El ascenso de la extrema derecha danesa refleja la profundidad y gravedad de los efectos políticos inquietantes de la crisis y la falta de respuesta de los partidos moderados para atajar sus consecuencias sociales.

El Partido del Pueblo danés, ferozmente contrario a la inmigración y ruidosamente crítica con la UE, se ha convertido en la segunda formación política más votada en las elecciones generales de la pasada semana, por detrás de los socialdemócratas. Sin embargo, la anunciada alianza de los populistas de derecha con los liberal-conservadores suma 90 escaños, frente a los 85 que reúne el centro-izquierda. El gobierno de centro-izquierda, que ha propiciado una de las recuperaciones económicas más sólidas, aunque modestas, del continente ha tocado a su fin. La líder socialdemócrata, Helle Thoming-Schmidt, se ha sentido obligada a presentar su dimisión.

Si los socialdemócratas han gestionado razonablemente bien, ¿por qué no han obtenido el apoyo necesario para continuar en el poder? La respuesta es sencilla: numerosos sectores sociales no confían en la solidez de la recuperación y se sienten amenazados por fenómenos como la inmigración, el incremento de los refugiados, por las repercusiones que han tenido sobre la asistencia social. Dinamarca, fiel a su tradición solidaridad interna y externa, registró un record de acogida de refugiados en 2014, debido a la guerra de Siria y la a la gran afluencia de eritreos.

Ante los efectos electorales negativos que anticipaban las encuestas, la primera ministra socialdemócrata prometió aplicar reglas más estrictas para la concesión de asilos y exigencias más duras hacia la inmigración. Esta parcial rectificación de la política de acogida fue duramente criticada por el ala izquierda de los socialistas y organizaciones solidarias no gubernamentales, al entender que se hacían concesiones a la derecha populista. Con todo, ni siquiera estas restricciones anunciadas resultaron suficientes para frenar a los xenófobos del Partido del Pueblo danés, cuyos mensajes demagógicos arreciaron durante la campaña. Los liberales-conservadores, con un lenguaje político más correcto, no dudaron en participar de esta campaña de acoso al Gobierno de centro-izquierda, convencidos, como así ha sido, de que serían los principales beneficiados del desgaste.

‘PÁJAROS LIBRES’

Los populistas, pese a obtener más votos que los liberales, no quieren asumir la responsabilidad del Gobierno. Están dispuestos a ceder esa responsabilidad al líder liberal, Lars Lokke Rasmussen, y apoyarlo desde fuera del Gobierno, como hicieron entre 2009 y 2011. Como ha dicho su líder, Kristian Thulesen Dahl, los populistas prefieren mantener su papel de «pequeños pájaros libres». Es decir, evitar el desgaste de la gestión, presionar a los liberales y obligarlos a rectificaciones importantes. En otras palabras, su plan parece ser ir preparando el camino para un asalto más sólido y contundente del poder.

Esta estrategia de condicionar al Gobierno de turno desde fuera ha ido ganando posiciones desde que este partido se constituyera hace veinte años, cuando aparecieron las primeras manifestaciones de crisis en el hasta entonces estable sistema político danés.

Los populistas daneses han hecho gala de esta prudencia estratégica también en sus alineamientos internacionales. Pese a los intentos de sus afines en Francia y Holanda, el Partido del Pueblo danés no se ha sumado al bloque ultra en el Parlamento Europeo, liderado por la francesa Marine Le Pen y el holandés Geert Wilders, en el que participan también la Liga Norte Italiana, los nacionalistas flamencos y la extrema derecha de Austria y Polonia. En total, 36 eurodiputados, lejos de los 221 con que cuenta el grupo democristiano y los 191 del grupo socialista. Los euroescépticos del UKIP británico tampoco se han unido al eurogrupo de Le Pen, aunque uno de sus miembros sí lo ha hecho a título individual.

Los populistas daneses han preferido, de momento, acomodarse junto al Partido Conservador británico, en Estrasburgo. De hecho, han sido los más activos en apoyar el proyecto de reforma de los tratados de la UE que está reclamando el primer ministro Cameron. No es descartable, sin embargo, que, si el propósito de los tories no alcanza sus objetivos, los populistas daneses terminen recalando en los bancos del eurogrupo ultra, sobre todo si las elecciones francesas consolidan el auge del Frente Nacional.      Esta recomposición del mapa europeo, en los parlamentos nacionales y en el europeo, debe confirmarse en las citas electorales de los próximos años.

UN MODELO QUE FUNCIONA… PESE A TODO

Dinamarca ha sido un país modélico, por muchas razones. El alcance de su Estado de Bienestar se convirtió en el más amplio y sólido del continente, por delante incluso de sus vecinos del norte, tradicionalmente los que más gozaron durante décadas de los sistemas más avanzados de protección social.

A comienzos de siglo, las tensiones sobre el equilibrio de las cuentas públicas empujaron a los políticos daneses a defender reformas en el sistema de bienestar. La social-democracia entendió que debía aceptar reformas si quería salvar lo esencial del sistema. Uno de los elementos más destacados fue la llamada flexi-seguridad; es decir, la combinación de la estabilidad en el empleo con la introducción de fórmulas flexibles en el mercado de trabajo.

Otro de los programas pioneros ensayados por los socialdemócratas suecos fue él de rehabilitación y reinserción social de jihadistas regresados de los frente de combates en Siria, Iraq y otros lugares. Dinamarca es, proporcionalmente, el país europeo de donde sale el mayor número de combatientes extremistas islámicos.

En definitiva, mala noticia para la izquierda moderada, a la que no le sirve moderar su discurso o introducir rectificaciones o limitaciones en política social para frenar un malestar muy azuzado por las fuerzas populistas de derecha, xenófobas y euroescépticas, que juegan a favor del viento.