Las banderas van variando, los uniformes y los discursos también. Hay otras cosas, sin embargo, que jamás han cambiado en Darfur: la codicia, la muerte y la impunidad. Musulmanes y cristianos, rusos y americanos, chinos y occidentales, siempre han acudido al oeste del Sudán a lo mismo: a procurar el control de los ingentes recursos naturales de la zona, sus inmensos acuíferos y las prometedoras reservas petrolíferas de su subsuelo. La riqueza natural de su tierra y la rapiña de los desalmados han cavado las tumbas de millones de criaturas durante el último siglo a la sombra del sagrado monte Fur.

Los informes y las crónicas que van copiándose de unas a otras arrojan la cifra de 300.000 asesinatos, 300.000 refugiados y 3 millones de desplazados, desde la visibilización mundial del conflicto en el año 2003. Quienes han acudido por allí, sin embargo, multiplican por tres el número estimable de víctimas. Da igual, como si fueran tres mil millones, ¿a quién le importa que mueran unos miles más o unos miles menos de negros en un paraje perdido del África subsahariana?

Hasta el último cooperante que ha pasado dos días en Darfur sabe qué está ocurriendo y por qué. El Gobierno “anticolonial” de Jartum ha llegado a un acuerdo con la “colonia” China, asegurándole al gigante asiático el control sobre sus materias primas a cambio de financiación y armas para el ejército que le mantiene en el poder desde el golpe de Estado de 1989. Con ese dinero y esas armas, Jartum equipa a los “janjaweed”, las milicias salvajes que asolan los poblados y los campos de refugiados de Darfur, impidiendo el desarrollo de la zona y el riesgo de autogestión que ello comportaría. A la par, los servicios secretos occidentales arman al “Ejército de Liberación del Señor”, la milicia negra que combate a los “janjaweed” con idéntico salvajismo.

Los fusiles son “made in China” y “made in USA”. Los muertos, los mutilados, los violados, los hambrientos, los refugiados son siempre “made in” la miseria y la inocencia. Los muertos son siempre “made in Africa”.

La Corte Internacional de Justicia ha dictado una orden de captura contra el presidente de Sudán, Al Bashir, por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. China pide aplazar la orden. Lo primero es lo primero, y debe asegurar que sus intereses petrolíferos no corren peligro. ¿Que mientras tanto siguen asesinando inocentes, mujeres y niños? Insisto: nadie echará de menos a unos miles de negros más o menos.

Tan hipócrita o más es la actitud de Estados Unidos. El portavoz del Departamento de Estado respalda la medida y manifiesta: “esperamos que quienes hayan cometido crímenes de esta índole sean juzgados por ello”. ¡Pero si Estados Unidos renunció a formar parte de la Corte Penal Internacional! ¡Pero si los USA no reconocen la jurisdicción de este órgano, porque temen precisamente que algún día les toque a sus soldados sentarse en el banquillo! ¡Pero si ha sido precisamente la actitud de los USA la que ha restado legitimidad y capacidad ejecutiva a este Tribunal para hacer cumplir sus decisiones!

Da igual. La orden no se ejecutará, como ha ocurrido con decenas de resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. No hay instrumentos para hacerla cumplir. O quizás sí se cumpla, encierran a Al Bashir y buscan a otro mercenario útil que ordene el genocidio de sus compatriotas con una mano, mientras con la otra negocia la explotación de la naturaleza de su país. Seguro que lo encuentran.

Si apartan a Al Bashir, no sabemos cuál será la coartada de la próxima guerra, ni cuál será el color de las banderas o la nacionalidad de los fusiles. No sabemos quiénes pondrán el dinero y las armas para continuar la guerra. Pero hay algo seguro: los muertos serán los mismos inocentes miserables que tuvieron la desgracia de nacer en un continente condenado y olvidado por todos.