Diez años después, Estados Unidos y gran parte de occidente con sus políticas y con su idea caduca de la seguridad, han conseguido, el efecto contrario al que buscaban: un mundo más peligroso e inestable. Un escenario más inseguro en donde, a tenor de todos los índices sobre el desarrollo humano en este período, han adquirido mayor protagonismo esos cuatro jinetes apocalípticos del sistema internacional: el hambre, la guerra, la impunidad y la desigualdad.

La intervención improvisada en Afganistán en noviembre de 2001 y la invasión injustificada e ilícita en Irak en 2003, iniciaron sendos conflictos inacabables en donde los Estados Unidos y sus aliados no han sabido estar; y lo que es igual de grave, tampoco han sabido marcharse, a tenor de la descoordinación en su salida y las sucesivas fechas barajadas en un cambiante calendario. La conclusión hoy en ambas intervenciones es que estamos más cerca de «Estados fallidos» pasto de «señores y clanes» de la droga y/o de la guerra, devorados por conflictos -guerra civil como la de sunitas y chiitas en Irak- que de los Estados democráticos estables que prometimos construir. En este marasmo próximo al Leviatán hobbesiano, sólo existe una coincidencia compartida por toda esta diversidad heterogénea de organizaciones, etnias y linajes: la expulsión y/o la salida del invasor es una condición imprescindible para construir su futuro. Un futuro en donde los grupos radicales islámicos y, concretamente, Al Qaeda tendrán mucho que decir.

Ya lo decía Joseph Nye («Soft power: the means to success in world politics») cuando señalaba, siguiendo la lógica de la politica jujitsu en la que un combatiente más pequeño utiliza la fuerza de un rival mayor y poderoso para derrotarlo, que Irak fue un regalo de Bush a Bin Laden. Hacer caer a EE.UU en una «guerra santa» ha demostrado a lo largo de estos lustros, ser un terreno muy fértil para los yihadistas.

En estos diez años no ha disminuido la separación entre occidente y el mundo islámico, por el contrario se ha alimentado un enfrentamiento paradigmático, incluso ideológico entre ambos. Hemos caído en esa trampa que nos habían tendido los apóstoles del enfrentamiento histórico inevitable: Fukuyama (The End of History and the Last Man The End of History and the Last Man, 1992), Huntington (The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, 1996) y el resto de autores del pensamiento neoconservador. Después de la política de seguridad preventiva de George W. Bush, esta sensación de peligro y enfrentamiento caló hondo en el sentimiento nacional de los estadounidenses y ha pasado a ser uno de los puntos fundamentales en la nueva agenda de la «rebelión conservadora» frente a Obama. Dentro y fuera del Tea Party.

En el terreno de los árabes se ha producido un proceso similar pero en sentido contrario. En una parte significativa de esa población, se considera que la responsabilidad de todos los males y penurias en sus pueblos, radica en occidente que, dentro de este imaginario panislamista más o menos extremista, es un «monstruo con tres cabezas”: judíos, norteamericanos y resto de «siervos» de esos intereses.

Este odio sembrado por Estados Unidos y sus aliados con su respuesta belicista después del 11 de septiembre de 2001, es especialmente preocupante en esas generaciones jóvenes alimentadas con el convencimiento de la existencia de una Yihad (batalla) tácita o expresa que es necesario librar contra el “Gran Satán” (Shaitan al-Akbar America) que ya ha dejado grandes héroes. De entre todos, el “mejor mártir”: Bin Laden. Su leyenda, engrandecida con su misteriosa muerte, ha pasado a engrosar la lista de los grandes padres dentro de los musulmanes; muy distintos y de calado político e ideológico diferente, e incluso encontrado, pero de inmensa referencia icónica para muchos dentro de los símbolos, mitos y ritos de la diversa gran Nación Árabe. Todos ellos en alguna medida, fueron capaces de “plantarle cara” a los sionistas, a los Estados Unidos y a los “perros infieles occidentales”.

Hoy, diez años después, existe una mayor distancia entre el denominado “occidente impío” y los sectores más o menos radicalizados entre los árabes, ya sean sunitas o chiitas. Se sigue alimentando ese caldo de cultivo en el que crecen y se reclutan esos yihadistas capaces de inmolarse, como ya lo hicieron hace siete años en Bali, Casablanca, Madrid o Londres, y hoy lo siguen haciendo todos los días en Kabul y Bagdad, con el único fin de ganar el cielo. Un cielo por cierto -como dice El Corán- con vivos colores, jardines, fuentes, vino y hermosas vírgenes. Aquellos que son admitidos en él, después de batallas tan heroicas libradas con cinturón de explosivos, “pueden beber el vino que les estuvo prohibido en la Tierra y mofarse incluso de los sufrimientos de los no creyentes, cogiéndoles las manos a Osama el gran Guerrero Santo” como ya señalan algunas madrasas y escuelas coránicas en Afganistán, Pakistán e Indonesia. Así se expresa, el imán Abu Bakar Bashir, líder espiritual del grupo terrorista Yemma Islamiya y portavoz del denominado califato del sudeste asiático.

