia crucial de los problemas de método en política. La idea de hacer más presente a la opinión pública y a los movimientos sociales en principio era buena, pero hay que saber hacer las cosas, planteando métodos de trabajo y de interacción que no acaben generando frustraciones y barullos. Por ello hay que asumir que los representantes de los gobiernos que pueden tomar las decisiones más pertinentes tienen que poder operar con unos métodos de trabajo adecuados a la hondura de las respuestas requeridas. Y, lógicamente, en la medida que se trata de cuestiones globales hay que amarrar bien los procedimientos de evaluación y verificación, generando la credibilidad y la confianza necesarias. Lo cual supone –como se ha visto– que todavía es necesario vencer algunas resistencias.

Quizás para los que aun creen en la magia o en las utopías más absolutas, lo ideal hubiera sido terminar la cumbre con solemnes pronunciamientos rotundos y cuasi-milagrosos, aunque después no se supiera si todos los van a cumplir realmente. Sin embargo, el criterio de “realidad” que al final imperó, tiene la virtud de que las cosas quedan emplazadas en toda su complejidad y dificultad y se alerta a los más sensibilizados ante la necesidad de no cejar en la presión. Por eso, después de Copenhague lo que se imponen son “métodos” más adecuados. Métodos que permitan amarrar bien las medidas y tener las garantías de que las respuestas a problemas tan serios –y ahora reconocidos como reales por todo el mundo– van a ser respuestas serias y plenamente asumidas y no “arrancadas” en un contexto cuasi-asambleario y poco trabado.

Estas matizaciones, obviamente, no nos eximen de manifestar la lógica contrariedad que produce el espectáculo de los egoísmos alicortos, los particularismos cegatos y los tacitismos oportunistas de unos y otros, que las más de las veces no hacen sino traducir la pobreza de una parte apreciable de las actuales elites políticas mundiales, y su incapacidad para estar a la altura de lo que las circunstancias actuales demandan. Por eso, frente a algunas debilidades establecidas, lo prioritario es fortalecer las capacidades de influencia y de traducibilidad política de la opinión pública mundial.

Por último, otra de las conclusiones que se ha impuesto en Copenhague es que las actuales fragilidades y disfuncionalidades de Naciones Unidas son un grave obstáculo para llegar a cuerdos eficaces y ágiles a nivel mundial. Además, en Copenhague se ha hecho notar la operatividad actual de una nueva variable mundial. Me refiero, obviamente, a la capacidad de liderazgo global de China, o al menos a su alta capacidad condicionadora. De eso debió darse cuenta Obama claramente cuando acudió a una reunión bilateral aparentemente decisiva con la gran potencia asiática y, para su sorpresa, se encontró que a la misma hora y en el mismo lugar, precisamente, la delegación China se encontraba reunida nada menos que con India, Brasil y Sudáfrica. Es decir, con los representantes de los grandes bloques emergentes. Ante tal situación, era evidente que a Obama no le quedó más remedio que coger el toro por los cuernos e intentar evitar que la Conferencia acabara con un fiasco total, ¡y con un frente mundial alternativo! El problema es que, en ese envite, los países de la Unión Europea quedamos descolgados, una vez más, pese a todos los buenos propósitos y esfuerzos iniciales.

¿Cuáles son las alternativas frente a la situación a la que se llegó? Desde luego, la persistencia en los objetivos y la capacidad de trabajo con métodos eficientes y progresivos, aprovechando los impulsos de la opinión pública mundial. Posiblemente, de cara a tales objetivos es mucho más lo que podemos hacer los países europeos encadenando acuerdos en el día a día y haciendo valer nuestra capacidad de influencia –y en su caso de condicionamiento–, que mediante enfoques tan asamblearios y tan abiertos que al final pueden dar lugar a que las lógicas parciales de la competencia política a medio plazo se impongan sobre las necesidades concretas de las “políticas de la Tierra”.