Después de dos años largos de la Administración de Barak Obama, aún resuenan con fuerza las palabras de la Ex-Secretaria de Seguridad de los Estados Unidos, Condolezza Rice en el Manhatan Institute de Nueva York, el 1 de octubre de 2002 cuando señalaba: “…el 11 de septiembre cristalizó nuestra vulnerabilidad. Puso de relieve la índole de las amenazas que enfrentamos hoy. Las amenazas de hoy provienen menos de grandes ejércitos que de pequeñas y oscuras bandas de terroristas; menos de Estados fuertes que de Estados débiles o fracasados… El único camino a la seguridad es la lucha eficaz contra terroristas y tiranos”.

Pareciera que Condolezza hubiera presagiado el futuro de los Estados Unidos y de todo el mundo en la era Obama diez años después porque, incluso con posterioridad a las revueltas árabes, con la caída de algunos de los tiranos asociados históricamente al terrorismo y con la retirada progresiva de otros, como ocurriera en la fábula de Esopo del león y el ratón, el vencido puede pasar a ser vencedor en poco tiempo. Una vez más la política jujitsu: grupos significativos de opositores en Libia, Túnez, Egipto, Siria y Yemen, tienen vínculos, son células de Al Quaeda o forman parte de los Hermanos Musulmanes más radicales. ¿Alguien está en condiciones de asegurar que los nuevos Estados y gobiernos surgidos de la “primavera árabe” tendrán al menos vocación semisecular, practicarán la moderación y serán amigos cercanos de los Estados Unidos y de occidente?

Llegados a este punto, es necesario reconocer que el nuevo discurso y las realidades de la administración Obama es incapaz de introducir esos cambios necesarios que lleven a los Estados Unidos a encontrar un nuevo liderazgo en el sistema internacional. Con pequeños matices respecto a Bush, Obama ha supuesto un paso pequeño y tímido en la búsqueda multilateral de una solución en los principales campos de batalla frente al integrismo islámico, pero poco más.

Todos los procesos en los que se encuentran implicados de forma más activa los Estados Unidos: el programa de retirada de Irak, su idea de la reconstrucción en Afganistán, la recomposición de sus relaciones con aliados árabes y europeos, la búsqueda de una implicación más decidida en la negociación de paz palestino-israelí, todos esos procesos, no suponen un cambio significativo y decisivo en su implicación con el sistema internacional.

Más bien son un alto en el camino para recomponer la figura militar y diplomática; y también, no conviene olvidarlo, ante la caída de los apoyos populares al presidente Obama y de algunas variables económicas que, como la tasa de desempleo, el déficit público o la subida de los impuestos directos e indirectos, en gran parte destinado a financiar el programa de reformas, pueden dar al traste con los principales puntos de su programa de gobierno. Obama conoce bien la experiencia de algunos líderes demócratas que después de ganar el corazón de los electores, al poco tiempo pierden su apoyo, al vaciar sus bolsillos.

Prometía Obama en su campaña que los Estados Unidos debían recuperar el liderazgo moral en el mundo, perdido después del 11 de septiembre de 2001. Para gran decepción de una gran parte de los votantes jóvenes y sectores progresistas en los EE.UU. y en el mundo, es necesario decir que la actual Administración mantiene la vulneración sistemática y unilateral que realiza de los derechos humanos fundamentales cuando se niega a reconocer a los detenidos, los derechos contemplados en la Convención de Ginebra para todos los prisioneros de guerra, y los sigue manteniendo en Camp X-Ray. El acto ilícito internacional que supone el inmoral tratamiento recibido por los presos encarcelados en Guantánamo es un insulto a la dignidad humana y a toda la comunidad internacional. Estos hechos despreciables son la prueba de comportamientos que pudieran ser aislados pero que, en gran parte, son productos de una dinámica alimentada desde los presupuestos gubernamentales y alentada por numerosos medios políticos, académicos y periodísticos. ¿Qué pasó con el «yes we can» en los Derechos Humanos y en el sistema internacional?

Aún con todo, estamos en una excelente oportunidad histórica para encontrar ese “renacer de las cenizas” buscado por Obama para de esta forma superar lo que supuso la política de seguridad preventiva de la anterior Administración Bush y el fracaso en Afganistán e Irak. Este paso es imprescindible para que los EE.UU. no siga con las dudas hamletianas de su liderazgo mundial y, conjuntamente con sus aliados, puedan encontrar una doctrina completamente diferente de ésta que tan pocos beneficios ha deparado al mundo. Estos años han demostrado que el ejercicio exclusivo del hard power (poder duro) frente Al Qaeda y los grupos radicales en tantos frentes, de nada sirve si no se utiliza el soft power (poder blando) para realizar una labor más activa de cooperación y acercamiento con la corriente mayoritaria y dominante en el mundo árabe para aislar cada vez las manifestaciones y los grupos violentos.

Mientras tanto, la editorial estadounidense Really Big Coloring Books no ha tenido una mejor idea para recordar los atentados del 11S que lanzar un libro para niños en el que ofrecen su particular versión sobre lo ocurrido desde el 2001, hasta el asesinato de Osama Bin Laden y les piden, entre otras cosas, que coloreen el momento en que un SEAL de los marines dispara al ex líder de Al Qaeda. El libro, titulado We shall never forget 9/11: The Kid’s Book of Freedom” (No olvidaremos el 11S: El libro para niños de la libertad”) demuestra hasta qué punto los estadounidenses todavía no se han recuperado de ese duro golpe y del orgullo nacional herido que ha supuesto el 11S para muchas generaciones.